Chapter 6 Ilusión

Chapter 6 Ilusión

Marzo de 2001

S

ábado. ¡Por fin! Salí de la cama con una sonrisa en el rostro. Miré el reloj y vi que eran las ocho de la mañana. ¡Perfecto! Sin perder tiempo me dirigí al baño para asearme. Volví a mi cuarto para vestirme y ponerme un atuendo acorde a la ocasión. Era el día que le diría a Antoine que sí quería ser su novia. Bianca me miraba desde la puerta de mi cuarto y no dejaba de sonreír.

—¿A dónde vas tan temprano? —preguntó.

La miré de reojo y no pude evitar ponerme colorada.

—Iré a casa de Antoine —contesté.

Por suerte, él vivía cerca de nosotros; en el conjunto residencial que quedaba al lado del nuestro.

—¿Y piensas ir peinada de esa forma? —Bianca se acercó a mí.

—¿Qué tiene de malo? —me miré en el espejo. No acostumbraba a trenzar mi cabello, pero esa mañana opté por dos trenzas. Una a cada lado.

—Pareces de kinder garden —dijo mi hermanastra, tomando un cepillo de mi peinadora.

—Pensé que así me vería mucho más joven y…

—Deja de decir eso. Sé tú misma y punto. Nunca intentes cambiar tu apariencia ni pretendas ser algo que no eres, solo para evitar las habladurías. La gente hablará igual, les des o no motivos para hacerlo.

Bianca destrenzó mi cabello con sutileza, peinó y alisó un poco, dejando que mi cabello castaño oscuro cayera libre.

—¿Lo ves? —Mi hermanastra me animó a contemplar mi imagen en el espejo—. Te ves preciosa.

Tenía razón. Nunca antes me detuve a mirar con detenimiento que me había convertido en una chica linda. Mi cabello era largo y abundante. Caía como una cascada sobre mis hombros, con esas ondas naturales que le daban un toque muy juvenil. Tenía un color y una textura muy agradable y esa mañana olía espectacular. Mis ojos grises brillaban de una manera especial. Mis labios no me parecieron horribles, sino al contrario. El brillo labial los hacía resaltar y les daba un aire muy sensual. Mis cejas pobladas en vez de ser dos líneas de vello sin gracia ni arte, se veían lozanas y enarcaban mis ojos, aportándome cierto aire exótico. Mi nariz pequeña, pero de punta redonda, no se me asemejó a la de la chica de la película Penélope.

Sonreí al darme cuenta que por primera vez en mi vida, me veía con ojos de amor, dejando de lado los complejos e inseguridades.

Abracé a Bianca con todas mis fuerzas y le di las gracias por esa dosis de confianza que me obsequió.

Di los buenos días a mi padre y a Valerie, que estaban en el comedor, desayunando. Abracé a mi padre y le di un beso en la mejilla, lo mismo a mi madrastra. Ambos se sorprendieron muchísimo, pues no soy el tipo de persona de dar muestra de afecto, pero ese día era especial.

—¿A dónde vas tan temprano? —indagó mi padre con el ceño fruncido.

—Daré una vuelta. Dicen que el aire puro ayuda el desarrollo de las células del cerebro —dije una mentira piadosa para librarme del interrogatorio de mi progenitor—. Volveré pronto —agregué y me encaminé hacia la puerta principal.

Bajé las escaleras de dos en dos. Vivía en el cuarto piso, y aunque teníamos ascensor, no me gustaba usarlo, desde que me quedé encerrada en él durante casi una hora.

Atravesé la plaza y tomé un pequeño caminito que conducía al edificio donde Antoine vivía con su familia.

Con cada paso que daba, sentía que mi corazón latía a mil por minuto. La ansiedad comenzó a hacer estragos en mí. Paso a paso pensaba en lo que iba a decirle a Antoine. Practiqué mi monólogo por unos diez minutos, lo que tardé en llegar a la torre D-17. Me detuve frente al edificio y miré hacia arriba. El chico que me hacía suspirar vivía en el tercer piso. Tomé una gran bocanada de aire y la solté.

