La alarma de mi teléfono no dejaba de sonar y con pereza enterré la cabeza en la almohada. Estaba demasiado cansada como para cogerlo y apagarlo.
De repente, el sonido mitigó y sentí algo picar mi brazo haciéndome estremecer. Me desperté alarmada frotándome del dolor.
Abrí mis ojos por completo, percatándome de que mi abuela se encontraba de pie junto a mi cama, con su masajeador de bambú en una mano y un teléfono en la otra.
"Abuela"
Ella estaba hablando con el altavoz encendido, y el tono de la persona al otro lado de la línea no era acogedor. Por supuesto, era mi madre la que en vez de...