Chapter 5 Una tarde de febrero

Chapter 5 Una tarde de febrero

Febrero de 2001

La intensa mirada de Antoine comenzó a incomodarme. Lo miré de soslayo y me removí con inquietud. Estábamos sentados en uno de los bancos de la pequeña plaza central dentro del área común de nuestro conjunto residencial. Bianca y los demás estaban cerca, charlando muy animados sobre el campamento que estaban organizando para el verano.

—¿Tu irás? —la voz de Antoine rompió el silencio.

Me encogí de hombros y negué con la cabeza.

—Iré a ver a mi madre, en Nebraska —respondí sin atreverme a mirarlo. Había algo en él que me ponía muy nerviosa.

—¿Nebraska? ¿Eres de allá? —No pude evitar notar que su voz tenía un acento exótico. ¿Tal vez era francés? No tuve la valentía de indagar, estaba sorprendida porque Antoine se mostraba muy interesado en saber acerca de mí.

—No —por fin pude mirarlo a la cara—. Nací en Alaska, pero nos mudamos a Nebraska cuando tenía ocho años. Luego mis padres se dieron cuenta que ya no se querían y se divorciaron. Mi madre decidió quedarse en Nebraska, pues tenía un buen empleo y conocía a un productor musical que le prometió ayudarla con su carrera —agité las manos en el aire y hablé sin parar—, pero el muy cretino resultó ser un fiasco, solo quería llevársela a la cama. Lo cierto es que mi madre se quedó en Nebraska porque no quería regresar a Alaska, debido a que allá no había muchas oportunidades de trabajo. Mi madre es cantante y… —me callé de golpe al darme cuenta que estaba contándole la historia de mi vida a un recién conocido.

Antoine me miraba con mucha atención, escuchando cada una de mis palabras.

—¿Y? —me apremió para que continuara con mi relato.

—Lo siento —carraspeé mi garganta—. No quiero aburrirte con la historia de mi vida.

—No me aburres. Me agrada la manera en que hablas y te expresas.

—Olvídalo. Es una historia muy larga —dije, dando un manotazo en el aire.

—¿Qué tipo de música canta tu madre?

—Country. Ama cantar country. Tiene la voz más hermosa que haya escuchado en mi vida. No tiene nada que envidiarle a ninguna de las grandes del mundo. Aunque a ella también le gusta cantar jazz y pop. ¡Dios! Debes oírla cantando Like A Prayer. Es una diva en toda regla…

¿Pero qué rayos me sucedía? ¿Les comenté que no soy de esas que confían de buenas a primeras en la gente? ¿Entonces por qué rayos no podía dejar de hablar? Había algo en ese muchacho que me invitaba a ser un libro abierto.

Él me miró con una enorme sonrisa dibujada en sus labios. Tenía unos dientes blancos y perfectos. Sus labios eran muy rosados, casi hipnóticos. Era de rasgos afilados y tenía una mirada felina. Parecía un elfo del bosque. No pude evitar darme cuenta de la semejanza que tenía con Légolas, del Señor de los Anillos. ¿Saben? Pero en la película de la Comunidad de Anillo. Nada que ver con el Légolas de El Hobbit.

—No soy muy fanático de la música en inglés, pero me agrada mucho la música de Madonna —comentó él—. Mi mamá tiene todos sus discos —volvió a sonreír—. ¿Y qué tipo de música te gusta a ti?

—¿A mí? —Fruncí el ceño—. ¿De verdad quieres saber acerca de mí?

—¡Claro! ¿Por qué no querría?

—Es que… la gente no suele interesarse en mí.

—¿Por qué no? ¡Eres fascinante! —dijo él con un brillo en los ojos. Yo me sonrojé—. Sé que tú y yo llegaremos a ser grandes amigos.

Sentí un leve pinchazo en mi corazón.

—Sí, claro. Amigos —comenté y bajé la mirada, clavándola en el suelo—. Háblame de tu acento —cambié el tema de golpe—. No pude evitar notar que es…

—Francés —completó él, interrumpiéndome. Yo asentí con la cabeza—. Déjame y te cuento —sonrió—. Es una historia muy larga.

—Me gustan las historias largas —dije y sonreí como tonta.

