Nunca fui la más linda de la clase. Ni siquiera estaba entre las más guapas. Esa distinción se la llevaban las niñas que eran mis mejores amigas en su momento. Yo poseo el don innato de rodearme de gente mucho más atractiva que yo. Nunca he estado de acuerdo con la estrategia de algunas mujeres de tener solo amistades menos agraciadas que ellas para poder sentir que destacan.
No es que yo fuese fea cuando era niña, pero era invisible para la gran mayoría de mis compañeros de clases (excepto cuando necesitaban mi ayuda para alguna de sus tareas). Sin embargo, ser bonita o no, no era algo que me robara el sueño, para ese entonces.
Yo me conformaba con formar parte del cuadro de honor y cada vez que veía mi foto en esa preciosa cartelera que la maestra colgaba al fondo del salón, sentía que mi pecho se inflaba de orgullo.
Durante mi infancia, me cambié cuatro veces de escuela, debido a que mis padres se mudaban a menudo por culpa de sus trabajos.
Ser hija de artistas es agotador cuando ellos no lo logran encontrar un trabajo acorde a sus expectativas. Mi madre cantante con el sueño de ser la próxima Aretha Franklin. Mi padre dibujante y escritor, con la ilusión de que alguna afamada casa editorial de comics lo contratara, (de preferencia Marvel) pero tenía que conformarse con trabajos mediocres como caricaturista en el departamento de publicidad de alguna empresa mediana. Así que cuando se les presentaba la oportunidad de algún casting, concurso o entrevista de trabajo en algún lugar que mejorara sus posibilidades de lograr sus sueños, lo dejaban todo y emprendían la aventura, con dos niños pequeños a cuestas.
Los primeros siete años de mi vida, los viví en la bella Denali Elementary School, en Alaska, en donde nací y me crié junto a mi hermano Dylan. Hijo de mi madre, pero no de mi padre. Él fue el fruto de una relación previa de mi mamá.
Fairbanks era mi hogar y pensaba que lo sería para siempre. ¡Dios! Que hermosas eran las auroras boreales que podía percibir desde la ventana de mi cuarto.
Nos tocó mudarnos por primera vez, en el año 1993.
Nebraska fue nuestro destino.
Yo no entendía que estaba sucediendo. Mis padres decidieron irse a vivir en casas separadas. Tenía tan solo ocho años cuando comprendí que mis padres se estaban divorciando.
¿Divorcio? ¿Qué rayos era eso? ¿Cómo era posible que dos seres que juraron amarse y respetarse “hasta que la muerte los separara”, decidieran sencillamente alejarse el uno del otro? ¡Yo era una chiquilla! ¿Cómo se supone que le explicas a una niña, que verá a su padre solo en vacaciones? No era justo. Yo tuve que pagar por los errores de mis padres. ¿A quién diablos le importó lo que yo sentía? A nadie.
Nueva ciudad, nueva escuela y nuevos amigos.
Pasaron varios meses y me negué a aceptar la separación de mis padres.
Lloraba con frecuencia en secreto, en mi cuarto, cuando mi madre no estaba en casa o en las noches, cuando sabía que todos dormían. Tenía recuerdos difusos de mi padre, borracho, llorando y pidiendo otra oportunidad. Nunca me gustó verlo triste y creo que por esa razón bloqueé ciertas memorias.
Mis padres peleaban mucho, pues Stephen Olsen, mi padre, tenía problemas con el alcohol y Margarette Monroe, mi madre, era maniática del orden. La relación llegó a un punto de quiebre en la que no podía ser enmendada. Gritaban por todo y eso comenzó a afectarme mucho, o al menos eso decía mi maestra al verme tan distraída en clases.
Volviendo a mi nueva aventura en Nebraska.
Fue un cambio radical. Pasé de vivir rodeada de mar y nieve, a vivir en un lugar muy parecido a un desierto. Cambié un aire puro y gélido por uno húmedo y tibio. Lo que más me asustaba de vivir allí, era la frecuencia de las tormentas eléctricas y los tornados, pero con el tiempo me acostumbré.
Fue en quinto grado cuando sentí que me había “enamorado” por primera vez. Obvio que no era amor, pero era tan solo una niña soñadora que sentía que el corazón se le iba a salir del pecho cada vez que Samuel Daniels se acercaba.
