Al ver qué, ahora su jefe, no le respondía dudo si volver o no a llamar a la puerta y los nervios iban de mal en peor.
- mierda, Érika no puedes estar temblando. - se regala en cuanto nota que sus manos tiemblan y le sudan.
Las hace un puño y se las lleva a la altura de su pecho, cierra fuerte los ojos, susurra para si misma palabras que la tranquilizan y luego de soltar un poco de aire de sus pulmones, vuelve a tocar la puerta pero justo antes de que pueda dar un sólo golpe, la puerta se abre y ante sus ojos, aparece Santiago.
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