—¡Antoine! —grité.

¡Dios! Tuve que respirar hondo repetidas veces para evitar desmayarme. Fueron muchas las emociones que me invadieron. ¿Y si se retractaba? ¿Si me decía que lo que dijo no era cierto? ¿Qué era tan solo una broma para ver como reaccionaba yo? Me vi tentada a salir corriendo. Los nervios se apoderaron de mí. ¿Y si es cierto? ¿Durará? ¿Me romperá el corazón? ¿Se enamorará de alguien más? Las preguntas surgieron en mi cabeza como torbellinos.

—¿Anely?

Levanté mi rostro de golpe y lo vi. Parecía un sueño. Su cabello oscuro se iluminó de forma tenue con algunos rayos del sol, dándole unos toques de castaño claro. Sus bellos ojos verdes se posaron sobre mí. Parecía muy sorprendido de verme.

—¿Qué haces aquí? —prosiguió.

—¿Podemos hablar? —mi voz tembló.

—Sube —hizo un gesto con su cabeza, invitándome a su casa—. Te lanzaré la llave.

Atrapé las llaves en el aire y de prisa entré en el edificio. Llamé el elevador. Estaba tan nerviosa, que olvidé por un momento mi fobia a los ascensores.

Mis manos temblaron cuando estuve frente a la puerta de su departamento. Busqué la llave entre mis dedos temblorosos, pero la puerta se abrió de repente antes que yo encontrara la llave correcta. Antoine sonrió como solo él sabía hacerlo. Ese tipo de sonrisa que iluminan hasta el día más sombrío.

—Hola —dijo.

—Hola —respondí con un hilo de voz.

Él se hizo a un lado para que yo entrara. Entré y lancé una rápida mirada a mi alrededor. No había indicios de que hubiese alguien más.

—¿Estás solo? —inquirí por inercia.

Antoine asintió con la cabeza.

—Mis padres trabajan de lunes a lunes, y mi hermana se quedó anoche con mi abuela. Vive a dos edificios de aquí.

—¡Oh! Ya veo. ¿No hay ningún problema con que esté aquí, a solas contigo? —pregunté, pues si fuese mi caso, mi padre se pondría como loco de saberme a solas en casa de un muchacho.

Antoine negó con la cabeza.

—Estaba desayunando. ¿Tú ya desayunaste?

—No —espeté—, pero no tengo hambre. No te preocupes.

—Debes alimentarte. El desayuno es la comida más…

—Sí, sí, sí… la comida más importante del día —completé la frase, agitando mi mano en el aire.

Él rió.

—Me encanta cuando te lo peinas así —dijo de repente.

—¿Qué? —no entendía.

—Tu cabello —aclaró—. Se te ve muy bien así.

—Tan solo lo peiné y lo dejé tal cual —comenté con nerviosismo.

—Exacto —musitó él.

Bajé la mirada y la clavé en el suelo. Me sentía muy nerviosa. Pasé un mechón de cabello por detrás de mí oreja y carraspeé la garganta.

—Quería pedirte disculpas por la forma en que te traté durante la última semana —solté sin más.

—No te preocupes. Creo que yo reaccionaría igual si mi mejor amiga me dice que está enamorada de mi —hizo una pausa dramática—. Aunque en mi caso, mi mejor amiga eres tú, y si tú me dijeras algo así yo me pondría muy feliz porque…

—Antoine, yo… —traté de hablar.

—Por favor, déjame terminar. Necesito decirte esto —me quedé callada, oyéndolo—. Sé que no sientes lo mismo, pero solo te pido que sigamos siendo amigos, que mi estupidez no influya en nuestra amistad. Podemos hacer como si nada pasó y…

—Si quiero —farfullé.

Antoine dejó de hablar y me miró con los ojos entornados.

—¿Qué dices? —parecía consternado.

—Digo que sí quiero ser tu novia —las palabras salieron de mi boca y sentí que me quitaba un gran peso de encima.

