—¿Qué quieres decir con que no pudiste hacerlo? —habló el mismo hombre de gafas.
Asumí que su nombre era Lincon.
—Señor... y-yo... lo intentaré de nuevo... —dijo el hombre que estaba de pie frente a Mateo.
Yo seguía mirando el libro que tenía en mi regazo.
—Quiero que esté hecho para hoy. Tienes tres horas —ordenó Mateo.
Escuché un jadeo de sorpresa salir de la boca del hombre.
La mano de Mateo descansó sobre mi muslo, haciendo que un cosquilleo se extendiera por mi cuerpo.
Escuché la puerta cerrarse, lo que indicaba que el hombre había salido.
—¿Debería revisar los archivos? —preguntó Lincon.
Mateo debió de asentir, ya que Lincon...