Chapter 2 Antoine

Chapter 2 Antoine

Me desconecté de mi entorno por un momento y evoqué recuerdos del pasado. ¡Dios! De todas las cosas que podía recordar tenía que ser eso en específico…

Los labios de Antoine sobre mi boca, sus largos dedos entrelazados con los míos, mientras nuestros cuerpos se entregaban a la pasión...

Sacudí mi cabeza con fuerza para sacarme esos pensamientos y miré al hombre frente a mí. ¡Dioses! Aun poseía el don de hacer que mi corazón se acelerara, las manos me temblaran y las palabras se me quedaran atragantadas.

No. No podía seguir allí. Eran demasiadas emociones intensas como para hacerles frente a todas. Me puse de pie como si me impulsara un resorte. Le lancé una mirada a mi amiga y esta frunció el ceño. Le hice la señal que siempre le hacía cuando necesitaba que me siguiera la corriente. Tosí y carraspeé la garganta, acto seguido sujeté el lóbulo de mi oreja derecha y le di un leve halón.

—Recordé que mañana tenemos que levantarnos muy temprano —miré a los chicos con fingida aflicción—. Debemos recibir la nueva mercancía —miré a mi amiga.

—¡Cierto! —exclamó Gabrielle, poniéndose de pie también. Se dio un golpecito en la frente con su mano—. Lo había olvidado —fingió vergüenza.

Por eso la amaba. Ella y yo siempre nos compenetrábamos de una manera única. Teníamos nuestro propio lenguaje corporal secreto para comunicarnos. En la tienda era donde lo poníamos en práctica. Cuando me echaba el cabello hacia un lado y humedecía mis labios con la lengua, significaba: Cliente difícil. Ven y ayúdame. Cuando me acomodaba los lentes y me llevaba la mano al mentón, frente a uno de nuestros proveedores, significaba: El precio es elevado. ¡Olvídalo! No le compraremos más a él o ella. Gabrielle captaba enseguida y, en caso de un cliente difícil, se acercaba y lo abordaba. Ella poseía un don especial para apaciguar a las personas. En caso de ser uno de nuestros proveedores, quien a última hora decidía incrementar el costo de la mercancía, ella lidiaba con el asunto de manera muy profesional.

Debo reconocer que eso de tratar con la gente, no es lo mío. Siempre tiendo a dejarme llevar por mis emociones. Podría decirse que soy fácil de engañar y ella era mi ángel de la guarda, la que impedía que me vieran la cara de idiota.

—¡Es tardísimo! —dijo ella al mirar el reloj en su muñeca. Era casi la una de la madrugada.

Antoine se levantó también.

—¿En serio? Acabamos de pedir los tragos. Al menos podrían tomarse una copa con nosotros —comentó él.

Traté de decir algo, pero la mujer que nos atendió al llegar, se acercó a nuestra mesa con nuestras respectivas bebidas. Las puso sobre la mesa y se retiró.

Antoine tomó su vaso y lo levantó en alto.

—¡Salud! —brindó—. Por los reencuentros —tomó un sorbo mientras posaba sus ojos sobre mí.

Gabrielle me miró, esperando que le dijera algo. Asentí con la cabeza para decirle que estaba bien, que podíamos quedarnos un rato más. Y lo hicimos.

Perdí la noción del tiempo. Un trago se convirtió en dos, en tres, en cuatro, cinco… seis. Las horas pasaron como si se trataran de minutos. Hablamos de todo un poco. Supe que Antoine acababa de regresar de Francia, donde estuvo trabajando en una galería de arte, luego de obtener su licenciatura en historia del arte y hacer una especialización en arte post-moderno. Me comentó que se encontraba soltero, “por el momento” (hizo énfasis en eso) y se estaba hospedando con su primo, mientras conseguía un lugar para mudarse solo. Tenía pensado quedarse un tiempo en la ciudad.

Por mi parte, le comenté algunas cosas acerca de mi vida, que estudié para ser maestra, pero que trabajaba con mi amiga en su tienda y que también estaba soltera, “por el momento” (también hice énfasis). Él rió a carcajadas cuando dibujé las comillas con mis dedos y dijo que yo seguía siendo la misma chica adorable de siempre. No entendí a qué se refería y tampoco quise darle mucha importancia.

No me di cuenta en que momento Gabrielle forjó una amistad tan íntima con el primo de Antoine, pues hablaban mucho entre ellos y parecían querer hacer algo más que hablar. Sus miradas lujuriosas los ponían en evidencia.

Comencé a sentirme muy desinhibida y sin poder evitarlo, dejé que Antoine se acercara mucho a mí, haciéndome sentir muchas cosas extrañas. Cosas que no sentía desde hace mucho tiempo. ¡Dios! ¿Qué se suponía que estaba haciendo? Una parte de mi deseaba salir corriendo, alejarse lo máximo posible de Antoine Delattre y no mirar atrás. Pero otra parte de mí, la parte irracional, estúpida y enamorada, me pedía a gritos quedarme junto al único hombre que he amado en mi vida, recordando todos y cada uno de los momentos que viví con él.