Antoine abrió mucho sus ojos y comenzó a reír.

—¿Estás hablando en serio?

Asentí con la cabeza.

Él me saltó encima y me abrazó con todas sus fuerzas. Yo también lo abracé.

—¡Oh por Dios! No puedo creerlo. Tú y yo… —dejó la frase a medias y se separó un poco para mirarme a los ojos—. Te quiero, Anely. No te imaginas cuánto.

Para ser menor, se mostró mucho más maduro que yo. No percibí atisbo de falsedad en sus palabras y lo pude corroborar al sentir su pecho muy junto al mío y descubrir que su corazón latía muy de prisa.

—Yo también te quiero, Antoine. Te quiero muchísimo.

Lo volví a abrazar y así permanecimos por largo rato. Deseé poder detener el tiempo para que ese momento perdurara por siempre.

Él se separó un poco y volvió a mirarme a los ojos. Mi corazón se aceleró más. Mis ojos se humedecieron y me sentí feliz. Feliz de sentir algo tan bonito por alguien y que ese alguien sintiera lo mismo. Antoine era todo lo que siempre imaginé que sería el primer amor. Nunca me había enamorado. Bianca tenía razón. En ese instante no me detuve a pensar. No. En ese preciso instante solo me dediqué a vivir y disfrutar el momento.

Nos fuimos acercando despacio. Sabía lo que iba suceder y aunque estaba muerta de miedo, quería que sucediera. Deseé con todas mis fuerzas, que esas tantas veces que practiqué besando el puño de mi mano, rindieran frutos. Sus labios se posaron sobre los míos y sentí que mi cabeza daba vueltas. De repente sentí que flotaba en el aire. Los labios de Antoine eran suaves. Cerré mis ojos y me dejé invadir por un montón de sensaciones que jamás sentí en mi vida. Fue un beso tierno.

Abrí mis ojos, sintiendo que me faltaba el aliento y lo vi. Frente a mi estaba el chico que me hacía suspirar. Mi corazón latió lleno de gozo. Sin poder evitarlo, dejé escapar un suspiro. Antoine me tomó de la mano y me dio un besito en la mejilla.

—Qué cosa tan rara —comenté. Él me miró con detenimiento, a la espera—. Siento cosquilla hasta en los dedos de los pies.

Antoine rió a carcajadas.

—Yo también. Pensaba que era el único loco. Es mi primer…

—¿En serio? —lo interrumpí—. ¿No besaste a nadie antes?

Él negó con la cabeza.

—¡Dios! Creo que lo hice terrible… —él se mostró muy apenado—. Puedo hacerlo mejor…

—Estoy segura que es el mejor beso que me darán en toda la vida —dije por inercia.

Los dos nos echamos a reír como tontos.

Desayunamos entre risas. La tensión entre ambos se esfumó por completo. No podíamos dejar de vernos y reír con nerviosismo. Por momentos Antoine sujetaba una de mis manos y me hacía un cumplido que iba desde: que linda sonrisa tienes hasta esa chaqueta te queda genial. Así era él, muy observador y esa era una de las cosas que me encantaban de él.

Esa tarde fuimos a la iglesia y no parábamos de hacernos bromas y reír a carcajadas por cualquier cosa. Algunos nos miraban como si nos hubiésemos vuelto locos, pero Bianca sabía a la perfección lo que sucedía y fue la primera en felicitarnos.

George se sorprendió mucho, no entendía nada.

—¿Felicidades? ¿Quién está cumpliendo años? —indagó.

—Ninguno —le indicó mi hermanastra—. Es solo que esta mañana, ambos decidieron estar juntos.

—¿Juntos? —El director del coro nos miró confundido— Pero siempre andan juntos.

Antoine y yo nos partimos de risa.

—Que son novios, tonto —le dijo Fabiene, dándole un golpecito en la parte trasera de su cabeza.

—¡Oh! Ya veo —dijo George—. ¿No son un poco pequeños para eso?

—Ya tienen quince —comentó Bianca.

