"¡Auuu! ¡Mira! Es nuestra pequeñita Ada que viene al rescate", gritó Gia con su típica forma de hablar cuando está borracha y que para mí es tan molesta. Luego se carcajeó como tonta.
Eso fue suficiente para sacarme de mi aturdimiento y la distracción me permitió dejar de percibir, al menos momentáneamente, la fuente de ese olor embriagador.
Una ráfaga de aire frío sopló de repente a través de mi cabello y sentí como si me echaran un balde de agua sobre la cabeza. "¡Maldición!". Mis dientes comenzaron a castañetear. En lugar de tratar de averiguar cuál de los lobos machos me llamó y me dijo que fuera a buscar a mis amigas, ya que tenía que agradecerle, concentré mi atención en las dos imbéciles borrachas que se abrazaban para mantenerse calientes.
“¡Uf, levántate! ¡Vamos a casa!”, dije agarrando el brazo de Gia sin demasiada delicadeza, porque estaba enojada con ella por hacerme pasar por esa mierda en mi cumpleaños. Mientras tanto, Cora había entrado en modo silencioso con la cabeza gacha. Se balanceaba ocasionalmente ya que se quedaba dormida y al instante despertaba.
"Levántate antes de que te arrastre del cabello, Gia", advertí con los dientes apretados.
Automáticamente ella aventó mis manos. “¡No, no! ¡Abuela, por favor! ¡Vete de aquí! Jay dice que le gusto y yo…”.
No la dejé terminar porque la obligué a pararse de un jalón, al tiempo que ponía su brazo alrededor de mi cuello por la fuerza. “Me importa una mierda quién sea Jay. ¡Camina! Tenemos que largarnos de aquí antes de que mi papá se entere de que tomé su auto, de lo contrario me va a asesinar”.
“Ja, ja, ja. Eres una niña de papá. ¡La niña de papá!”. Sintiéndose muy graciosa, ella empezó a cantar la misma frase una y otra vez, al tiempo que caminaba apoyándose pesadamente sobre mi hombro. A duras penas podía mantenerse erguida.
Cuando logramos llegar al auto, abrí la puerta y la empujé hacia el asiento trasero del sedán último modelo de mi padre, luego regresé sobre mis pasos para hacer lo mismo con Cora.
"¡Ada, idiota! ¡Te pusiste unos zapatos que no son del mismo par!".
Gia estaba sacando la cabeza por la ventana del auto, con casi la mitad del cuerpo colgando, mientras se burlaba de mí riéndose a carcajadas.
Avergonzada, miré hacia mis pies y me di cuenta de que traía una pantufla rosa en mi pie izquierdo y, en el derecho, una de color naranja que no era de mi talla, porque era la de papá. La traidora de Alara estalló en carcajadas adentro de mi cabeza, mientras yo me maldecía por ser tan estúpida. Reconozco que lo soy, pero es que, en medio de mi pánico, y por la prisa de llegar allí, no le presté la menor atención a los zapatos que me puse.
"Cora, vamos". Cuando me agaché, ella levantó la vista y vi sus ojos llenos de lágrimas. Entonces, volví a preocuparme.
“Quería salir con alguien esta noche, pero amo a Jem. ¿Está mal de mi parte querer coger con alguien? ¡Es que Jem no quiere tener sexo conmigo! ¡Necesito cog...!”. Ella no terminó la frase porque tapé su boca para que se callara.
Agarré sus hombros. “Cora, hay una gran diferencia entre coger y amar. Una vez que tienes sexo con alguien que no te importa, arruinas tu vida. Después perderás el amor por el que estuviste luchando. Si realmente amas a Jem, aguanta un poco. Son solo hormonas, ¿de acuerdo? Cálmate y espéralo".
Sollozando, negó con la cabeza y luego lanzó sus brazos alrededor de mi cuerpo, apretándome con fuerza. “Gracias, mariquita. ¡Te amo!".
Mientras tanto, adentro de mi mente Alera resoplaba con asco. “¡Uf, qué gente tan borracha!”.
Entonces levanté a Cora jalándola hacia arriba y dije: “Cariño, te recordaré esto cuando estés sobria”. Intenté bromear, porque me sentía muy mal por ella en ese momento.
Luego la arrastré hasta mi auto y la acomodé en el asiento trasero al lado de Gia, quien ya estaba roncando. Justo cuando estaba a punto de sentarme al volante, recordé a las otras personas que estaban con ellas; específicamente al chico que me llamó y me avisó que fuera por ese par de borrachas.
Estaba tan absorta en rescatar a mis amigas que me olvidé de agradecerle a ese chico.
