—Estoy libre y muy ansioso de verte, preciosa — le respondí de inmediato, esbozando una sonrisa de oreja a oreja.
Sequé mi cuerpo y me acicalé inclusive de más, como si en realidad fuera a verla cara a cara y no a través de una pantalla. Encendí la computadora y me recosté en el espaldar de la cama, esperando con el corazón palpitando en mis oídos a que ella me diera luz verde para por fin conocerla.
Pocos minutos después, llegó la invitación a la computadora para aceptar la videollamada de ella, y más se desbocó mi corazón. Acepté unirme a su chat con las manos temblorosas.
Mi vista recayó...