Es fácil para mí dar un abrazo, pues no soy yo el que está vulnerable. Recibirlo es otra cosa muy distinta. Me acerco a la joven para darle un abrazo, pero, ella se retira extendiendo su mano para que yo la tome, al hacerlo me dice lo que se supone, yo debí decirle a ella, «Dame tu mano y yo te daré la mía». Aprieta lo justo e intenta sonreír, pero, el llanto amargo en ella apenas si le deja.
Musito un leve, gracias y me alejo. Cuando me giro es Diego quien la tiene abrazada en uno de sus grandes abrazos de oso que suele regalar a las dependientas...