—Mis abuelos por parte de mi mamá llegaron en la década de los sesenta. ¡Tienen todo la vida acá! Mi mamá regresó a Francia cuando tenía veintiún años porque quería estudiar fotografía, allí conoció a mi papá y el resto es otra historia. Nací y viví en Marsella hasta los once años, cuando mis padres decidieron venir a los Estados Unidos. Ya sabes… ¡el sueño americano!

—¿Y no resultó pesadilla? —bromeé—. Yo mataría por irme a vivir a Europa.

—Pues mi padre encontró un trabajo como transportista por encargo. Lleva y trae cosas muy extrañas. Te sorprendería saber las cosas que envía la gente —ambos reímos—. No nos podemos quejar, la paga es buena. Mi madre es la encargada de una sucursal de Cartier, acá en Florida —se encogió de hombros—. Come ves… nos va bien.

—¡Wow! ¡Cartier! ¿Cómo es que una estudiante de fotografía consigue trabajar en una importante casa de relojes y joyas? —pregunté de forma juguetona. No por saber, sino por prolongar la conversación.

—Mi madre trabajó un tiempo en una revista, allá en Francia y conoció a una tataranieta del mismo Louis-François Cartier. Se hicieron muy amigas y… cuando mi mamá le dijo que se mudaría a Estados Unidos, ella movió sus influencias para conseguirle un buen trabajo.

—¿Y no extrañas Francia? —inquirí.

—No te imaginas cuanto —respondió, soltando un suspiro.

A Antoine le brillaron los ojos cuando me habló acerca de su ciudad natal, de la bella vista desde la ventana de su cuarto. Me aseguró que Marsella tenía los anocheceres más hermosos del mundo. También me dijo lo mucho que añoraba comer una deliciosa Vichyssoise o degustar un rico pain aux raisins, (lo que me explicó que era un pan en forma de caracol, elaborado con una masa hojaldrada mezclada con pasas y crema pastelera) pues desde que llegaron a América su madre solo preparaba platillos sencillos y rápidos. Tenía que conformarse con sopa de fideos de sobre y unos simples huevos revueltos con tocino en el desayuno.

Escucharlo hablar con tanta emoción me cautivó, pero sabía muy bien que no debía hacerme tontas ilusiones. Los niños como él, no se fijan en niñas como yo, sino en chicas como Bianca. Ella era la hermana bonita, yo era la intelectual.

—Ya es tarde —la voz de Bianca me hizo levantar el rostro de golpe—. Tenemos que irnos a casa.

Agradecí mentalmente la interrupción, porque ya comenzaba a llenarme la cabeza de estupideces cursis. Me puse de pie, dispuesta a marcharme.

—Hasta luego, Anely —Antoine sujetó mi brazo con delicadeza. Miró a Bianca—. Au revoir —le guiñó el ojo a ella y me volvió a mirar—. Espero que sueñes con los angelitos —me dio un beso en la mejilla y mi corazón se aceleró.

Nos despedimos de los demás y nos alejamos de allí, mientras mi cerebro no dejaba de inventarse miles de historias románticas junto a ese chico de lindos ojos verdes, hasta que llegamos a casa. Bianca me preguntó qué tal me habían parecido sus amigos, pero dije algo que me delató.

—Antoine es muy agradable. Me gusta —dije.

—¿Solo Antoine? —Bianca me miró con los ojos entornados y yo me sonrojé—. ¡Pilla! Te gustó Antoine —picó uno de mis costados con su dedo índice—. No sabía que te gustaban los niños como él.

Yo tampoco lo sabía.

Él era muy delgado y tenía cara de niño bueno, y siempre he sido de las que se sienten atraídas por los chicos rudos. Antoine era una excepción absoluta.

Los días transcurrieron y de manera “misteriosa” comencé a sentir ganas de acompañar a mi hermanastra a las reuniones de su congregación. Las reuniones eran muy divertidas. Cantaban, hacían concurso, leían la biblia y realizaban muchos paseos a diversos sitios hermosos. Me hice amiga de varias personas. Entre ellos Fabiene y su hermana gemela, Ariana. Asimismo George, quien era el guitarrista del grupo de la iglesia, además de Lara, una chica que cantaba precioso. Por supuesto Antoine y Bianca formaban también parte del grupo.

