Chapter 1 El reencuentro

Chapter 1 El reencuentro

Julio de 2016.

Sacudí mi cabeza con fuerza, obligándome a concentrarme en la voz de mi amiga. Ella no había parado de hablar desde que salimos de su casa, pero dejé oírla en un momento, por estar pensando en Harvey, el guapísimo rubio que conocí dos meses atrás en una de mis tantas salidas de chicas con Gabrielle, y con quien comencé a tener una relación amorosa hace cuatro semanas atrás.

Él era divorciado y tenía dos hijos pequeños que aún iban a la primaria.

Dos red flags para mí, pero había algo en Harvey que me atraía muchísimo.

Era muy directo y frontal.

Cuando se acercó a mí, no lo hizo con las típicas frases clichés que todos los hombres usan para acercarse a una mujer. No elogió mi aspecto ni dijo que era la mujer más hermosa que sus ojos vieron. ¡Dios! Cuanto odio cuando la primera frase que usan para acercarse a una es: Hola preciosa, eres muy bella y no he dejado de mirarte desde que entraste por la puerta. ¿En serio? ¿Acaso los hombres no entienden que las mujeres odiamos esa manera tan genérica de abordarnos?

Harvey no fue así.

Él se acercó a mi mesa, puso una cerveza frente a mí, arrimó una silla, se sentó y dijo:

—¿Por qué estás molesta?

Yo lo miré con el ceño fruncido.

—No estoy molesta —le respondí de sopetón.

—¿No? Yo creo que sí —comentó él—. Tengo rato observándote y no has sonreído ni una sola vez.

—No suelo sonreír mucho —dije de mal humor—. Soy amargada por naturaleza —solté mis palabras con la esperanza de que el hombre se levantara y se marchara, pero no lo hizo. Eso me sorprendió mucho.

—No eres eso. Solo eres alguien que decidió levantar una enorme muralla para impedir que alguien le haga daño —dijo y me guiñó el ojo.

—¡Ah caramba! Tenemos un psicólogo —dije entre dientes, con notable sarcasmo.

Él negó con la cabeza.

—No. No soy psicólogo, pero no es necesario serlo para darme cuenta que envías todas las señales de no querer que nadie se te acerque.

—¿Y si captó el mensaje, porque se acercó? —rodé los ojos con fastidio. A esas alturas de mi vida me importaba un bledo si causaba buena o mala impresión frente a un hombre. Estaba cansada de mis malas experiencias con ellos y prefería ahuyentarlos.

Mejor sola que mal acompañada. Ese era mi lema.

—Soy Harvey —extendió su mano en dirección a mí y yo la miré de soslayo. No la tomé—. Vale —él asintió con la cabeza y retiró su mano—. ¿Podría invitarte a una copa?

—No —fue mi mordaz respuesta.

Él se echó a reír. Yo lo miré con dureza.

—¿De qué se ríe? —solté las palabras con violencia.

—Lo siento. No quise ofenderte, pero es que, tu actitud es la típica de una adolescente que cree que el mundo está en su contra.

—¿No quiso ofenderme? ¿Qué cree que está haciendo ahora, al llamarme infantil?

—Yo no dije eso.

—¿Ah no?

—De acuerdo —levantó las manos en señal de rendición—, empezamos con el pie equivocado, pero es que no soy muy bueno abordando a mujeres que parecen que quieren asesinarme.

No pude evitar partirme de risa. Me carcajeé tan fuerte que tuve que taparme la boca para ahogar mi estruendosa risa. Él sonrió.

—¡Wow! Tienes una sonrisa hermosa —expresó.

Me sonrojé como una idiota y todas mis defensas se desplomaron.

No me di cuenta, pero en cuestión de minutos estábamos charlando de manera amena, acerca de él y de mí. Me contó que se acababa de divorciar y que tenía dos niños: una niña de ocho años y un niño de doce. Era de Texas y tenía una granja ganadera que administraba junto a su hermana mayor. Tenía treinta y seis años de edad. Nada mal para una mujer de casi treinta, como yo.

