Chapter 3 Recordando viejos tiempos

Chapter 3 Recordando viejos tiempos

27 de julio de 2016.

Abrí mis ojos muy despacio y la fuerte puntada en mi cabeza, me hizo cerrarlos de nuevo. Maldije entre dientes. Lo hacía cuando despertaba con resaca y siempre hacía la misma promesa absurda: No bebo más nunca. Pero jamás la cumplía.

Volví a abrir los ojos para mirar mi entorno.

La habitación estaba oscura. Solo un pequeño rayo de sol se colaba por la ventana y aportaba una mínima cantidad de iluminación. La suficiente para detallar que el cuarto era pequeño, de unos cuatro por cuatro metros. Había un closet a la izquierda, un televisor frente a la cama donde me encontraba, en lo alto de la pared. Vi una puerta entreabierta y percibí un espejo en la pared, además de un lavamanos. Era un baño. Vi una ventana a la derecha y unas persianas blancas que estaban cerradas. Ese no era mi cuarto.

Me incorporé despacio, para evitar que la persona que dormía a mi lado se despertara. Salí de mi cama y me dediqué a juntar mi ropa que estaba desperdigada por todas partes. Mi blusa sobre una lámpara, mi pantalón en el espaldar de una silla y mis braguitas tiradas en el suelo. Tuve que agacharme para buscar mis zapatos debajo de la cama, pero no los encontré. Volví a mirar la habitación y los encontré a un lado de la puerta.

El hombre que dormía se removió entre las sabanas, quedando descubierto por completo. Ese cuerpo desnudo no se parecía en nada al que recordaba. A pesar de la poca luz, pude ver los músculos que se le marcaban en el abdomen, piernas y brazos. Me relamí los labios al posar mis ojos sobre su bien dotado miembro, el que aun estando dormido, era muy grande. Mi corazón se aceleró y lo recordé todo.

Salimos del night-club y subimos a un taxi…

¡Rayos! Recordé que dejé mi auto en el estacionamiento de aquel lugar. ¡Debía ir a buscarlo!

Volví a mis cavilaciones…

Una vez a bordo del taxi, mi acompañante le indicó una dirección al chófer y cuando este puso el auto en marcha, Antoine se abalanzó sobre mí, apoderándose de mi boca. Nos besamos como si nunca lo hubiésemos hecho. Lenguas, gemidos y roces por doquier.

El automóvil se detuvo y luego de que Antoine le pagara al taxista, entramos a un modesto edificio. Subimos las escaleras, dando tumbos entre besos y risas hasta que nos detuvimos frente a una puerta. Antoine sacó unas llaves del bolsillo de su chaqueta y la abrió, sin abandonar ni un momento mi boca. Entramos haciendo mucho ruido. Él se quitó la chaqueta a medida que caminábamos a través de un estrecho pasillo. Mi espalda chocó contra una pared y las manos de Antoine estrujaron mis pechos. Su hinchada entrepierna hizo fricción contra la mía.

Me alzó y me llevó hasta una cama, donde caí sin ninguna delicadeza. Él se lanzó sobre mí y se volvió a adueñar de mis labios, dando suaves mordiscos y jalando con sus dientes. Tomé su rostro entre mis manos y su incipiente barba picó en mis palmas. Sujetó mis muñecas y me las colocó por encima de la cabeza, entrelazando sus dedos con los míos. Siguió besándome, como si no hubiese mañana.

—¡Dios! Sigues siendo tan hermosa como la primera vez que te vi —masculló entre besos. ¡Uff! Ese jodido acento francés lo hizo parecer un gatito ronroneando.

—¿Has pensado en mí? —musité entre jadeos.

—Cada maldito día de mi vida.

—Mentiroso —murmuré sin dejar de besarlo.

—Mentira sería que dijera que no extrañé esta suave piel —intentó introducir una de sus manos por debajo de mi blusa, pero como era tan ajustada no logró abrirse paso.

Gruñó al ver su intento frustrado.

No pude evitar sonreír por su gesto y me levanté para que él pudiera bajar el cierre en mi espalda. Cuando lo hizo, pude liberar mis brazos de las ceñidas mangas de blonda. Mis pechos quedaron libres. No llevaba sujetador, pues no era necesario, ya que mi blusa llevaba push up incorporado. Los dedos de Antoine se pasearon sobre mi desamparada piel y me estremecí ante su ardiente toque.

Manos iban y venían en caricias que harían estremecer hasta al más frígido de los seres. Besos de esos que tienen un comienzo pero que no se saben si tienen un final. Antoine se había convertido en un amante muy complaciente, y hubo un pensamiento que retumbó en mi cabeza e hizo que mi libido de evaporara de golpe. Él era un hombre muy guapo y de seguro sinfín de amantes desfilaron por su cama a lo largo de esos trece años que no supe de su existencia. Di un respingo al caer en cuenta de algo. ¿Y si tenía alguna enfermedad de trasmisión sexual? No tenía idea de lo fue su vida durante todo ese tiempo y él tampoco sabía nada de la mía. Le di un suave empujón y me separé de él.

