—P-Pero señor, podríamos perder cerca del treinta por ciento de nuestras acciones —dijo el hombre.
—¿Parece que me importa? ...Lo quiero todo —ordenó Mateo.
El hombre se tensó.
—S-Sí, señor —respondió y salió de la habitación.
Manteniendo la cabeza baja, seguí leyendo el único libro que encontré interesante en su biblioteca. Trataba sobre la historia de Roma y otros países. Nunca me había interesado en esas cosas, pero ahora es lo único que me fascina.
—Alma... ven aquí.
Mateo me llamó.
Me levanté del sofá y me acerqué a él. Mis ojos se posaron en su laptop; estaba trabajando en las acciones de su compañía.
Me senté en su regazo...