Luego de un rato más de charla, Harvey me invitó a bailar. Yo accedí sin chistar, pues amo bailar.

—¿Si te digo que me gustas mucho, me golpearás? —indagó él, mientras bailábamos.

Reí y me separé un poco de él para poder verlo a la cara.

—Me agradas, Harvey, pero en este momento no quiero nada serio con nadie. He tenido muy malas experiencias y…

—Entiendo —me interrumpió, antes que comenzara con mi discurso—. Yo acabo de salir de un matrimonio de doce años y tampoco ando buscando alguien con quien pasar el resto de mi vida. Solo quiero una mujer con quien pasar el rato, sentirme cómodo, salir a bailar un rato, tener buen sexo, sin complicaciones…

—Eres un hombre que va directo al grano —fue mi turno de interrumpirlo—. Eso me agrada.

—No me gusta engañar a las mujeres con un montón de palabrerías cursis. Me gusta hablar claro y que sean ustedes las que decidan sí, darme la oportunidad o no.

—El hombre propone y la mujer dispone —cité uno de los refranes más usados por mi madre.

—Exacto —concordó él, guiñándome el ojo.

Harvey intentó acercarse para darme un beso en los labios, pero giré mi rostro a un lado.

—No arruines el momento —musité, apoyando mi mentón en su hombro. Supe que él reía porque las pequeñas sacudidas de su cuerpo lo delataron.

Al día siguiente me llamó para invitarme a almorzar. Lo normal hubiera sido que le dijera que no y me inventara alguna tonta excusa, pero no lo hice. Accedí ir a almorzar con él.

Esa invitación a comer, se convirtió en una salida al cine al final de la tarde y luego fuimos a tomarnos un par de copas en un lindo lugar donde presentaban música en vivo. Para el final de la noche nos encontrábamos en la habitación de un hotel, besándonos con pasión y con muchas ganas de tener sexo salvaje, sin importarnos que apenas lleváramos un día conociéndonos. Fuimos precavidos, por supuesto. No soy una loca que se acuesta con un recién conocido sin usar protección.

El sexo fue fabuloso. Harvey posee una maestría en artes amatorias. Supo qué lugar tocar y cómo hacerlo. Fue rudo cuando lo ameritaba y sutil cuando debía. Y sus besos… ¡Dios! Sus besos eran fuera de serie. Con él puse en práctica todo lo aprendido hasta el momento. No es que sea una veterana, pero soy autodidacta y de vez en cuando, ver películas para adultos, ayudan a ampliar los conocimientos.

Decidí seguir con mi vida como si nada hubiese sucedido. Pensé que al tener lo que quería, él se olvidaría de mí y pretendería que yo no existía. Es lo normal que un hombre hace con una mujer que apenas acaba de conocer; se la lleva a la cama y adiós.

Yo estaba muy clara y en ningún momento me inventé una historia cursi, donde implicara la estúpida frase: “felices por siempre”.

Sin embargo, Harvey se empeñó en sorprenderme de todas las maneras posibles. Tan solo pasaron ocho horas desde que nos despedimos con un corto beso en los labios a bordo de su carro, cuando mi móvil sonó. Al mirar la pantalla y ver su nombre en él, me sentí muy contrariada. ¿Qué se suponía que le diría al revolcón de la noche anterior?

—¿Hola? —respondí con voz trémula.

—Hola, preciosa. ¿Cómo estás? —Harvey se oía muy alegre.

—¿Bien? —dije con inseguridad.

—Me preguntaba si te gustaría acompañarme esta noche a cenar. Quiero verte.

—¿Estás hablando en serio? —las palabras salieron como cohetes de mi boca.

—¿Por qué no lo haría? Me gustaría pasar un rato con mi novia.