—¿Qué sucede? —inquirió con la voz entrecortada.

—¿Tienes protección? —lo miré a los ojos.

—Procuraré no eyacular dentro de ti —se volvió a abalanzar sobre mí, apoderándose de mi boca. Su beso fue voraz y desesperado.

Volví a darle un empujón, logrando separarme un poco.

—No lo digo por eso. Yo tomo la pastilla —mentí para que mi petición no sonara tan odiosa—, así que no hay riesgo de que…

No pude terminar la frase, ya que su mirada me dijo que estaba consternado por mi insinuación. Frunció el ceño, se levantó de la cama y se llevó la mano a la cabeza, peinando su cabello imaginario hacia atrás, pues lo tenía muy corto.

—¡Por Dios, Anely! ¿Es en serio? —se mostró indignado—. Crees que… ando por allí, pescando cuanta enfermedad rara existe y que…

—No, no, no —también me puse de pie y me acerqué a él—. Yo no me refiero a eso —traté de enmendar la situación—. Tenemos mucho tiempo sin vernos… ¡Yo podría estar enferma! —argumenté, tratando de sonar lo más convincente posible—. Tú no lo sabes —el me miró de soslayo—. Tómalo como una precaución.

—Mierda —masculló—. Se me había olvidado que eres una experta a la hora de arruinar un buen momento.

Sentí que una daga ardiente se clavaba en mi pecho. Recordé las tantas veces que Antoine me hirió con sus palabras… y lo seguía haciendo.

¿Qué coño estaba haciendo? ¡Debía irme de allí!

No podía volver a tropezarme con la misma piedra.

Tomé mi blusa que yacía tirada a un lado de la cama e intenté ponérmela…

—¿Qué estás haciendo? —masculló la pregunta.

—Esto es una mala idea. Lo mejor será que me vaya.

—No. No hagas eso —él se interpuso en mi camino.

—Eres un imbécil y nunca dejarás de serlo —dije lo que pensaba.

Sus manos sujetaron mi rostro, una vez más.

—Lo siento, Anely. Lo siento mucho. No puedo evitar ser un idiota —acercó su boca a la mía e intentó besarme, pero lo esquivé—. Ma petite reine —lo miré con intensidad. Nadie me decía así. Solo él. Mis ojos se empañaron al recordar el pasado—. Quédate —supe que imploraba.

—¿Qué estamos haciendo? —mi voz se quebró. Él me abrazó.

—Estamos viviendo, sintiendo —su aliento acarició mi cara—. La vida es un momento y hay que vivirla. La vida es aquí… —volvió a posar sus manos a ambos lados de mi rostro y me besó con ternura—, y ahora —me dio otro beso—. Yo te deseo —beso—. Tú me deseas —beso—. Tu piel se eriza cuando te toco —beso—. Mi corazón late desbocado desde que te vi en la entrada de ese night-club —beso—. Quiero hacerte el amor una vez más —beso—. Quiero recordar lo bien que me siento al fundirme contigo —me besó con ferocidad—. Espera —susurró y se separó de mí.

Hice un sonido de protesta y arrugué la nariz.

—¿A dónde vas? —refunfuñé.

—¡Si tengo! —gritó él, mientras se alejaba y se internaba en el baño.

—¿Qué cosa? ¿De qué hablas? —rezongué.

Él asomo la cabeza por la puerta del sanitario.

—Preservativos —abrió los ojos e hizo un gesto sugerente con sus cejas, a la vez que sonreía como solo él sabía hacerlo y par de hoyuelos se dibujaban en sus mejillas.

Reí divertida ante su picardía.

—¿Chocolate, cereza, menta o piña? —gritó desde el baño.

Se me borró la tonta sonrisa de los labios. Esa puta sensación de malestar se volvió a instalar en mi estómago. ¿Para qué tendría Antoine tanta variedad de preservativos? Una imagen bizarra se apoderó de mis pensamientos.

Antoine gimiendo, mientras alguien…

Sacudí mi cabeza con fuerza y golpeé mi frente con la mano. Maldije mi mala costumbre de imaginar ciertas cosas que no se deben imaginar. La voz de mi conciencia me gritó que lo que estaba haciendo era una locura, que debía salir corriendo y alejarme de ese hombre, pero mi cuerpo estaba decidido a hacer lo que le daba la gana.

—¡Vaya! No me imagino para que tienes tantos sabores —no pude evitar soltar las palabras y sonar muy sarcástica.