Él era un niño super lindo, de cabello rubio y ojos azules. Cuando sonreía se le marcaban dos hoyuelos en las mejillas. Recuerdo que durante el recreo, llenaba mis libretas con garabatos cursis y su nombre rodeado de corazones. Algunas veces, le enviaba notas anónimas, que luego él botaba en la papelera del salón de clases, partiendo mi corazón en mil pedazos. Pero por más que me rompiera el corazón una y otra vez, seguí insistiendo, con la esperanza de que algún día despertara pensando en mí y se diera cuenta que yo era la niña de sus sueños.
Ese día nunca llegó.
—¡Déjame en paz, gorda! —me dijo una tarde, terminando de matar mi ilusión
Esas vacaciones de verano las pasé con mi padre, en su nueva casa, en Florida. A mi padre se mudó a Miami, donde le ofrecieron un buen empleo en una compañía editorial.
El tiempo junto a mi padre era lo máximo. Me llevaba de compras, al zoológico, a la playa… me daba obsequios increíbles, que iban desde patines, bicicletas y… ¡Barbies! Amaba las barbies.
Una tarde de agosto, mi padre me presentó a Valerie, su novia.
¿Qué? ¿Acaso era una broma?
Mi papá no podía tener novia. Me sentí muy celosa y me negué de manera rotunda a aceptar a esa mujer como parte de la familia. Mi papi y yo éramos suficientes ¿Para qué más gente?
Mi padre estaba enamorado de una editora que conoció en su nuevo trabajo y no hubo nada que yo pudiera hacer para cambiarlo. Mis vacaciones de ensueño se convirtieron en una ridícula pesadilla. Tuve que convivir con Valerie, quien era doce años menor que mi padre, (mi papá de 45 y ella de 33) durante todo el verano, y como si eso fuera poco, ella venía con accesorios incluidos. Bianca y Neil, sus dos hijos. Bianca un año mayor que yo, y Neil dos años mayor que yo.
¡Fantástico! Hermanitos nuevos. (Nótese el sarcasmo)
Siempre soñé con la idea de tener un hermanito o hermanita menor, con quien jugar, pero no de esa manera. Quería un bebé de mi madre y mi padre, juntos.
La idea de tener que compartir a mi padre con otros niños, me aterró. Celaba a mi padre hasta de su sombra y luego de varios meses de sesiones con un psicólogo infantil, descubriríamos que padecía de algo llamado “complejo de Electra”, pero tranquilos, que con el paso del tiempo, superé ese episodio de mi vida.
Sentí que alguien metía su mano en mi pecho, desgarraba mi corazón, lo sacaba de golpe, lo lanzaba al suelo y lo pisaba sin piedad, cuando mi padre me dijo que iba a casarse con Valerie cuando finalizara el verano.
Todo sucedió tan rápido que no me dio tiempo de asimilar que estaba sucediendo, hasta el día que mi padre dijo: Sí, acepto, frente a un juez y algunos de sus amigos.
Ese día lloré a mares.
¡No quería tener una madrastra!
Conocía de memoria el cuento de La Cenicienta y me negaba a limpiar, lavar y cocinar de por vida. ¡Odio los quehaceres del hogar!
Mis hermanastros por el contrario, jugaban a ser perfectos.
Bianca con su cabello rubio y ojos azules (como su madre) siempre vestida de rosado. Parecía sacada de algún episodio de Candy Candy. Neil, de cabello castaño y ojos avellana (supuse que se parecía a su padre) era el típico hermanito mayor que disfrutaba haciéndole travesuras a su hermanita pequeña. Lo odié desde el primer día, y sé que el sentimiento fue recíproco. Había algo en ese niño que me provocaba golpearlo. A Bianca la toleraba, pero a Neil deseaba borrarlo del mapa.
Con el tiempo, Bianca y yo nos hicimos amigas. Jugábamos con mis barbies todo el tiempo y hacíamos cosas típicas de un par de niñas de diez y once años, respectivamente. Poco a poco, vimos la una en la otra, a esa hermanita que no teníamos.
El día de regresar a Nebraska, junto a mi madre, lloré como si se me hubiese muerto un cachorrito. Separarme de mi padre era duro, pero tenía que hacerlo, porque el nuevo año escolar estaba por comenzar. Pensar en que tenía que ver de nuevo a Samuel Daniels, me revolvía el estómago. Mi padre tampoco quería separarse de mí. Era su única hija y por ende, la luz de sus ojos. Esa noche, mientras sujetaba mi mano en al andén de la terminal de buses, me miró directo a los ojos y pronunció las palabras que estuve esperando oír desde hace mucho tiempo.