¿Qué? ¿Estaba oyendo bien? ¿Dijo “mi novia”? ¿Qué clase de broma absurda era esa? ¡Los hombres no son así! Al menos no los hombres que son apuestos y dioses en la cama. Ese tipo de comportamiento se lo atribuyo a los hombres desesperados de cincuenta en adelante que se conforman con las desequilibradas emocional y mentalmente que conocen a través de Tinder. La vocecita de mi consciencia gritó: ¡Alerta de psicópata! ¡Cuelga y cambia de número!

Tragué grueso y carraspeé mi garganta.

—¿Qué dijiste? —mi voz sonó chillona—. Oye Harvey, yo creo que vas muy rápido. Yo…

—Relájate, Anely. Estoy bromeando —dijo él—. Solo quiero verte y… —respiró profundo y soltó el aire de golpe—. La pasé muy bien anoche y me gustaría repetirlo muchas veces más.

«Sexo», fue lo único que se me vino a la cabeza. Eso era lo que yo significaba para Harvey. Y no me molestaba en lo absoluto. Tuve tantas malas experiencias con hombres que me hicieron daño sin importarles mis sentimientos y eso hizo que desarrollara cierta repulsión a los enredos románticos. Así que tomé una decisión. Lo disfrutaría hasta que durara, sin compromisos ni dramas.

—Vale. ¿Pasas por mí a las siete? —accedí.

Ese encuentro se convirtió en otro, otro y otro. Durante las próximas tres semanas nos dedicamos a explorar las diversas formas de proporcionarnos placer, salir a comer, pasear por la ciudad, ir a bailar, tomarnos un par de copas y terminar la velada enredados entre las sabanas de una cómoda cama de hotel. Él me llamaba con frecuencia para saber de mí, pero nunca cayó en el típico error de los hombres, de prometer la luna, el sol y las estrellas. ¡Detesto cuando lo hacen! Al final, solo son promesas vacías que no llegan a nada. Soy más del tipo de mujer de hechos y no de palabras. Y tal vez eso fue lo que me gustó de Harvey, porque era un hombre práctico, que era cariñoso cuando debía serlo, y ya, sin caer en tonterías cursis.

Confieso que hubo un momento en que soñaba con la llegada de mi príncipe azul, con enamorarme perdidamente de un hombre que me dijera cosas lindas, que me regalara flores y chocolates, que me deleitara con poemas y serenatas a media noche; que me curara el corazón. Anhelaba amar y ser amada con la misma intensidad que yo lo hacía. Y cada vez que conocía a alguien, cometía el error de aferrarme y entregarme en cuerpo y alma.

Al principio todo era hermoso, pero la magia solo duraba pocos días. Con el tiempo, destrozaban todas y cada una de mis ilusiones.

¿Cuántas veces se le puede romper el corazón a alguien? Yo ya perdí la cuenta de las veces que han roto el mío, y por eso me harté de enamorarme.

No obstante, Harvey tenía algo que hacía tambalear los cimientos de mi cordura y pensar en la idea de arriesgarme, de amar de nuevo y darlo todo, sin importar nada.

—¡Anely! —la voz de Gabrielle me hizo salir de mis cavilaciones.

—Lo siento, amiga. Me distraje pensando —le dije.

—Ya me di cuenta —masculló ella—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Nos quedamos o vamos a otro lugar?

Lancé una rápida mirada al lugar. Comenzaba a llenarse de gente y nunca me han gustado los lugares concurridos, a menos que se trate de un buen concierto de rock o metal. Bathwater de No Doubt sonaba a un volumen moderado, el suficiente para sentir la música, pero el adecuado para charlar sin tener que gritar. Nos encontrábamos en el nuevo lugar de la ciudad, tan solo tenía cuatro meses desde que lo inauguraron y me encantaba el ambiente. Era ideal para tomarse unas cuantas cervezas en buena compañía, escuchando éxitos de los setenta, ochenta y noventa.