Sentí un impulso inhumano de besarlo, pero logré controlarme. No podía hacerlo. ¡No debía! Mi estúpido instinto masoquista me recordó que nada estaba superado. Seguía sintiendo algo muy intenso por el francés que me miraba y sonreía, y que, era el causante de mi fobia a relacionarme con otros hombres.

Antoine cogió un trozo de limón y lo impregnó con la sal que estaba en un platito blanco. Se lo llevó a la boca y se deleitó con el sabor amargo y salado, pero no tomó licor. Sentí que el corazón se me aceleraba cuando lo vi relamerse los labios. Repitió la misma acción unas cuatros veces. Cuando le pregunté porque no tomaba más tequila, me dijo que acababa de salir de un fuerte resfriado y que no quería abusar de su cuerpo. Le creí.

No podía dejar de mirarlo ni un solo momento.

¿En qué momento se convirtió en un jodido modelo de Calvin Klein? Era mucho más guapo, más hombre, más sensual… ¡Dios! Tuve que morderme el labio para reprimir el deseo de saltarle encima y comérmelo a besos. Y eso, justo ese bendito gesto, fue el detonante de una serie de eventos “catastróficos” que sucedieron a continuación.

—Ay, Anely, sabes a la perfección lo que ocasionas cuando haces eso —dijo Antoine, llevándose una mano a la cabeza.

—¿Cuándo hago qué? —inquirí—. ¿De qué estás…?

No pude terminar la frase, pues sentí una mano en mi nuca, seguido de un par de labios estrellándose contra mi boca. Abrí mis ojos ante la repentina invasión a mi espacio personal, pero bastó un segundo para mandar mi auto-control a la mierda. Me rendí una vez más a sus encantos. El beso fue salvaje y voraz. Su mano derecha se aferró más a mi nuca y las mías se posaron en cada una de sus mejillas. Jadeé al sentir su cálida lengua rozando con la mía. El movió sus labios con una astucia que no conocía. Recordaba sus besos más tímidos. El hombre que me besaba demostraba haber adquirido mucho conocimiento a lo largo de los años.

Él se separó un momento para tomar aire y volvió a apoderarse de mi boca. Mi corazón latió a mil por hora y la cabeza me dio vueltas, no sé si fue debido al alcohol o al subidón del momento. Él finalizó el beso y pegó su frente a la mía, aun con su mano sujetando mi nuca.

—¡Por Dios, Anely! No tienes idea de cuánto he soñado con este momento… con el día en que te pudiera tener entre mis brazos y poder besarte hasta quedarme sin aliento —dijo con la respiración entrecortada. Abrí mis ojos muy despacio para darme cuenta que él los tenía cerrados. Los volví a cerrar, entregándome al sin fin de sensaciones que recorrieron mi cuerpo.

—El recuerdo de esa noche —continuó hablando—, me persigue todos los días. La manera en que te dejé…

Mi corazón se detuvo al rememorar esa noche, y una ráfaga de dolor y tristeza me golpeó. Abrí mis ojos y me separé de él con brusquedad. Antoine pertenecía a mi pasado y allí debía quedarse. Me puse de pie, pero él me sujetó del brazo.

—Perdóname —pude leer sus labios más no escucharlo, debido a que el volumen de la música estaba muy alto. Se puso de pie y me sujetó de los hombros—. Sé que no merezco tu perdón —me miró directo a los ojos—, pero espero que algún día puedas dármelo.

—Trece años, Antoine. ¡Trece jodidos años estuve esperando que dijeras esa palabra! ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo? —Giré mi cabeza para buscar a mi amiga, pero no la vi por ningún lado—. Mierda —farfullé al percatarme que mi ángel de la guarda no podría auxiliarme.

—¡Te busqué, Anely! Lo juro por lo más sagrado. Pero no te encontré. He vivido todos estos años con la culpa de haber sido un cretino, de haberte lastimado de la forma en que lo hice, pero lo hice por tu bien. Debías alejarte de mí. Yo no te merecía. Nunca ibas a ser feliz junto a mí, porque soy un maldito…

—Eres un maldito egoísta que nunca se detuvo a pensar en lo que yo sentía. Solo importaba lo que tú querías —solté con rabia. Algunas lágrimas rodaron por mis mejillas.

—No, Anely. Egoísta habría sido de no haberte dejado ir. Tú merecías algo mejor que yo… merecías alguien que no cargara con un jodido secreto a cuestas, alguien que no tuviera que mentir a diario por miedo a ser tildado como una aberración. Merecías a alguien que la gente no señalara en la calle por culpa de los malditos rumores. Tú merecías…

—¡Cállate! —vociferé—. Tú no tienes ni idea de lo que yo merecía.

—Te amaba —imitó mi tono de voz. Abrí mis ojos como platos—. Y creo que nunca dejé de hacerlo —bajó la voz.

—NO… —levanté mi dedo índice y lo señalé— DIGAS ESO —lo miré con dureza—. ¡Maldición! —Musité y sacudí mi cabeza—. Esto es una locura —negué con la cabeza—. No debimos… —dejé la frase a medias y me alejé de él, con el único objetivo de encontrar a mi amiga— ¡Gabrielle! —la llamé.

