En cuanto me percato de su presencia, llegan un cúmulo de emociones que me hacen sentir demasiado confundido, pero más que nada, molesto.
—Mira, quién es la que oye conversaciones ajenas ahora —le echo en cara a Maya, que se acerca molesta al oírme—. Ni te molestes cariño, ya no tengo energías hoy para seguir discutiendo.
Doy la media vuelta y salgo casi corriendo hasta mi camioneta. Supongo que Maya va a pensar lo peor, pero no voy a detenerme a darle explicaciones, si es mi amiga como dice lo entenderá. Diego, en serio, no sé qué demonio se le ha metido para estar insistiendo en que yo tenga una...