Miré de nuevo la pantalla de mi móvil para ver si tenía un mensaje nuevo, pero no fue así. Tenía la esperanza que Harvey me escribiera y así decirle donde encontrarnos.

—¡Anely! —Mi amiga agitó su mano frente a mi cara—. ¿Qué sucede contigo?

—Lo siento, pero es que no logró dejar de pensar en Harvey. Me escribió en la tarde para preguntarme que haría en la noche, le dije que estaría en la tienda contigo, terminando de organizar el inventario. No creía que me fuera a desocupar tan temprano. Le mandé un texto hace rato, pero no lo ha leído aun. Lo llamé para decirle que estaba aquí, pero no contesta… No quiero seguir insistiendo y mostrarme desesperada. ¡Joder! Pero él nada que me escribe —resoplé con frustración.

—Amiga —Gabrielle me sujetó de los hombros y miró directo a mis ojos—. Debes relajarte. Estás comenzando a comportarte como siempre lo haces. Recuerda lo que pasa cuando te entregas sin reservas. Tómatelo como lo que es: un romance de verano.

Me llevé una mano a la frente y me la golpeé con suavidad.

—Tienes razón. Debo controlar mis sentimientos —volví a resoplar—. ¡Rayos! ¿Por qué no puedo mantener mi corazón encerrado en una caja? No puedo evitar sentir que…

—Sí, lo sé. Lo quieres —mi amiga me interrumpió—. Es normal. Hace mucho tiempo que no conocías a alguien como Harvey, pero por tu bien, trata de mantener las distancias.

—He mantenido las distancias durante todo este tiempo y creo que Harvey desea dar el siguiente paso, pero siempre lo evado cuando insinúa que quiere formalizar lo nuestro —solté un bufido de frustración—. No sé qué me pasa. Por una parte deseo mantenerme alejada de todo lo que amerita tener una relación seria, pero por otro lado, ansío vivir de nuevo esa experiencia. Enamorarme y…

—Debes dejar caer tu muralla y permitir que todo fluya —me aconsejó mi amiga—. Nunca sabrás si es el indicado sino te arriesgas.

—Vale. Déjame ir al tocador y en cuanto regrese, nos vamos —sonreí y Gabrielle hizo lo mismo.

Sin perder tiempo, tomé mi bolso y me dirigí al sanitario de mujeres. Necesitaba descargar. Después de cinco cervezas, mi vejiga lo agradeció. Arreglé mi cabello frente al espejo y retoqué mi maquillaje. Al salir del baño me decidí a ir hacia la barra para pagar nuestra cuenta para poder irnos a un lugar menos concurrido.

Me sentía muy estresada porque en los últimos días estuve arreglando la nueva mercancía de la tienda que regentaba junto a mi mejor amiga y comadre, Gabrielle. Ella era madre soltera, pues un cretino, después de jurarle la luna, el sol y las estrellas, la embarazó y se perdió del mapa. Por suerte, los padres de mi amiga eran de dinero y la ayudaron a abrir una tienda de artículos de belleza. Yo me encargaba de la contabilidad y la administración, además de ayudarle a atenderla los fines de semanas.

Metí la mano en mi cartera para sacar mi tarjeta de crédito y cuando levanté la mirada, sentí que alguien enterraba un fierro ardiente en medio de mi pecho. Apreté mis puños y tensé tanto mi mandíbula que mis dientes rechinaron.

Maldije una vez más mi mala suerte en el amor, mientras una odiosa lágrima se asomaba en uno de mis ojos.

La escena frente a mí, me causó asco. Harvey abrazaba a una mujer y la besaba como si quisiera engullírsela. Me tragué mi rabia y caminé en dirección a la barra, pasando a un lado de él. Harvey ni cuenta se dio de mi presencia. Siguió en sus menesteres.

