Epílogo
—Te ves hermosa —dijo Mateo, inclinando la cabeza en mi cuello y dándome un beso.
—Umm... papá... hay gente en la casa... ¿sabes? —dijo mi ardillita de 9 años.
—Oh, como si nos importara, mi pequeña —dijo, besándole las mejillas.
Lucy sonrió de inmediato.
Comenzó a amar el hecho de que su padre la llamara "mi pequeña".
Al principio, lo odiaba.
Pero luego se dio cuenta de cuánto la amaba y de cómo la llamaba así por amor.
Entonces, comenzó a sonreír cada vez que él la llamaba "mi pequeña".
Caminé hacia la cocina.
Suspiré, apoyándome en la encimera y mirando a mi dulce.
Él dejó de comer el...