—¿Te gustaría quedarte a vivir conmigo?
Abrí los ojos con fascinación y di varios brincos de emoción. ¡Dios! No podía creerlo. Mi corazón latió desaforado en mi pecho, ante la idea de vivir con mi padre y poder alejarme de las estrictas reglas de mi mamá.
En ese momento se me olvidó el mundo.
El Trastorno Obsesivo Compulsivo de mi madre por la limpieza, me llevó al límite. Yo tenía un gran defecto: era desordenada hasta la médula, así que se imaginaran las batallas campales que tenía con ella por tan solo dejar mis calcetines hechos bolita dentro de mis zapatos. Para Margarette Monroe, era como si fuese el fin del mundo. ¡Sálvese quien pueda! Gritaba yo cada vez que ella comenzaba a perseguirme por toda la casa para pegarme y regañarme por el desorden. Siempre terminaba ganándome doble reprimenda por burlarme de ella.
Mi madre y yo éramos como el agua y el aceite. Nunca estaba de acuerdo en nada. Si ella decía blanco, yo decía negro.
Yo estaba a punto de cumplir once años de edad cuando decidí no regresar a Nebraska y quedarme viviendo en una ciudad desconocida, renunciar a mis amigos de la escuela (tampoco es que tuviera muchos), dejar a mi madre y hermano para comenzar una nueva vida, desde cero, al lado de mi padre y su nueva familia.
Mi madre decidió no pelear por mi custodia, pues sabía que corría el riesgo de ni siquiera verme en vacaciones. Mi padre tenía muchos amigos influyentes. No importaba que fuera alcohólico, ya que tenía tres años sin consumir ninguna sustancia etílica. Además, ella era una madre divorciada, que se ganaba la vida cantando en bares, bodas y eventos sociales, contra quien era la mano derecha del vicepresidente ejecutivo de la cede de una prestigiosa editorial en Miami, recién casado y muy estable, económicamente hablando.
¿Hace falta que les explique quien habría ganado mi custodia ante a un tribunal?
Yo era una niña inmadura y caprichosa, que no medí las consecuencias de mis actos. Mi madre se deprimió mucho por mi decisión de no volver junto a ella. Lloraba todos los días a causa de mi ausencia, pero con el tiempo aprendió a sobrellevar mi abandono. Sí, porque yo la abandoné en el momento que más me necesitaba. A pesar de tener a mi hermano Dylan junto a ella, con el tiempo supe que mi madre me extrañaba muchísimo.
El trabajo de mi mamá era honrado. Ella canta como los ángeles, pero muy a su pesar no tuvo la suerte de ser descubierta por un productor que la ayudara con su carrera artística, así que se limitó a vivir de sueños e ilusiones, y tragarse muchas desilusiones. Mi hermano fue su pilar de apoyo, su consuelo y su mejor amigo.
Los días pasaron y con ellos, el sexto grado llegó. Me costó mucho adaptarme a una nueva escuela y a una nueva ciudad, pero de repente me convertí en una niña extrovertida, rodeada de muchos amigos. Tal vez era porque era una desconocida y sentía la libertad de ser quien yo quisiera ser. De la noche a la mañana, me convertí en la chica exótica de la clase. Yo era la única con la piel tan blanca, que parecía un fantasma al lado de los demás. Algunos niños, lo más crueles (nunca faltan en la escuela) me decían “la esquimal”, por mi lugar de procedencia. Otros me apodaron “Annie Nieves”, por eso de que era muy blanca, en referencia a Blanca Nieves. Prefería mil veces ese sobrenombre, en lugar de “Casper2” o los adjetivos despectivos relacionados a mi peso. Nunca me consideré gorda, pero tampoco soy flaca. Digamos que tengo carne de donde agarrar, y aunque mi apariencia es saludable, a esa edad, los niños suelen ser muy crueles.