Una tarde mientras charlábamos de cosas triviales, a mi hermanastra se le ocurrió la brillante idea de decir que yo cantaba. ¡Dioses! Solo lo hacía en la ducha. No obstante, ella se empeñó en decir que lo hacía muy bien. George se emocionó mucho y pidió que cantara. No quería hacerlo, pues hasta el día de hoy, sufro de miedo escénico, pero fue tanta la insistencia por parte de todos, que terminé cantando What if God was one of us de Joan Osborne. La única canción de contenido religioso que me sabía.

Cerré mis ojos y traté de olvidarme que había tanta gente mirándome.

Me transporté a la intimidad de mi baño y canté con el alma.

Al abrir mis ojos me encontré con la mirada atenta de Antoine. Su semblante serio se me hizo súper sexy. Casi se me sale el corazón del pecho cuando de sus labios se proyectó una hermosa sonrisa.

—Eso fue precioso —dijo George, obligándome a quitar la mirada del bello rostro de Antoine. —¿Por qué no nos dijiste que cantabas tan hermoso?

—Sí. Muy hermosa voz —concordó Antoine.

Volví a mirarlo, sintiéndome como una tonta ante sus palabras.

—Se los dije —comentó Bianca—. Mi hermanita canta como los ángeles.

—Deberías unirte a nosotros —Fabiene dio un brinquito—. Al coro le vendría muy bien una voz como la tuya.

—Contigo, con Lara, Bianca y Antoine, nos convertiríamos en el mejor coro de Florida —argumentó George.

¿Bianca? No sabía que ella cantara. ¡Un momento! ¿Había dicho Antoine? Me giré hacia él y lo miré de soslayo.

—¿Tu cantas? —inquirí sin poder ocultar mi sorpresa y mi emoción.

—No muy bien, pero Dios no se fija en eso. Solo oye nuestras alabanzas —confesó y se encogió de hombros.

—¿Te gustaría unirte a nosotros? —George sonó insistente.

—No lo sé. Sufro de miedo escénico y…

—Eso no importa. Todos juntos haremos que vayas perdiendo el miedo —me animó Lara.

—No lo sé —No sabía que decir. Me hizo mucha ilusión ver a Antoine todas las tardes, pero mi vena rockera entraba en conflicto con ese mundo de rectitud que me ofrecía ser parte del coro de la iglesia.

—¿Escuchar rock es pecado? —indagué—. Porque no pienso dejar de escucharlo.

Todos estallaron en una sonora carcajada.

—Pues, ¿qué les parece si a partir de hoy comenzamos a hacer algo de rock cristiano? —George se giró y miró a cada uno de los miembros del grupo.

—¡Eso sería genial! —respondieron Lara y Fabiene.

—¿Qué dices? ¿Te unes? —la voz de Antoine fue melodía para mis oídos.

—De acuerdo —accedí.

Mis días pasaron de prisa, entre la escuela y los ensayos con el coro. Mi primera presentación con ellos fue un mes después de entrar al grupo. Bianca y yo nos hicimos más cercanas con el paso de los días. Eunice siempre me preguntaba por el chico misterioso que le dije que me gustaba, pero del cual no quise revelarle muchos detalles.

A pesar de que fantaseaba con Antoine, me negaba a llevarlo a la realidad. Entre él y yo había una amistad muy bonita y me conformaba con eso. En mi interior sabía que Antoine se sentía atraído por Bianca, pero ella no le hacía caso por ser menor que ella.

Una tarde, mientras me encontraba en mi casa con algunos compañeros del colegio, haciendo un proyecto de investigación, Antoine llegó. A mí se me había olvidado que esa tarde practicaríamos una nueva canción que compuso George para que la cantáramos el próximo fin de semana.

A Eunice le pareció un chico de lo más normal. Yasmine ni siquiera se inmutó al verlo, pero Ellie fue un caso aparte. Ella se vislumbró desde el primer momento en que Antoine cruzó por la puerta de mi casa. David y Richard solo se limitaron a asentir con la cabeza y a saludar, aunque noté que Richard se comportó de manera muy extraña. Estaba más serio de lo normal.

Mientras David bromeaba con Antoine, Richard lo miraba con ganas de asesinarlo.

Era lo mismo cada vez que mi grupo de amigos de la escuela y Antoine concordaban en el mismo sitio.