—Por favor, Anely… escúchame —pidió él.

—Ya oí suficiente —le dejé claro que no quería oírlo—. ¡GABRIELLE! —volví a gritar mientras escudriñaba el lugar con la mirada.

—Ella y Cedric se fueron hace un rato —gritó Antoine.

—¿Qué? —me negué a creer que mi amiga se hubiese ido con un recién conocido.

—Sí. Querían estar en un lugar privado…

—No. Gabrielle no es así —tomé mi bolso y saqué mi móvil para llamarla. Sin embargo no lo hice, pues leí el mensaje que tenía en la bandeja de entrada.

Lamento haberme ido como me fui, pero… ¡Dios! ¿Viste a Cedric? Está buenísimo y además es un cielo. Juro que si paso un mes más sin sexo, me volveré loca. Te quiero amiga. Nos vemos mañana para ponernos al tanto de nuestras aventuras. Disfruta con tu galán.

Postdata: No te preocupes. Me cuidaré.

¿Pero qué mierda? ¿Cómo era posible que Gabrielle se hubiese largado con un hombre que apenas acababa de conocer? ¿Que disfrute con mi galán? ¿Pero es que no se dio cuenta de mi incomodidad? ¡Rayos! No tuve tiempo de decirle que Antoine era el mismo hombre del que tantas veces le hablé; El maldito imbécil que me partió el corazón en mil pedazos. Una vez le enseñé una foto de él, pero el Antoine que estaba frente a mí era muy distinto al enclenque chico de quince (casi dieciséis) años que se adueñó de mi virginidad.

La cabeza me daba vueltas y sentí que me iba a desmayar en cualquier momento. Tuve que sentarme y respirar hondo.

Estaba ebria. Lo sabía.

De repente sentí a Antoine muy cerca de mí y levanté el rostro para mirarlo. ¡Mil veces joder! ¿Por qué tenía que ser tan hermoso? ¿Por qué en vez de ponerse como un jodido modelo de revista no se puso gordo y calvo? Así habría sido más fácil rechazarlo y… ¡alejarme de él! Pero mi voluntad quedó anulada con un simple roce de su mano.

Sus manos varoniles sujetaron mi rostro con sutileza. Cerré mis ojos y algunas lágrimas rodaron por mis mejillas. Él las secó, pasando sus pulgares con ternura. Negué con la cabeza, pero él no me soltó. Lo siguiente que sentí fueron sus labios sobre los míos. Mi corazón palpitó muy rápido y por inercia llevé mis manos a su cabeza, atrayéndolo con fuerza hacia mí. Nuestros labios se rozaron muy despacio y nuestras respiraciones se aceleraron. No hubo lengua. Fue el beso más tierno que me dieron en la vida. ¡Dioses! Lo amaba. Nunca dejé de hacerlo y sabía que no me convenía amarlo, pero mi estúpido corazón no entendía de razones.

—Sé que las cosas no terminaron de la mejor manera —susurró sin separarse de mi boca—, pero si…

—Me hiciste correr detrás de ti, como si fuese una maldita loca —lo interrumpí susurrando también. Tenía mis ojos cerrados, tratando de mantener a rayas mis lágrimas—, y cuando por fin te alcancé, me cerraste la puerta en la cara y gritaste a los cuatro vientos que…

Con su mano tapó mi boca y se separó un poco. Abrí mis ojos y pude ver genuino arrepentimiento en su mirada.

—Sé muy bien lo que dije, y no hay un solo día que no me arrepienta de haberlo hecho. Fui un maldito cretino al herirte de la manera en que lo hice…

—Suéltame —musité—. Necesito irme.

—Necesitas irte, pero sé muy bien que no quieres irte, porque aun sientes algo por mí. Puedo percibirlo al tocarte —pasó el dorso de su mano por mi mejilla y no pude evitar estremecerme—. Puedo notarlo cuando te beso —unió sus labios a los míos en un corto, pero conciso, beso. Una ráfaga de sensaciones me recorrió de pies a cabeza—. Anely, por favor, vamos a un lugar más tranquilo, donde podamos hablar con calma.

—No tenemos nada que hablar —hice acopió de todas mis fuerzas para empujarlo y apartarme de él. Me puse de pie y tomé mi bolso, saqué un billete de cien dólares y lo coloqué sobre la mesa—. Es para pagar lo que bebí —dije y me di la vuelta, dispuesta a marcharme.

Una vez más, él me sujetó del brazo.

—No te vayas, Anely —sonó como una súplica—. Ven conmigo. Vayamos a recordar viejos tiempos, cuando nos amábamos con locura…

El muy imbécil debía tener conocimientos de hipnosis, porque su voz demandó y mi cuerpo cedió sin resistirse. Respiré profundo, sin girarme, llenándome de fuerzas para jalar de mi brazo y zafarme de su agarre, pero él fue más astuto que yo. Con un movimiento raudo me atrajo hacia él y me volvió a besar, con pasión y violencia.

Me dejé llevar…

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