Me ubiqué en un sitio estratégico, donde al abrir los ojos lo primero que viera fuese yo. Tomé una honda inhalación para aplacar mis instintos asesinos e hice un ademán con la mano para llamar la atención del hombre que atendía la barra. Le entregué mi tarjeta y le indiqué el número de mi mesa para que se cobrara lo que debíamos. Todo esto sin quitar mi mirada de Harvey y su nueva conquista.

«Maldito imbécil», pensé mientras lo fulminaba con mi vista.

Abrió los ojos y pasó una de sus manos por la mejilla de la mujer. Por un momento creí que no me vería, así que me moví un par de pasos a la izquierda para asegurarme que sí lo hiciera. ¡Bingo! Sus ojos azules se posaron sobre mí y la sonrisa de su rostro se esfumó. Noté que se le desencajaba la mandíbula y se ponía blanco como un papel.

Me tragué todo mi malestar y sonreí de oreja a oreja. La sonrisa más hipócrita del mundo. Él hizo lo mismo: sonrió como el idiota que era. Muy despacio alcé mi mano en puño y le enseñé mi dedo corazón. Sus ojos se abrieron tanto, que casi se le salen de las cuencas. Me di la vuelta y me alejé de allí. Necesitaba buscar a Gabrielle para largarnos de ese lugar. Sentía náuseas y unas tremendas ganas de golpearlo en la cara. Si me quedaba un rato más, estaba segura que cometería una locura.

Tomé mi abrigo con violencia en cuanto llegué a la mesa donde me esperaba mi amiga.

—Vámonos de aquí —dije con ímpetu.

Gabrielle me escrudiñó con la mirada.

—¿Sucede algo? —indagó.

—Sucede que todos los jodidos hombres son iguales —espeté—. Larguémonos de aquí.

Caminé como alma que lleva el diablo hasta la salida, con Gabrielle detrás de mí. Sentía que los oídos me zumbaban y un par de lágrimas amenazaron con derramarse, pero las limpié antes que se desbocaran.

Cuando por fin estuvimos en el exterior, caminé a toda prisa hasta mi auto.

—¡Anely! Espérame —la voz de mi amiga hizo que me detuviera—. ¿Qué te sucede? Parece que hubieses visto un fantasma.

Me giré de golpe para encontrarme con la mirada confusa de Gabrielle.

—Sube al auto. Te explico en el camino —le hice un ademán para que abordara el coche. Ella caminó sin oponer resistencia y justo cuando abrió la puerta del copiloto:

—¡Anely! —La voz de Harvey retumbó detrás de mí.

—Mierda —dije entre dientes.

Intenté ignorarlo y rodeé mi Kia Optima SXL de color plateado, el que me obsequió mi padre en mi cumpleaños número veintiséis.

—Anely, por favor, escúchame —su voz sonó más cerca. Me giré de golpe al sentir una mano en mi hombro. ¿En qué momento se acercó tanto?— No es lo que crees.

Esas palabras hicieron que se me olvidara el malestar que sentía a causa del desengaño y la decepción, y en lugar de sentirme abatida, una ira recalcitrante me recorrió de pies a cabeza. No pude evitar partirme de risa, pues cuando siento cosas intensas entremezcladas, me da por reír. Lo miré con bufonería.

¿Por qué todos los hombres usan la misma frase cuando los descubren in fraganti entre los brazos de su amante?

Porque eso era lo que era esa mujer que estaba con Harvey. ¿O no? Yo era su novia, ¿cierto? ¡Diablos! Me sentí muy confundida. ¿Acaso yo era su amante? ¿Esa mujer era su novia? ¡¿Era su ex esposa?!

Me llevé una mano a la cabeza al sentirme un poco mareada. Sentí que Harvey me sujetaba para evitar que me cayera. Nunca fui buena para lidiar con el drama. Prefería huir de él.

—Suéltame —logré decir al cabo de un rato.

