No podía dormir.
Para Santiago era demasiado difícil poder conciliar el sueño cuando tenía el alma rota de la mujer que estaba empezando a querer con todas sus fuerzas descansando entre sus brazos.
Le beso la frente varias veces y en susurros le pidió perdón. Cuando el reloj marcó las 11 a. m. con mucho cuidado salió de su lado para ver qué podía almorzar.
Con sangre italiana y viviendo toda su vida allí, se puso a cocina lo que mejor le salía y eso eran las pastas.
Busca en la alacena todo lo necesario para poder realizar la masa y para su suerte también había encontrado un amasador con...