El interior de Santiago saltaba con tanta alegría que parecía un niño que lograba que sus padres le compren el juguete deseado en la juguetería. Llevaba esperando esos mensajes y ahora que se dio la ocasión no quería perder la oportunidad de calentar un poco el teléfono y porque, además, necesitaba como nunca antes, oír sus gemidos. Pero antes, debía cerciorarse de que este solo en la oficina.
- Esperanza. – la llama desde la puerta del despacho. - ¿mi hijo se marchó? – la asistente asiente entonces, al ver la hora y que faltaban dos para finalizar la jornada laboral es que le da el resto del día libre...