—Déjame explicarte. Yo…

—No hay nada que explicar —lo interrumpí—. Y discúlpame, no debí reaccionar de esa manera. Está claro que lo nuestro es solo pasajero y llegó el momento de decirnos adiós —traté de girarme para subirme a mi auto.

—Eso es lo que nos pasó —masculló él.

Fruncí el ceño y me volteé para mirarlo de nuevo.

—¿De qué coño estás hablando? —musité la pregunta.

—Desde el día que nos conocimos, intentaste apartarme de ti. Pensabas por mí, decidías por mí y asumiste que lo que sentía por ti no era real. ¡Yo quería algo más! Quería estar contigo, entregarme a ti… pero cada día, tus murallas eran más y más sólidas. Traté de ignorar todas tus inseguridades, de darte amor sin esperar nada a cambio, pero me cansé de dar y no recibir nada.

—¿Y por eso decidiste irte a con la primera que se te atravesó en el camino? —solté la interrogante de sopetón.

—Me estoy dando la oportunidad de estar con alguien a quien sí le importe estar conmigo. Me estoy tomando el atrevimiento de ser feliz.

—Esta no era la forma. Pudiste haberme dicho algo. Las cosas se arreglan hablando —sin darme cuenta, algunas lágrimas rodaban por mis mejillas—. Yo…

—Intenté hacerlo, Anely. La semana pasada te pedí por décima vez que fueras mi novia y me dijiste que no. Traté de decirte que no estaba cómodo con nuestra relación, que te necesitaba a mi lado… pero tú me dijiste que no tenías tiempo para melodramas ni palabrerías cursis…

—Harvey, yo no… —mi voz se quebró.

—Déjame hablar, Anely, por favor —me miró a los ojos y pude ver que estaba muy acongojado—. No sé con qué clase de hombres te involucraste en el pasado, pero debieron de ser unos completos hijos de puta, para hacerte construir una fortaleza alrededor de ti. ¡Eres impenetrable! Yo quería estar contigo. Nunca quise hacerte daño, pero lamentablemente estábamos en distintas frecuencias. Yo tratando de derribar tus defensas y tú reforzándolas

Tragué grueso. Él se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

—Espero que algún día un hombre logre derrotar todos esos demonios que te atormentan, que dejes atrás los fantasmas de tu pasado y puedas vivir a plenitud tu presente.

Me obsequió una cálida sonrisa y se dio la vuelta para marcharse.

Me quedé por unos segundos allí, sujetando la puerta de mi carro y asimilando las palabras de Harvey, hasta que sentí la mano de Gabrielle en mi hombro.

—Sube —hizo un gesto con su cabeza para que me subiera al puesto del copiloto—. Yo manejaré —agregó.

Hice lo que me pedía y me sumergí en mis pensamientos mientras ella manejaba a través de la ciudad. Perdí la noción del tiempo recordando todas y cada una de las palabras de Harvey. Me sentí como la estúpida más grande del mundo al percatarme que acababa de perder la oportunidad de ser feliz al lado de un buen hombre, por culpa de mis miedos.

Nunca sabrás si es el indicado sino te arriesgas.

Las palabras de Gabrielle resonaron en mi cabeza.

Ese era mi problema. Nunca me arriesgaba. No desde…

No, no tenía sentido recordar a ese personaje. Lo cierto es que siempre que veía un mínimo de riesgo, levantaba mis defensas y blindaba mis sentimientos. Estaba harta de que me hicieran sufrir, así que no le daba la oportunidad a nadie de adentrarse lo suficiente dentro de mi corazón.

Derramé un par de lágrimas más y me las sequé con rudeza. Era absurdo lamentarme por algo que no podía remediar, así que respiré profundo y le dije a mi amiga que condujera hasta un lugar donde pudiéramos beber y bailar hasta el amanecer. Necesitaba mantener mi mente ocupada para no terminar regresando donde estaba Harvey y pidiéndole que me diera otra oportunidad. Habría sido lo más sensato, pero no, eso sería rebajarme y no… Anely Olsen no se rebaja frente a ningún hombre.