Antoine salió del baño.

—Y he allí, el sarcasmo desmedido de la señorita Olsen —comentó—. Debo confesar que esa parte de ti no la extrañaba para nada —agitó una cajita en su mano—. Estaba bromeando. Solo tengo de los convencionales.

Se aproximó a mí y sujetó mi mentón, obligándome a mirarlo a los ojos.

—¡Vamos! ¡Di que sí! —su voz sonó muy sensual.

—¿Qué diga que sí a qué? —lo miré confundida.

Él abrió la cajita y sacó un paquetito de envoltura plateada. Tomó mi mano y lo puso sobre mi palma. Miré el preservativo.

—Pónmelo —me guiñó el ojo—. Como aprendiste a hacerlo aquella vez.

Me sonrojé al recordar la vez que nos encontrábamos en su cuarto, viendo una película triple x en su computadora y la actriz le colocaba el preservativo al hombre con la boca. Antoine me animó a hacérselo y yo ni corta ni perezosa me dediqué a perfeccionar la técnica. No es que fuéramos unos pervertidos sin remedio… en esa época solo éramos un par de muchachos con curiosidad y muchas ganas de aprender.

No hace falta describir lo que sucedió a continuación. Basta con decir que hasta nuestras sombras follaron sin clemencia.

Gemidos, jadeos, susurros y palabras jocosas que hicieron cosquillas a nuestra imaginación, la que pusimos en práctica al… ¿amarnos? ¿Podría usar ese término? No lo sabía. Lo único que mis sentidos lograban percibir era que los dedos de Antoine se deslizaban sobre mi piel, estimulando cada punto preciso, mientras entraba y salía de mí. Nuestro sudor era una mezcla explosiva que en cualquier momento nos haría estallar en mil pedazos. Yo estallé cinco veces, él llegó a su culminación unas tres veces…

Nos quedamos dormidos cuando el sol comenzó a filtrarse por la ventana.

¡Joder! Di un brinco cuando el hizo un movimiento raudo y se dio la vuelta sobre el colchón. Podría quedarme todo el día, mirándolo dormir, pero eso me convertiría en una persona muy rara, así que opté por terminar de vestirme e irme de allí.

Por suerte encontré las llaves de la puerta principal y la abrí. Tomé mi bolso que se encontraba en una mesita al lado de la entrada.

Bajé las escaleras a toda prisa y cuando llegué a la planta baja me percaté que no tenía llave para abrir la puerta que daba a la calle. Pensé en subir de nuevo al apartamento de Antoine y despertarlo para que me abriera, pero la idea quedó descartada en cuanto imaginé que al verme, haría todo lo posible para que me quedara a comer con él, luego me invitaría a ver una película y terminaríamos teniendo sexo otra vez sobre el sofá. Lo seguro es que pasáramos otra noche juntos y al día siguiente, sería muy difícil separarme de él y seguir con mi vida, así que decidí esperar un rato a que alguien entrara o saliera para irme.

No podía evitar sentirme como una adolescente que acababa de estar con el chico de sus sueños, y es que en efecto, Antoine era el hombre de mis sueños… y de mis pesadillas.

¡No! No podía sentir eso, y mucho menos por Antoine. Debía mantener clara una cosa. ¡Había sido solo sexo! Nada de sentimientos tontos ni nada por el estilo. Solo fue un reencuentro de dos viejos amantes que sintieron añoranza y nostalgia por aquella época en la que eran un par de jovencitos cachondos que follaban a cada rato, a causa del alboroto hormonal típico de la adolescencia. Debía meterme en la cabeza que todas las palabras que dijo Antoine, las dijo con la mera intención de meterse entre mis piernas. Yo fui la estúpida que hizo el amor con un hombre que debía odiar; él fue el casanova que folló con una ex novia. Punto.

Sentí que el estómago se me revolvía al percatarme de lo patética que fui, acostándome con alguien que jamás me amaría, alguien con quien nunca sería feliz, alguien en quien de ningún modo confiaría, alguien que se burló de mi amor, que me humilló y me hirió de una forma tan transcendental, que hizo que me cerrara ante la posibilidad de amar de nuevo a alguien más.

—¿Va a salir? —la voz de una mujer le puso punto final a mis pensamientos.

—Sí —musité.

La mujer abrió y salí. Tomé el primer taxi que pasó y le pedí que me llevara al night-club donde estuve la noche anterior.

Recogí mi auto y me fui a casa.

Al llegar encontré a mi hermanita pequeña en la sala, ensayando para su próximo recital de ballet. Acababa de cumplir catorce años y era toda una prima ballerina, con varios premios, medallas y reconocimientos por su talento en la danza lírica. Ella me sonrió y yo le devolví la sonrisa.