—Son niños. Yo tuve mi primera novia a los diecinueve —continuó George.

—Ya déjalos en paz —Ariana no era muy conversadora, pero cuando abría la boca era para defender a los indefensos—. Da igual que tengan diez, con tal que se quieran de verdad. Dios es amor, así que déjalos ser.

—¡Vale! Lo siento —George levantó sus manos en señal de rendición—. Felicidades, chicos. Que el señor los bendiga siempre.

Con la bendición y aprobación de todos los miembros del coro, Antoine y yo pudimos ser nosotros mismos. A veces me sujetaba la mano y las personas nos miraban, como si fuese algo malo. Cuando no soportaba el peso de las miradas curiosas, soltaba la mano de mi chico y trataba de no acercarme a él.

Era pésima lidiando con el que dirán.

Ese fin de semana, Antoine fue a buscarme a mi casa y fuimos al cine a ver Destino Final. A él le encantaba el cine de terror. No teníamos la edad suficiente para entrar a esa función, pero por suerte, el novio de su hermana trabajaba en el lugar y nos dejó pasar.

Cuando regresamos a casa, mi padre nos esperaba frente a nuestro edificio, sentado en uno de los bancos de la plazoleta. Antoine se puso muy nervioso y me confesó que siempre le tuvo miedo a mi papá. Yo tragué grueso y me llené de valentía para hacerle frente a Stephen Olsen. Supe de qué se trataba, así que no quise darle largas al asunto. Tarde o temprano, ese día llegaría.

—¿Qué haces acá, papá? —pregunté.

—¿Se divirtieron bastante? —contestó con otra pregunta.

Yo asentí con la cabeza.

Mi padre hizo un ademán con la mano para que nos acercáramos y nos sentáramos a su lado.

—Hasta hace unos días, pensaba que tú y yo éramos los mejores amigos —mi papá continuó hablando—. Pero me di cuenta que eso no es verdad.

Me sentí incómoda por las palabras de mi padre, pues no entendía de qué estaba hablando. Siempre charlábamos y le contaba mis secretos. Mi papá siempre me aconsejaba y me alentaba cuando estaba desanimada. Sin embargo, nunca le conté lo que sentía por Antoine, por vergüenza y por miedo a como reaccionara. Además, hay ciertos secretos que las chicas no deben contar a sus padres.

—Siempre he sido sincera contigo, papá. No entiendo a qué te refieres —dije.

Mi papá me miró a mí y luego a Antoine

—¿Ah sí? ¿Entonces por qué me he enterado por Valerie, que ustedes dos son “novios”? —Dibujó las comillas con sus dedos—. ¿Por qué no me enteré por ti?

Levanté la mirada y vi a mi madrastra en la ventana de nuestro apartamento. ¡Rayos! ¿Por qué tenía que entrometerse en mis cosas? ¡Joder! ¿Por qué Bianca no podía mantener la boca cerrada?

—Papi, yo…

—¿Cuáles son sus intenciones con mi hija? —mi padre no me dejó hablar. Fulminó a Antoine con sus grandes ojos grises.

—Yo… Ehmm —Antoine balbuceó.

—¿Sabe tu madre acerca de esto? —mi papá me volvió a mirar a mí.

Negué con la cabeza.

—Eso pensé —farfulló mi padre.

—Señor, apenas llevamos un día de novios —soltó Antoine.

—¿Novios? —Mi papá clavó su intensa mirada en mí—. Eres tan solo una niña para tener novio, y usted, muchacho —miró a Antoine—. ¿Pretende mentirme diciendo que solo tienen un día? ¡Mi hija y usted se conocen desde hace meses! ¿Pretende que le crea?

—Es la verdad, papá —espeté sin poder evitar levantar la voz.

—Preguntaré una vez más, chico. ¿Cuáles son sus intenciones con mi hija? —mi padre escrudiñó a Antoine con la mirada.

—La quiero, señor Olsen. La quiero y la respetaré siempre.

Me quedé petrificada ante las palabras de mi novio. Se veía tan adorable con la frente en alto y el pecho inflado de orgullo.