—¡Nunca más! —dije entre dientes.

Al cabo de unos diez minutos, el auto se detuvo frente a un lugar que a simple vista se veía abarrotado. No me importó. Deseaba tomar algo fuerte y acallar mis pensamientos con música a todo volumen.

Bajé del auto, seguida por mi amiga. Metí la mano dentro de mi bolso y saqué mi cigarrera. Encendí un cigarro y le di una fumada. Boté el humo muy despacio y se lo pasé a Gabrielle. No acostumbraba a fumar mucho, solo lo necesario para botar el estrés. Tres caladas eran suficientes. Luego de consumir mi dosis necesaria de nicotina, se lo di a mi amiga. Ella fumaba más que yo.

Me arreglé las mangas de blonda y me eché el cabello a un lado. Llevaba puesto un pantalón de cuero sintético de corte alto, muy ceñido al cuerpo. Acomodé las copas de mi blusa, para asegurarme que mis chicas estuvieran en su sitio.

Noté que un par de chicos pasaban a un lado de nosotras, riendo. Los miré de reojo, y aunque hubo algo en una de esas sonrisas que se me hizo familiar, decidí no darle importancia y seguir en lo mío.

—Dame un poco más —extendí mi mano hacia Gabrielle para que me pasara el cigarrillo. Le di una fumada y se lo devolví—. De acuerdo, entremos —dije, botando el humo y pasándome las manos por el cabello.

Mi amiga dio una última calada al cigarro y lo tiró al suelo, apagándolo con la suela de su zapato. Juntas caminamos hasta la entrada del night-club.

—¿Anely? —Oí una voz a mi derecha—. ¿Eres tú?

Sentí que se congelaba la sangre en mis venas al reconocer el rostro del hombre que destrozó mi corazón de la forma más cruel. Frente a mí se encontraba la personificación de todos mis miedos, traumas e inseguridades. El hombre que servía de referente para comparar a todas las personas que llegaron a mi vida después de él. Era una hermosa visión, y a la vez una pesadilla hecha realidad. Y aunque sentí que el estómago se me revolvía, decidí actuar con mucha diplomacia.

—Antoine —pronuncié su nombre a duras penas. Si su mero recuerdo causaba en mí un montón de emociones, ¿se imaginan lo que me causó su presencia?

La imponente estampa de un hombre de seis pies de altura yacía delante de mí. Tenía los ojos más verdes de lo que los recordaba y una hermosa sonrisa (la que hacía que se le marcara un par de hoyuelos en sus mejillas) dibujada en su rostro. Conservaba los mismos rasgos finos, casi aniñados, que una vez me hechizaron, aunque sin duda, la cuidada barba de varios días, le aportaba un toque varonil y adulto muy sensual. Su nariz recta y perfilada. Sus labios gruesos y rosados. Su cabello castaño oscuro, muy corto, casi a ras de su cabeza. No era el muchacho flaco que recordaba. Poseía unos brazos fuertes y tonificados.

—¡Wow! ¡Anely! No puedo creer que seas tú —dijo él con notable euforia. Se acercó a mí y me abrazó con fuerza—. Pensé que te habías mudado a Nebraska.

—De hecho lo hice —respondí de sopetón y no pude evitar reír como descerebrada—. Volví hace un par de meses —agregué.

El repentino carraspeo de alguien a mi izquierda me recordó que estaba acompañada.

—Antoine, te presento a mi amiga Gabrielle —le indiqué.

La nombrada extendió su mano en dirección a él.

—Un placer —dijo ella de modo coqueto.

Antoine estrechó su mano y correspondió con formalidad. Clavó su mirada en mí y sonrió de la misma manera que recordaba que lo hacía, haciendo que mis piernas temblaran.

