Luego de que tomamos una pequeña ducha y nos pusiéramos algo de ropa, nos sentamos a comer de la cena que Sebastián había preparado. Teniendo solamente una camisa suya cubriendo mi cuerpo, el frío se ha colado entre mi piel, pero el calor que brota de la chimenea me mantiene caliente. Hace mucho no me sentía en tanta tranquilidad como ahora mismo. Sebastián se ha convierto en el único que puede hacerme sentir nada y todo al mismo tiempo.
—¿Vino?
—Por favor. Estuvo muy rica la Carbonada Flamenca — reí, recogiendo mis piernas a la altura de mi pecho para abrazarlas—. ¿Lo dije bien?
—Como si fueses una sexy francesa...