—Así se habla, chico —mi padre le dio una palmada en el hombro—. Solo quería asegurarme de que eras un buen muchacho.

Antoine y yo abrimos los ojos como platos.

¿Era una jodida broma?

—Solo pediré dos cosas. Una. Te quiero en casa ante de las diez —me señaló con su dedo índice—. Dos. Nada de estar solos sin la supervisión de un adulto. ¿Está claro?

—Sí, señor —Antoine respondió sin pensarlo—. Antes de las diez. La traeré siempre antes de las diez. Se lo prometo.

—¿Y qué más? —insistió mi padre.

—Nada de quedarnos a solas sin la supervisión de un adulto —agregó Antoine.

—Bien dicho —mi papá le dio otra palmada en el hombro—. ¿Cuántos años tienes?

—Tiene quince, papá. Ya déjalo en paz.

—Deja que sea él quien responda, hija. No seas maleducada.

—Tengo catorce. Cumplo quince en octubre —contestó mi chico.

—¿Eres menor que mi hija? ¡Vaya!

Cerré mis ojos y deseé que me tragara la tierra. Tomé una gran bocanada de aire y me preparé para el sermón que se aproximaba.

Mi padre suspiró.

—Recuerdo cuando era joven. Me gustaba Alice Whitaker. Ella era Senior4 y yo apenas Sophomore5. ¡Era preciosa! Por desgracia, nunca tuve el valor de decirle lo que sentía. Luego me enteré que yo también le gustaba, pero nunca me lo dijo porque era mayor que yo. Cuando lo supe, ella ya estaba casada y tenía un hijo de dos años. Yo estaba recién casado con tu madre y…

Mi papá hablaba y yo no daba crédito a lo que oía. ¿En serio eso estaba pasando? ¿Mi padre en vez de reprenderme, estaba relatando la historia de su adolescencia y sus amores imposibles?

Se puso de pie de un salto y nos miró una vez más.

—En fin, me alegro por ambos —dijo—. Solo espero que no le hagas daño a mi pequeña, de lo contrario, buscaré la escopeta que guardo en el armario de mi cuarto y la vaciaré en tu cabeza —lanzó una mirada ruda a Antoine.

—¡Papá! —exclamé horrorizada. De repente mi novio palideció.

—¿Qué?

—Tú no tienes ninguna escopeta —farfullé.

—Él no lo sabía —agitó su dedo en dirección mía—. Ahora no tendré con que asustarlo.

Enarqué una ceja y fulminé a mi padre con la mirada.

—Pórtense bien, muchachos —mi padre se dio la vuelta—. Y ya saben…

—Antes de las diez —dijimos Antoine y yo al unísono.

Nos quedamos en completo silencio mientras veíamos como mi padre se alejaba.

—Lo siento mucho, mi padre es…

—¡Genial! —exclamó Antoine.

—¿Qué? —fruncí el ceño.

—No tienes de que disculparte. Tu padre es muy agradable.

—¿Estás hablando en serio? Me dijiste hace rato que te aterraba mi papá.

—Sí. Lo sé, pero eso fue antes de charlar con él y saber que era tan genial. Ojalá mi padre fuera así. Lo máximo que he compartido con él, fue una vez que fuimos de paseo a la playa e intentó enseñarme a nadar. De eso hace más de seis años. Casi me ahogo, pero al menos él estuvo allí para evitarlo.

Los ojos de Antoine se humedecieron.

—Lamento oír eso. Por lo visto, la relación entre tu padre y tú no es muy buena.

—¿Relación? Mi padre trabaja todo el día y cuando llega a casa, toma una cerveza del refrigerador, se sienta frente al televisor a cenar y se olvida que existimos. Creo que tiene más de dos años que no toca a mi madre, bueno en la intimidad, porque cuando llega ebrio suele tratarla mal y… —se calló de golpe y carraspeó la garganta—. Es genial que tu padre se preocupe por ti. Se nota que te quiere mucho —cambió de tema y pude sentir que se tensaba un poco.

