Erika estaba preocupada. No había tenido noticias de Santiago desde el mediodía y cada que lo llamaba entraba a buzón.
El reloj toca las 23 horas y es entonces que la puerta de la casa se abre y ella se larga a llorar en lo que se tira a sus brazos para abrazarlo.
—Amor, ¿qué pasó?
El llanto de ella era desconsolado y un tanto exagerado, pero aun así él la intentaba consolar.
Los espasmos le cortaban la respiración y él se preocupó.
Tomó su rostro con ambas manos y comenzó a guiarla en la respiración hasta que poco a poco recobró la tranquilidad.
—Mi vida, qué pasa ¿por qué...