Es especial, Bradley Smith, quien era el chico por el que casi todas las niñas suspiraban. Al principio, yo no entendía que era lo que le veían, pues era un tonto cabeza hueca al que solo le importaba hablar sobre el nuevo episodio de Dragon Ball Z3. Saber que le gustaba a más de la mitad de la población femenina de la escuela, me hizo desarrollar cierta apatía hacia él. Durante mi infancia y adolescencia me caractericé por no seguir modas ni tendencias.
Él me sonreía y a veces se quedaba mirándome por largos ratos. Yo por mi parte lo miraba con el ceño fruncido y le lanzaba una que otra mirada despectiva. Él me mandaba notas con uno de sus amigos, siempre para decirme que le gustaba mi letra en la pizarra cuando la maestra nos dejaba escribir en él o para expresar que le agradaba el peinado que llevaba ese día.
Jamás respondí a ninguno de sus mensajes. Al contrario, me comporté reacia y odiosa con él. Allí fue cuando descubrí que a los niños, mientras peor los trates, más les gustas.
Una mujer muy sabia dijo una vez; muéstrate cariñosa y serás aborrecida, muéstrate antipática y serás amada. Esa sabia mujer era mi abuela. Dios la tenga en la gloria.
Mientras Bradley suspiraba por mí, yo solo me concentraba en ser la más sobresaliente del salón.
Casi finalizando el año escolar, él me regaló un pequeño oso de felpa con una nota que decía: Eres la niña más linda del mundo. No pude evitar comenzar a sentir algo por él, y a la semana estaba comenzando a sentirme muy atraída por él. Pero una vez más, se me partió el corazón, al enterarme que todo fue parte de una estúpida apuesta que hizo Bradley con sus amigos.
Al parecer, ser la única niña que no se mostraba “enamorada” de él, hirió su ego de niño imbécil. Cuando fui a darle las gracias por el regalo y a decirle que él también me parecía lindo, él y sus amigos se burlaron de mí, diciendo que era una tonta ilusa al pensar que a alguien como Bradley le podía gustar alguien como yo.
No pude evitar llorar frente a toda la escuela y ser el hazme reír de todos.
Ese verano fui de vacaciones con mi madre, a Nebraska, y solo pensaba que no quería volver a ver a Bradley ni a ninguno de sus estúpidos amigos. Así que cuando mi padre me comunicó que nos mudaríamos a otro distrito, me sentí muy aliviada. Mi madrastra pondría en práctica su licenciatura en literatura clásica al ser la nueva profesora de la asignatura en una preparatoria que quedaba al otro lado de la ciudad, en la que estudiaríamos Bianca, Neil y yo.
Nunca antes, empezar desde cero, me pareció tan buena idea.
La primera semana en la preparatoria, fue una pesadilla. Ser la nueva no era algo agradable y de cierto modo construí un muro a mí alrededor para evitar que alguien se acercara a mí. No quería encariñarme con nadie y que luego se burlaran de mí. Pero fue inevitable…
—Hola —oí la voz de alguien a mi derecha. Estaba en la fila del comedor, esperando que me sirvieran el almuerzo. Miré a la niña a mi lado y noté de inmediato que era caucásica como yo, pero mucho más delgada. Su cabello negro azabache hacía contraste con su pálida piel. No respondí a su saludo—. Tú debes ser la hija de la profesora Valerie.
—Ella no es mi madre —respondí tajante—. Solo es la esposa de mi papá.
La niña me mostró su perlada sonrisa y extendió su mano en mi dirección.
—Soy Eunice. Vamos a la misma clase —dijo.
Miré de reojo la mano que me extendía. Nunca fui de esas que confían en la gente de buenas a primera, así que lo dudé unos segundos y luego de un rato, le estreché la mano con algo de renuencia.
—Anely —contesté y me giré por completo para mirarla. Tenía los ojos más verdes que había visto en mi vida—. Te he visto un par de veces en el salón. Siempre te sientas en el primer puesto de la segunda fila —comenté, dejando en evidencia lo observadora que soy.
—Y tú siempre te sientas de última en la cuarta fila —respondió. Me sorprendí al darme cuenta de que ella también había estado muy pendiente de mí—. Mi madre es la profesora Karol, de ciencias naturales. Ella y tu madre son muy amigas…
—No es mi madre —la interrumpí, haciendo énfasis en el hecho que Valerie Rivers no era mi progenitora.
