—¡Aún no puedo creer que tremendo papacito sea tu tío! — chilló Fer, haciendo que la poca paciencia que me quedaba explotara en cientos de pedazos en mi interior.
Si no se calla, estoy muy segura de que le romperé la madre. Me tiene harta con el mismo divino tema de hace un par de semanas atrás. Nunca debí haberle dicho que ese idiota bueno para nada es hijo de mi abuela. Realmente no sé en qué estaba pensando cuando se lo conté.
—Grita todo lo que quieras, el imbécil no está en la casa. Así que bájale dos a tus hormonas, Fernanda.
—¿En serio no está? — hizo carita...