—Te ves preciosa —comentó—. Al principio no creía que fueras tú, pero no olvidaría esos ojos tuyos ni en un millón de años.

—Creo que es lo único que conservo igual —dije agitando mi mano en el aire y riendo como tonta.

Y en efecto, así era. La última vez que nos vimos, yo pesaba por lo menos unas veinte libras más, tenía el cabello negro azabache, mis dientes estaban un poco apiñados y vestía como si fuese la vocalista de alguna banda de metal sinfónico. Mi cambio en los últimos trece años fue abismal. Seguía una dieta balanceada y la complementaba con intensas sesiones de footing y TRX1. Mi cuerpo era atlético en vez de regordete. Mi cabello era rubio rojizo claro y mis dientes estaban perfectamente alineados, gracias a la ortodoncia tardía que tuve que llevar por cinco años. Dejé de lado mi forma de vestir gótica y en lugar de parecer una vampiresa de la película Underworld, parecía salida de la nueva edición de la revista Glamour.

—Es increíble que me hayas reconocido —añadí, encogiéndome de hombros.

—Ya te lo dije, nunca olvidaría ese par de ojos que tienes.

La intensa mirada de Antoine removió en mí un millar de recuerdos, sentimientos y sensaciones. Soñé tantas veces con volver a verlo, pero jamás imaginé que me sentiría como el mismo día que me dejó en medio de aquella plaza, bajo la lluvia, mientras las lágrimas caían a raudales por mis mejillas.

¡Joder! Pensaba que después de tantos años sin verlo, mi corazón no se aceleraría como lo hacía cada vez que lo veía. Me sentí como una adolescente otra vez y creo que él lo notó, pues su sonrisa fanfarrona lo evidenció. Esa jodida sonrisa seguía siendo igual de hermosa que siempre.

El carraspeo de alguien más nos hizo romper con la conexión de nuestras miradas.

—¡Oh por Dios! ¿Qué clase de modales tengo? —Antoine se mostró apenado—. Te presento a Cedric.

Miré al sujeto junto a Antoine y no pude evitar sentir una extraña punzada en mi pecho. Era altísimo y atlético, de ojos negros y sonrisa socarrona. «¿Quién será? ¿Será su…?». Sacudí mi cabeza con fuerza para sacarme ese pensamiento. Extendí mi mano hacia él y estreché la suya con fuerza, mostrándole mi mejor sonrisa.

—Cedric —dijo el sujeto.

Abrí mis ojos, sorprendida, pues también lo reconocí. Era el primo de Antoine.

—¡Por supuesto! —dije—. Cedric. Ya me acuerdo de ti.

—¡Cierto! —El hombre me apuntó con su dedo índice—. Nos conocimos en el cumpleaños de mi abuelo. Te recuerdo.

—Llegué hace una semana a la ciudad —Antoine volvió a sonreír—, y me estoy quedando en su apartamento. ¿Van a entrar? —preguntó de repente, señalando la entrada del night-club.

—¡Sí! —dijimos Gabrielle y yo al unísono.

Antoine y su primo se hicieron a un lado para que nosotras pasáramos. Entramos al sitio y me percaté que Ant, como una vez lo apodé, caminaba a mi lado.

—Allá hay una mesa —señaló Gabrielle.

Caminamos en silencio hasta el lugar y nos sentamos. De inmediato Antoine hizo una señal con la mano a unas de las chicas que trabajaba allí, para que nos llevaran algo de beber. Yo pedí un Kamikaze, Gabrielle un Cosmopolitan y los chicos pidieron una botella de tequila.

¿En qué momento nuestra velada de solo chicas, para olvidar a Harvey pasó a ser un reencuentro con mi primer gran amor? ¡Tenía que ser una jodida broma! ¿Cómo era posible que de todos los lugares de la ciudad, Antoine estuviera justo en el mismo sitio que Gabrielle eligió al azar? «El destino es sádico y le encanta joderme la existencia», pensé.

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