Como ya estaba arriba del auto y a punto de morirme de frío, no sabía si regresar a darle las gracias. Finalmente, decidí salir del auto y volver hacia el grupo que estaba parado en la acera. Allí me atrapó nuevamente ese aroma, pero el frío no me dejaba pensar, así que froté mis manos vigorosamente para generar calor y luego soplé mi vaho sobre ellas; no tuve éxito. Sentía que me estaba convirtiendo en una paleta helada.
Hice un gran esfuerzo por mover los dedos engarrotados, para apretar mi nariz y bloquear el potente aroma que empezaba a marearme.
"Hola", dije con voz gutural, muriéndome de frío. Esos chicos me miraban como si fuera una idiota, lo cual sí, lo admito, lo soy. No los conocía y, sin embargo, ahí estaba, tratando de hablarles como si fuéramos amigos. Busqué sus rostros uno por uno, desde el que estaba apoyado contra su auto, pasando por los otros tres a su lado. ¡Esperen un minuto! Esos eran los mismos tipos que vi en el centro comercial el otro día. Mis ojos se posaron en la chica de mi escuela que se aferraba al joven que llevaba una chaqueta de piel increíble y le daba una calada tras otra a su cigarrillo, mientras me miraba.
Todo mi sistema se congeló recordando junto con cualquier habilidad cognitiva. Pero no fue a causa del frío glacial de esa noche, sino de Alera que no dejaba de ladrar: “¡Compañero! ¡Compañero! ¡Compañero! ¡Compañero!”. El calor corporal fluía a través de mí, calentándome, extendiéndose por cada centímetro de mi piel, hasta la punta más lejana de mis extremidades. Ya no tenía frío. Su mirada era el sol.
El del cigarro parecía sorprendido, como si lo hubieran golpeado en la cabeza con un mazo de dibujos animados. Nuestros ojos se encontraron y sostuvimos nuestras miradas. Alera saltó de emoción aullando de alegría, mientras que yo, mi parte humana, me quedé estática, mirándolo boquiabierta.
Esos orbes verdes tan oscuros, que parecían un bosque, no se alejaban de los míos. Una vez más, me congelé de la manera más estúpida; lo hizo su mirada y yo era incapaz de moverme.
Nos miramos a los ojos mientras todo lo demás parecía desvanecerse. De pronto, los sonidos se apagaron quedando solamente el golpetear de nuestros latidos. Nuestros lobos se estaban rindiendo ante el vínculo que los jalaba irremediablemente, reconociendo la conexión metafísica que los uniría para siempre. Mi alma vibraba como un diapasón, porque sabía que ese hombre era mi mitad perfecta divinamente asignada, elegida para mí por la diosa de la luna, como mi única pareja. La verdadera. Mi loba me estaba empujando para ir hacia él, derribando prácticamente las paredes dentro de mi cuerpo como si quisiera salir y unirse a su lobo. Pero mi parte humana se negaba obstinadamente a ceder.
Sabía lo que se suponía que debía pasar. Lo había visto en otras ocasiones. Debí correr hacia él en cámara lenta, empujar a la chica que tenía junto y saltar entre sus brazos. Él me atraparía en el aire y nos abrazaríamos como si tuviéramos la intención de absorbernos y besarnos desagradablemente. Con lengua, demasiada lengua. Entonces nunca nos dejaríamos y moriríamos uno al lado del otro. Eso es lo que sentía Alera, pero en realidad no me afectó. Como nunca había sentido algo así, no tenía un punto de referencia. ¿Eso era el amor? O simplemente me estaba dejando llevar por el entusiasmo de mi loba.
Este amor a primera vista (o a segunda vista, en este caso) se suponía que era el verdadero. Había sido testigo de cómo le sucedía a la gente, pues completos extraños de pronto se miraban a los ojos y abandonando todo pensamiento racional corrían uno hacia el otro, abrazándose como si se conocieran de toda la vida.
Eso era lo que Alera quería: que corriera hacia él y envolviera mis brazos y piernas alrededor de su cuerpo. ¡Qué lo oliera, lo besara! Eso era lo que mi cuerpo también quería; pero yo no estaba segura de que eso fuera lo que yo, mi conciencia individual, deseaba hacer.
Esos ojos verdes todavía me estaban mirando, como si me desafiaran a dar el primer paso.
¿Estaba enamorada de él? Mientras seguía sosteniendo su mirada, esa pregunta resonaba en mi cráneo y era ridícula, porque ni siquiera lo conocía. ¡Ni siquiera recordaba su nombre! Y su novia estaba de pie junto a él. Yo solo sabía que podría estar mirando los ojos de un Alfa mentiroso.