Dejé de hacer lo que estuviera haciendo tan pronto como escuché a Mateo llamarme.
Hubo un momento de silencio que indicaba que estaba preguntando a Audrey.
Pronto escuché pasos acercándose a la habitación.
La puerta se abrió y Mateo entró.
—¿Qué estás haciendo, amor? Alguien más puede hacer esto... vamos —dijo, tratando de hacerme parar.
—No... quiero pintar la habitación de mi bebé... además, no estoy pintando toda la habitación... solo esta pared —afirmé.
—Pero no podrás alcanzar esa altura, Alma —dijo.
Fruncí el ceño.
—¿Así que piensas que no puedo hacer nada sin la ayuda de otros? —dije, conteniendo las lágrimas.
Dejé el pincel sobre la mesa y salí...