—¿Sucede algo? —pregunté y puse mi mano sobre la suya.

Antoine sacudió su cabeza con fuerza y se levantó de un salto.

—No —respondió—. Estoy bien —extendió una mano hacia mí—. En vista de que tenemos hasta las diez, y aún nos queda una hora y media —trató de imitar una reverencia—, me acompañaría usted a dar un paseo, ma belle.

Tomé su mano y le seguí la corriente. Supe que dentro de él se habían removido sentimientos desagradables, pero no me lo diría. No quise presionarlo. Le daría tiempo para que poco a poco se fuese abriendo a mí. La confianza es algo que nace y se fortalece muy despacio. No hay que forzarla. Es algo que mi madre siempre dice.

Caminamos un rato, tomados de las manos. Miré el cielo y vi un precioso manto de estrellas. Miré a Antoine y sonreí. Imaginé una escena similar, cientos de veces. Pasear de la mano de mi príncipe azul, bajo el hermoso cielo nocturno.

Antoine se detuvo de repente y me atrajo hacia él de un halón. Sus ojos se clavaron en los míos y pude sentir su corazón latiendo de prisa junto a mi pecho.

—Aquí está bien —dijo casi susurrando.

Lancé un vistazo a mi entorno y me di cuenta que estábamos bajo un inmenso roble. El viento soplaba y las ramas se sacudían, haciendo que unas cuantas hojas cayeran sobre nosotros. Antoine metió una mano en el bolsillo de su pantalón y sacó las llaves de su casa. Se acercó al tronco y comenzó a tallar algo sobre la madera.

—¿Qué haces? —indagué sorprendida.

—Espera un momento —dijo él.

Traté de acercarme para ver lo que hacía, pero él no me dejó.

—¿Qué estás haciendo? —volví a preguntar, riendo con nerviosismo.

—Ya lo verás —me indicó.

Me quedé allí, observándolo. Antoine movía su mano con rapidez, escribía algo, de eso si estaba segura, pero no tenía idea de qué. Luego de unos minutos, se hizo a un lado y dejó que contemplara su maravilloso trabajo.

Un corazón y en el medio de él, “A y A”.

¡Dios! Mis ojos se empañaron y me abalancé sobre él para abrazarlo. Escribió nuestras iniciales en el tronco de un árbol. Me pareció un gesto muy tierno, así que le di un besito en la mejilla. Él me abrazó también y así permanecimos por un rato.

Con cada respiro, sentía que mi corazón se llenaba de más y más amor por ese niño de ojos verdes. Antoine resultó ser todo un romántico.

—Es precioso —dije mientras recostaba mi cabeza en su hombro.

—Este árbol tiene más de cien años —comentó él.

—¿De verdad?

—Sí. De hecho, cuando comenzaron a construir aquí, pensaron en derribarlo, pero por más que intentaron cortarlo, no pudieron. Mira aquí —señaló un punto en específico.

Miré con detenimiento y pude notar algunas marcas en la madera. Parecían las marcas de una sierra.

—Tres hombres intentaron cortarlo, pero sus sierras no pudieron. Es como si una fuerza muy poderosa lo protegiera.

—¡Wow! Tres hombres intentaron cortarlo, y tú, un chico de catorce…

—Casi quince —alegó él.

—De acuerdo, un chico de casi quince logró marcar las iniciales de nuestros nombres.

Antoine sonrió.

—De hecho no soy el primero —comentó y me sujetó de la mano—. Mira aquí —yo miré donde me indicaba. Había muchas iniciales más—. Le dicen “El roble eterno” —acercó su rostro al mío—. Así como este árbol, que ha perdurado en el tiempo, contra vientos y mareas, así quiero que perdure nuestro amor, Anely.

Cerré mis ojos para degustar el sabor de su aliento.

Sus labios se posaron sobre los míos. Un beso dulce.

Abrí los ojos cuando se separó de mí.

—Te amo —dije.

—Yo también te amo —respondió él.

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