Tan pronto terminamos de cenar, Sebastián me llevó hacia la segunda planta de la casa. Las escaleras en forma de caracol se me hicieron un corto paso. Ni siquiera me dejó hablar, cuando ya había tomado mi mano y me trajo casi arrastrada a una habitación muy peculiar. Las paredes pintadas de un poderoso rojo, mientras los trajes colgaban en orden por toda la extensión de la pared. Los escasos cuadros de autos deportivos contrastan con los trajes del hombre. No voy a mentir, por mi mente cruzaron imágenes demasiado suculentas de él, haciendo uso del buen vestidor que aún guarda.
—¿Por qué me has traído aquí, Sebas? ¿Acaso tienes...