Mi cumpleaños número quince llegó y lo celebré junto a mis amigos del colegio, los del coro de la iglesia y por supuesto Antoine. Mi padre, Valerie y mis hermanastros eran invitados fijos. Mi madre no estuvo presente porque tuvo que trabajar. Mi hermano Dylan se enlistó en el ejército ese año y tampoco pudo asistir.

Una tarde, mientras estábamos en clase de biología, Ellie se acercó a mí. Sus ojos brillaron con fulgor y de sus labios emanó una sonrisa pícara.

—¡Hey! ¿Hace cuánto conoces a Antoine? —me preguntó mi amiga.

—Hace un par de meses. ¿Por qué?

—¿Por qué nunca nos hablaste de él? —continuó Ellie con el interrogatorio.

—Yo…

—Claro que lo hizo. Recuerda la vez que… —Eunice se calló al sentir mi codazo en su costado. Me miró y captó el mensaje. No quería que Ellie se diera cuenta que Antoine era el chico del que tanto hablaba y el que decía que me gustaba mucho.

Ellie frunció el ceño y nos miró.

—Lo siento. No creí que fuera importante hablar de él —dije con rapidez, agitando mi mano en el aire, tratando de restarle importancia al asunto—. Es solo alguien que conocí en la iglesia.

—Es muy agradable —comentó Ellie.

—¿Si? —traté de sonar sorprendida—. ¿Por qué lo dices?

—Es muy chistoso y me invitó a ir a la congregación.

—¿Ah sí? ¿Eso hizo? —no pude evitar sentir el aguijón de los celos enterrándose en mi corazón. Ellie era delgada, de cabello caoba rizado, nariz respingona y ojos ámbar. La típica niña linda que le gustaba a los chicos de nuestra edad.

Mi amiga asintió con la cabeza y se mordió el labio.

—¿Sabes si tiene novia o si le gusta alguien?

—No —solté sin pensarlo—. Que yo sepa no. No tiene novia.

—Me preguntaba si tal vez, tú… ¿podrías interceder, no sé, decirle que me gusta y ver que tal reacciona?

—¿Te gusta Antoine? —mi voz sonó chillona.

—Sí. ¿Por qué? ¿Hay algún problema? ¿Acaso tú…?

—No —solté un bufido—. ¿Cómo va a gustarme? Es mi amigo. Nada más —Eunice puso los ojos en blanco y le di otro codazo—. Además, es menor que nosotras por un año y…

—En realidad es menor que yo por solo nueve meses. Yo nací en enero y él en octubre —mi amiga sonrió con amplitud.

—¡Vaya! Sí que sabes cosas de él —no pude evitar hacer el comentario.

—Charlamos mucho en tu cumpleaños. Es muy divertido. Y sus ojos son… —dejó escapar un suspiro.

—¡Vale! Veré que puedo hacer —respondí tajante, fingiendo una sonrisa.

—Gracias amiga —me dio un abrazo—. Eres la mejor.

Dicho esto se levantó del asiento donde se encontraba y se fue a sentar donde le correspondía.

—¿Qué estás haciendo? —farfulló Eunice cuando nos quedamos solas—. A ti te gusta Antoine.

—¿Y? ¿Eso que importa? Por lo visto, a él le gusta alguien más.

—¿Ellie? Apenas la conoce. En cambio a ti lleva tiempo conociéndote, además… —Eunice siguió susurrando para que la profesora no nos oyera— yo creo que tú le gustas.

—En los siete meses que llevamos conociéndonos —dije—, nunca ha demostrado sentir por mi algo más que una simple amistad.

—Tal vez sea tímido como tú —objetó mi amiga.

—No. Basta. Ya tuve suficiente con Oswald. No quiero hacerme falsas ilusiones y que me vuelvan a partir el corazón. Ellie y Antoine harán una linda pareja. Tal vez se enamoren, se casen y tengan muchos hijos de cabello rizado y ojos verdes.

Eunice me fulminó con la mirada.

Una semana completa transcurrió y no fui capaz de comentarle nada a Antoine respecto a los sentimientos de Ellie. De cierta forma sentía que si lo hacía, me resignaba a perderlo sin siquiera haberlo tenido. Sí. Era toda una reina del drama desde muy pequeña.

Llegó el sábado y nos tocaba cantar en la liturgia de la tarde. Nos encontrábamos vocalizando y terminando de pintar unas pancartas que usaríamos en un encuentro de congregaciones que se llevaría a cabo el siguiente fin de semana. Aproveché un momento que nos quedamos solos, para hablarle de mi amiga.