—Vale. Ya lo entendí —dijo Eunice con algo de vergüenza—. Lo cierto es que mi madre es muy amiga de la esposa de tu padre y me dijo que sería buena idea que tú y yo fuésemos amigas y que nos ayudáramos la una a la otra.
La miré con detenimiento, buscando algún atisbo de burla. Lo normal era que las personas se acercaran a mí después de descubrir que era disciplinada y dedicada con las asignaturas teóricas. Ella volvió a sonreír y correspondí de igual manera.
—Tenemos clases de música —indicó ella—. Llegaremos tarde.
Sonreí de nuevo ante la que sería mi mejor amiga.
Los días transcurrieron. Eunice y yo nos volvimos inseparables. Nuestro dueto perfecto se convirtió en un grupo. Todos hijos de empleados de la preparatoria.
El primero en unírsenos fue David Stewart, el hijo de una secretaria. Luego lo hizo Ellie, la hija de la enfermera del Middle School. También Yasmine, la hija del subdirector, quien llegó a mediados del año escolar, transferida desde el otro lado de Florida. Casi finalizando el año escolar, Richard, el hijo de un compañero de trabajo de mi padre, se nos unió. Él acababa de llegar de Minnesota, donde vivía con su madre luego de que sus padres se divorciaran. Su padre ganó su custodia después de una ardua pelea legal. Todos nos hicimos muy amigos y poco a poco nos convertimos en un referente de excelencia. Éramos los más sobresalientes en las clases y los consentidos de casi todos los profesores.
Mi vida junto a la esposa de mi padre y los hijos de esta, era normal, como la de toda familia convencional. Por suerte, Valerie resultó ser divertida y muy comprensiva. A veces teníamos nuestros desacuerdos, pero era debido a que yo trataba de imponer mis ideas y ella intentaba imponer también las suyas. Ambas éramos temperamentales y muy impulsivas. Para mi padre, algunas veces fue tedioso tener que lidiar con nosotras.
Hasta ese momento mi corazón se sentía satisfecho por tener muy buenos amigos que me apreciaban por quien era en realidad y no por beneficiarse de mi compañía.
Sin embargo, mi paz mental acabó una tarde de noviembre.
Lo vi desde la ventana de mi cuarto, mientras paseaba a su San Bernardo. Era un chico precioso, con el cabello rubio y liso que le llegaba a los hombros, de piel bronceada. Supe que su nombre era Oswald unos días después. Mi mentalidad de catorce años hizo de las suyas. En cuestión de segundos me inventé una historia a la altura de Jane Austen, donde él y yo éramos los protagonistas.
Por días lo observé desde mi ventana. Salía a la misma hora a pasear a su perro. Mi enamoramiento infantil fue creciendo día tras día, hasta que se lo confesé a Eunice. Ella me animó a decírselo, ¿pero cómo iba a hacerlo? A duras penas sabía su nombre y que vivía a tres edificios del mío.
Por suerte, mi hermanastro Neil era un joven muy sociable y conocía a casi todos los chicos de su edad que vivían en el conjunto residencial. Y gracias a eso, Bianca y yo fuimos invitadas al cumpleaños de un muchacho llamado Owen que vivía en el edifico de al lado.
Al principio se trataba de una celebración común y corriente entre adolescentes, pero con el paso de las horas, se tornó en algo más adulta, pues el primo de Owen compró cervezas y vodka para hacer ponche. La tentación de probar el licor fue muy grande. Bianca bebió un par de cervezas y se sintió muy mareada. Yo por mi parte, tomé varias, además de algunos tragos de la infame bebida que hizo el primo del homenajeado, pero no sentí nada. Al parecer era inmune a los efectos del alcohol.
No me di cuenta en que momento comencé a bailar al ritmo de Smell Like Teen Spirit de Nirvana. A pesar de que no sabía bailar, me movía con mucha soltura. Algunos chicos me miraban y sonreían. Debo mencionar que siempre he aparentado tener mucha más edad de la que tengo, así que a mis catorce años, mi apariencia era la de una muchacha de dieciocho. Tenía pechos grandes para mi edad (38C) anchas caderas y piernas carnosas que se dejaban ver gracias a la falda/short que me encantaba usar. La pubertad estaba haciendo buen trabajo en mí, distribuyendo de manera eficaz, esos kilos de más que tenía, en mi trasero, busto y piernas.