—¿Qué tal la noche? Espero que hayas bailado bastante —dijo—. ¿Te quedaste en casa de Gabrielle? —preguntó a la vez que daba un giro sobre su pierna derecha.

—Sí. Me quedé con ella. Salimos tarde de la discoteca y su casa estaba más cerca —mentí. Odiaba mentirle a Sigrid.

—¿A dónde fueron?

—Al sitio nuevo. Ese del que todo el mundo habla.

—¿Y qué tal es? —se puso de puntillas.

—Ruidoso —contesté.

Ella sonrió. Sabía que no me gustaban los sitios en los que hay que gritar para poder charlar.

—¿Harvey fue con ustedes? —inquirió.

¡Joder! Me acordé del pobre cristiano. No pensaba en él desde que le conté a Antoine que nuestra relación se terminó, debido a que lo pillé besando a una morena de enorme trasero. Negué con la cabeza.

—Harvey y yo terminamos —no suavicé la noticia.

—¿Qué? —Sigrid trastabilló y casi se cae. Me acerqué lo más rápido a ella, pero ella me guiñó el ojo para darme a entender que estaba bien—. Qué lástima. Él me caía muy bien.

—Lo sé, pero nada es para siempre —musité, clavando la mirada en las escaleras, por donde venía descendiendo mi papá.

—Espero que tengas suerte con el próximo —comentó con una sonrisa alentadora.

—Yo espero lo mismo —concordé.

—¡Oh! Llegaste —dijo mi padre al verme.

—Buenos días, papá.

Él se acercó y me dio un besito en la frente.

—Querrás decir buenas tardes —se burló mi hermanita.

Miré el reloj en mi muñeca. ¡Rayos! Eran las tres de la tarde.

—Iré a comer algo —farfullé.

—Bon appétit! —expresó mi hermana mientras continuaba haciendo piruetas.

¡Joder! ¿Tenía que hablar en francés? ¿Justo en ese jodido idioma? Antoine se volvió a adueñar de mis pensamientos. Era increíble la facilidad con la que lograba meterse dentro de mí. Hasta la mínima cosa me hacía pensar en él.

Entré a la cocina y abrí la nevera. Saqué un trozo de sandía. Fue lo único que logró captar mi atención. No tenía ánimos de preparar algo complicado. ¡Tenía mucha hambre!

Subí las escaleras y me dirigí hacia la que una vez fue mi habitación. Saludé a Valerie en el camino. Ella estaba sentada sobre su cama, leyendo un libro. Mi cuarto era el que quedaba al final del pasillo.

¡Un momento! No era una solterona a punto de llegar a los treinta, que acababa de tener sexo con un ex novio y que vivía aun con sus padres. La razón por la que estaba quedándome en casa de mi papá, era porque estaban fumigando el edificio donde se encontraba mi piso. Con suerte estaría de vuelta a mi lindo departamento en un par de días.

Entré a mi cuarto, puse el plato con la fruta sobre mi mesita de noche y me apresuré a quitarme la ropa para darme una ducha caliente. Sentía que cada musculo de mi cuerpo me dolía. ¿Por qué sería?

Sentí un cosquilleo en mi vientre al recordar ciertas cosas…

…el aliento de Antoine sobre mi rostro, sus gemidos roncos en mi oído, sus manos recorriendo mi cuerpo…

¡Dioses! Sentí que mi entrepierna se humedecía. Tenía que dejar de pensar en eso, pues había sido un jodido error.

¡Debía sacármelo de la cabeza!

Me metí bajo el chorro y dejé que el agua caliente borrara las huellas que Antoine dejó sobre mi piel. Solo esas, porque las marcas que llevaba en mi corazón, no se podrían borrar ni con magia. Lagrimas salieron de mis ojos. Me sentí estúpida, otra vez.

¿Qué fue lo que hice?

¡Puto alcohol! Es el culpable de tantos errores de la humanidad.

Terminé de ducharme y salí del baño, dispuesta a ponerme el pijama más feo que tuviera, solo para sentir que en el mundo había algo que estaba en peores condiciones que yo. Me senté en mi cama para comerme el pedazo de sandía, pero en cuanto lo hice tuve que salir corriendo al baño para vomitar. Fue una falsa alarma. No devolví lo que acababa de comer, pero si sentía un malestar terrible. Me metí en mi cama y traté de dormir un poco, sin embargo, no pude.

Sé que te debes estar preguntando, ¿de qué va esta mujer? Anda por la vida, creyendo que todos los hombres son despreciables. ¿Qué mal tan grande le hicieron para que esté tan traumada? ¡Bien! Para que puedan entender, se los contaré todo…

Les contaré la historia Antoine.

Con él comenzó todo.

La única persona en este mundo que me ha hecho cuestionar, que quizás, amar tanto, sea un terrible error.

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