Boston era mortalmente aburrida en comparación a Los Ángeles, pero yo jamás admitiría eso en voz alta ya que eso le daría demasiado crédito a Los Ángeles, la ciudad de las oportunidades y blah blah blah...
Oportunidades para todos menos para mi ¡Bravo!
Cuando tenia 18 tenia la estúpida idea en la cabeza de que podría convertirme en una actriz profesional, ya que las alabanzas de mi grupo de actuación y un tipo que escribió el guión para una película de mierda que nunca se publicó se me subieron a la cabeza. Yo creía que era la mejor sin comparación así que me fugué a Los Ángeles en busca de un sueño que mis padres no apoyaron... Que ilusa e idiota fui.
Nunca había vivido en el mundo real por mi propia cuenta, siempre tuve a mis padres y a mi hermano para cualquier cosa que necesitara pero estando sola en una ciudad que no conocía sin más dinero que mis ahorros de un mes y nada más, bueno, quise volver llorando a casa.
La cosa es que me las arreglé para estar un año fuera y lo mejor que pude lograr fue salir en una página de compras online usando un onesize, una idiotez pero me compré como dos de esos. Cuando finalmente abrí los ojos y decidí que si me quedaba ahí solo seria una camarera con un sueño frustrado por el resto de mi vida, volví a casa. A mi madre casi le dio un infarto al ver que mi cabello normalmente café oscuro estaba prácticamente blanco y tenía un aro en la nariz, a mi papá no le importó mucho.
Así que aquí estaba yo, Brooklyn Tate, una chica fracasada, sin estudios, ni dinero y mucho tiempo libre.
Mamá me convenció de llenar algunas solicitudes de universidades a las que no quería ir y luego me gritó que saliera de ese hueco de auto compasión en el que me estaba metiendo, aún era joven y tenia toda una vida por delante, sus palabras, no las mías. Pero una semana después o algo así llevé a nuestro perro Zeus a dar un paseo aunque más bien papá me obligó a sacar el perro para que saliera finalmente de la casa.
Me puse una camisa blanca cualquiera y unos jeans deslavados con mis usuales convers, tomé la correa de Zeus y después de un silbido mi enorme amigo peludo de piel marrón y negra corrió hacia mi tirandome en el suelo. Zeus era un pastor alemán adulto y lo había tenido desde que tengo memoria.
—Vamos por un paseo, amigo —el perro se quedó quieto mientras enganchaba las correas de su pechera que parecía que estaban a punto de romperse y luego prácticamente me saco de la casa corriendo. Cruzamos por un par de calles hasta dar con la avenida principal y luego caminamos unos minutos más hasta llegar al parque más cercano, todo estaba bastante tranquilo, nada más que un par de ancianos haciendo ejercicio, unos niños jugando y otras personas llevando a sus perros por un paseo.
Me senté en un banco cercano y me puse a pensar en mi vida, o en lo que se había convertido estas dos últimas semanas. No tenia ganas de nada, era como si un torbellino de desesperación se hubiese instalado en mi pecho barriendo todos mis sueños y dejando un enorme agujero negro de nada, porque en eso se resumía todo. En nada. Tal vez estaba pasando por un episodio de depresión y eso tal vez podría explicar porque me sentía tan vacía y molesta conmigo misma. Auto-castigo, supongo.
—Quédate quieto —le dije a Zeus cuando empezó a jalar la correa hacia un lado, probablemente solo haya visto una ardilla o un gato —¡Zeus, quieto!
Maldije cuando el perro empezó a correr aún cuando yo sostenía la correa con todas mis fuerzas (que no eran gran cosa). Entonces escuché un sonido como de tela desgarrándose y el perro salio corriendo como si hubiera un incendio mientras yo caía de cara al suelo, me levanté como pude y salí corriendo en la misma dirección de Zeus que en un abrir y cerrar de ojos había cruzado la mitad del parque y se había lanzado en el regazo de una chica de cabello verde que estaba sentada en un banco, me trague un grito y corrí para tratar de sacarle el perro de encima.
—¡Dios mio! Lo siento, lo siento... —la chica soltó una suave risa y acarició la cabeza peluda de Zeus que parecía que se había encontrado con su alma gemela, eso sinceramente me ofendió —Él no suele comportarse así, no se que le pasó.
—Esta bien, me asustó un poco pero parece muy amigable —le sonreí cortésmente aún tratando de apartar a Zeus de ella. La chica era muy interesante de ver ya que tenia el cabello verde, la piel tan blanca como la porcelana y un piercing en la ceja, además de unos tatuajes que se asomaban por el borde de su falda, aunque el atuendo de los años 60 color pastel contrastaba con sus tatuajes—¿Te conozco de alguna parte?
—Bueno, no lo creo —dije frunciendo el ceño y concentrándome en su cara, tal vez si nos hayamos visto por ahí. Entonces ella se llevó las manos a la boca y soltó un chillido, me aparté asustada.
—¿Brook? ¿Brooklyn Tate? ¡Dios mio, eres tú! —obviamente ella me conocía pero yo aún estaba tratando de ubicarla, hasta que caí en sus ojos y toda una película de pijamadas, travesuras y campamentos de verano bailó en mi cabeza.
—¿Charlotte Breen? ¡Dios, si eres tú! —ella saltó de su asiento y los abrazos fueron repartidos mientras los chillidos hacían que todo el mundo girara en nuestra dirección —¿Como es que estás aquí? Te mudaste hace como mil años.
—Regresé el año pasado, incluso fui a tu casa pero tú madre dijo que no estabas en la ciudad ¡Dios mío! Hace tanto que no te veo, tenemos tantas cosas de qué hablar ¡Tu cabello es blanco!
—Si —me reí —y el tuyo es verde lo cual es una enorme sorpresa porque la última vez que te vi era marrón rojizo.
—¡Y el tuyo era castaño claro! Vaya que hemos hecho algunos cambios ¿no? —una melodía metal era comenzó a salir del bolso de Charlotte, ella gruño una maldición y revolvió sus cosas hasta dar con su teléfono, murmuró unos cuantos "ajá" y cortó la llamada —Era del trabajo, debo ir por café ya que soy la única que no ha llegado.
—¿Quieres un poco de ayuda? —la cara de Charlotte se iluminó y rápidamente ambas caminamos a una cafetería cercana. Tener a Charlotte fue como volver al pasado, cuando ambas teníamos doce y normalmente solo nos separaba un muro entre ambas casas. Charlotte fue mi única amiga sincera y me dolió el alma cuando su madre empacó sus cosas y se la llevó a Pittsburgh, intentamos lo de los mensajes de texto durante un año o algo así y luego simplemente como todas las relaciones a larga distancia ambas dejamos de hablar después de un tiempo.
—Oye Char —la llamé mientras caminaban con los cafés en la mano —¿Donde trabajas?
—En un local de tatuajes, por supuesto —ella sonrió levemente —Ahí, en Inked.