Un par de chicos se acercaron a mí, con intenciones de propasarse. Sin embargo, Neil supo ejercer su papel de hermano mayor y me defendió de todas esas aves de rapiña. Claro, luego llegaría el regaño por parte de él por beber alcohol siendo tan joven para hacerlo. Fue la primera vez que sentí unas enormes ganas de abrazarlo y lo hice. Sentirse protegido es algo genial.
—¡Suéltame! —Dijo él, frunciendo el ceño—. Quédate aquí. No te muevas —continuó mientras me obligaba a sentarme sobre un sofá.
—¿A dónde vas? —indagué.
—Buscaré a Bianca y nos iremos a casa.
—Voy contigo —traté de ponerme en pie, pero no pude. De repente me sentí muy mareada y todo comenzó a darme vueltas.
—¡Mierda! No puedes ni levantarte. Mamá me va a matar —farfulló.
—Yo… puedo… —balbuceé con dificultad. No entendía porque me costaba hablar.
Neil sacudió la cabeza y entornó los ojos.
—Quédate aquí —me ordenó.
Yo abrí los ojos lo más que pude para enfocar mi borrosa visión, levanté una mano para objetar algo, pero las palabras no salieron de mi boca. Asentí y decidí hacerle caso. Quería irme de ese lugar y meterme en mi cama hasta el otro día.
Mi hermanastro se alejó en busca de su hermana y yo me quedé allí sentada, con mil ideas dándome vueltas en la cabeza.
¡Oswald! Volví a abrir los ojos, de manera exagerada, al recordar que lo vi llegar un par de horas antes.
Las palabras de Eunice retumbaron en mi cabeza con fuerza.
Arriésgate. Si no lo haces, ni ganas ni pierdes.
Eunice era una niña muy madura para su edad. Era tan solo dos meses mayor que yo, pero era como ver el espíritu de una persona anciana en el cuerpo de una adolescente.
Me llené de valentía. Tal vez el alcohol que corría por mi cuerpo, me ayudó. Me puse de pie como pude, tomé una gran bocanada de aire y me dispuse a ir en busca de Oswald. Necesitaba decirle lo que sentía o de lo contrario estallaría en mil pedazos.
Caminé con dificultad, sintiéndome cada vez más llena de valentía. Imaginar a Oswald diciendo que sentía lo mismo por mí, me hizo sonreír como idiota. Solía siempre imaginar un cuento de hadas junto al niño que me gustaba.
Error.
Mi corazón se partió en mil pedazos, otra vez y lágrimas corrieron por mi rostro al ver como Oswald besaba a una chica. Sentí que me desmayaría al reconocerla. Era Bianca, mi hermanastra.
Neil apareció de repente y estampó una de sus manos contra la espalda del chico que besaba a su hermana, lo agarró de la chaqueta y lo haló. Le dijo algo, pero no entendí que, debido a que la música estaba a un volumen muy alto. Una vez más, sentí ganas de abrazar a mi hermanastro, pues deseaba hacerle lo mismo a Oswald, pero por besar a otra niña que no fuera yo.
Miré a Bianca y noté que ella trataba de ponerse de pie. Entendí que estaba ebria. Sin embargo, eso no evito que me sintiera muy mal porque, uno, era Bianca quien me robó la oportunidad de tener algo con Oswald y dos, porque él prefería a una niña flaca, de cabello rubio y ojos azules.
¿A quién quería engañar?
Yo era todo lo contrario a ella.
¡No tenía posibilidad alguna con él!
Me di la vuelta, sintiéndome derrotada.
Caminé cabizbaja, con la voz de Kurt Cobain a mis espaldas. Desde ese día, Come As You Are se convirtió en uno de mis himnos personales.
No hablé con nadie acerca de lo sucedido, ni siquiera con Eunice. Preferí dejar que el tiempo curara mis heridas.
Luego de una semana, Bianca comenzó a salir de manera oficial con Oswald. Ella de quince y él de diecisiete. Al principio, mi madrastra no quiso aceptarlo, pero se dio cuenta que su hija estaba “enamorada” y decidió dejarla vivir esa etapa de su vida.
Día tras día tuve que ser testigo silencioso de las veces que Oswald iba a buscarla para salir a pasear, de los días que llegaba con un obsequio para ella o las veces que ambos se daban besos a escondidas, detrás de nuestro edificio y yo los veía desde la ventana de mi cuarto.
Me fui llenando de mucho rencor.
Lloraba en secreto todas las noches, cuando todos dormían, rogando por el día en que mi príncipe azul llegara y me aceptara tal y como era yo. Que amara mis kilos de más, mi piel pálida, mis granitos en la cara y mi mal humor.
Traté de enfocarme en mis estudios y no pensar tanto en mi mala suerte en el amor.
Dos meses después, Bianca lloraba desconsolada en el hombro de mi padre, porque Oswald resultó ser un completo patán, pues también estaba saliendo con una chica del último año de preparatoria. Por lo visto, los chicos a esa edad solo piensan con las hormonas y se aburren rápido de las mojigatas con ideales de llegar vírgenes al matrimonio.
Me sentí muy ruin al descubrir que de cierto modo me alegré por la desgracia de Bianca, pues sentía que ella se había interpuesto entre Oswald y yo. Una idea absurda, ya que ella no tenía idea acerca de mis sentimientos por él. Con el tiempo, di gracias a Dios por haberlo alejado de mí, de lo contrario, habría sido yo la que llorara por los rincones, con el corazón destrozado.
Mi hermanastra y yo comenzamos a acercarnos más a raíz de su decepción con Oswald. Tal vez el dolor de la desilusión la hizo más accesible, pues en los últimos meses se mostró distante y antipática. Comenzamos a hacer más cosas típicas de hermanas, como peinarnos, pintarnos las uñas de los pies, contarnos secretos… pero mi confianza se vio traicionada cuando durante la cena, Valerie hizo un comentario respecto a que me gustaba un muchacho que vivía en el edifico que quedaba frente al de nosotros.
Solo Bianca lo sabía, pues yo se lo conté en una de nuestras tantas sesiones de confesiones de “hermanas”. Decidí no confiarle nada más y le pagué con la misma moneda. Ventilé ciertos secretos de Bianca frente a Valerie. Reñimos por un tiempo y estuvimos molestas la una con la otra, hasta que ella decidió dejarlo pasar. Al fin de cuenta, ella era la mayor y por ende, la más madura. Yo me aburrí de todo eso y opté por dedicarme a mis cosas. Como siempre lo hacía cada vez que me sentía abrumada. Me encerré en mi propio mundo.
Con el tiempo, Bianca fue haciéndose una chica mucho más madura. Un día decidió unirse a una congregación cristiana y conoció a un grupo de personas que la guiaron por el camino del perdón. Yo por mi parte, anduve a la deriva por un tiempo. Mi ropa comenzó a ser negra en vez de colorida, mi música pasó de ser Nsync y Britney Spears, a ser Linkin Park y Korn. Las paredes de mi cuarto dejaron de albergar poster de Justin Timberlake dando paso a imágenes de Jonathan Davis, Kurt Cobain, Chester Bennington, Fred Durst y Chris Cornell. Había un poster de Amy Lee y uno de Avril Lavigne colados entre el montón de testosterona.
Una noche, luego de la insistencia de mi hermanastra para que la acompañara a una feria que su congregación organizó en las inmediaciones del conjunto residencial donde vivíamos, para recaudar fondos para la iglesia, decidí ir solo para que dejara de fastidiarme con la misma cantaleta. Sabía que hasta que no la acompañara a una de sus reuniones de culto no me dejaría en paz.
Lo primero que hizo mi hermanastra en cuanto nos acercamos a un grupo de personas, fue presentármelos a todos. Había personas de todas las edades y de diversas razas. Sin embargo, mis ojos se posaron sobre alguien en específico. Tenía grandes ojos verdes. Tan verdes que parecían esmeraldas. No pude evitar quedarme como idiota mirándolo. Mi hermanastra tuvo que darme un codazo para que reaccionara. Era un niño precioso. No puedo negarlo. A primera vista, me cautivó.
¿Su nombre? Antoine.
Sacudí mi cabeza y dejé de pensar tantas estupideces.
Ese tipo de chico se fija en chicas como Bianca, no en chicas como yo, así que me lancé de la nube en la que había comenzado a flotar. Me negué a sentir cosas por alguien, y que ese alguien destrozara mi pobre corazón de nuevo.
Y es aquí… justo aquí, donde comienza una larga sucesión de errores.
Ese lindo chico de mirada verdosa, se convertiría en el error más grande de mi vida.