—Supe que tienes una admiradora —dije y le guiñé el ojo.

Antoine me miró y frunció el ceño.

—¿De qué hablas? —pude ver que se sonrojaba.

—¿Recuerdas a mi amiga, Ellie? —indagué. Él asintió—. Bueno. Al parecer causaste una buena impresión en ella.

Antoine se echó a reír.

—¿En serio? —él no se lo creía.

—Estoy hablando en serio. ¿Por qué bromearía con algo así?

—No lo sé. Yo solo… —balbuceó—. No me malinterpretes, ella es muy linda, pero…

—¡Oh! No me digas —lo interrumpí—. ¡Ya tienes novia! ¿Por qué no me lo dijiste? —le di un golpecito en el hombro, como un gesto de camaradería. Aunque por dentro sentía que el corazón se me partía en mil pedazos.

Él negó con la cabeza.

—No. No tengo novia —me sentí aliviada por su respuesta—, pero me gusta alguien —mi pequeño momento de alivio se vio arruinado por esa confesión.

—¿Te gusta alguien? —me sorprendí mucho de que él no me lo hubiese comentado antes. Se suponía que éramos amigos—. ¿Quién? ¿Por qué no me lo habías dicho?

—No podía decírtelo. Me daba vergüenza…

—¡La conozco! Por eso no me lo dijiste antes —a pesar de sentir unos celos terribles, me alegré por él, porque sí él era feliz, yo también lo sería. Abrí mucho mis ojos, al recordar la vez que Antoine me comentó que Eunice le parecía una chica muy linda—. ¿Es Eunice? —pregunté con el corazón latiendo en mi mano.

Él volvió a negar con la cabeza y se encogió de hombros.

—No. No es Eunice —contestó.

—¿Pero la conozco, verdad? —comencé a sentirme muy curiosa.

Él asintió, mordiéndose el labio inferior y arrugando la nariz.

Perdí la poca calma que me quedaba.

—¿Quién es? —estallé—. ¡Por el amor de Dios! Dime quien es.

—Eres tú, Anely. Me gustas tú —dijo Antoine.

Mi corazón dio un brinco y mi mundo se detuvo.

No supe que decir ni que hacer. La confesión de Antoine me tomó por sorpresa. Ni siquiera en mis fantasías más locas imaginé que él sintiera algo por mí.

No. De seguro se trataba de una broma.

Sin poder evitarlo, me eché a reír, presa del pánico y los nervios.

Él clavó su mirada en el suelo, reflejando una enorme vergüenza en su bello rostro. Fue allí cuando supe que hablaba en serio. Intenté decir algo, pero las palabras se me quedaron atragantadas en la garganta.

—¿Ya terminaron? —la voz de George disipó la creciente incomodidad entre nosotros—. Wow. Les quedó muy bien —continuó, haciendo referencia a la pancarta que habíamos hecho—. ¿De quién fue la idea de hacer una paloma?

La pregunta quedó suspendida en el aire mientras Antoine y yo nos mirábamos directo a los ojos.

—De Anely —dijo Antoine por fin.

—¿Les importa si me la llevo, para guardarla con el resto, hasta el próximo fin de semana?

Antoine y yo asentimos sin dejar de mirarnos.

George alternó su mirada entre ambos.

—¿Sucede algo? —se animó a indagar.

Yo sacudí mi cabeza con fuerza y rompí con la conexión.

—No. No pasa nada.

—De acuerdo, como digan —comentó George y tomó la pancarta para llevársela.

En cuanto nos quedamos solos, Antoine clavó su mirada en mí e intentó hablar, pero no lo dejé. Tomé mi bolso y salí de allí, dando trompicones. Necesitaba aire, pues sentía que podía desmayarme en cualquier momento. Mi corazón latía desbocado en mi pecho.

Sonreí como tonta, pero no tenía el valor de encararlo.

Me encantaba Antoine, sin embargo no tenía idea de cómo reaccionar en una situación como esa. Era una niña tonta de quince años a la que ni siquiera le habían dado su primer beso. Nunca había tenido la dicha de ser correspondida. Estaba muerta de miedo y a la vez me sentía muy feliz.

—¡Anely!

Me giré de golpe para encontrarme con la mirada ceñuda de mi hermanastra.

—¿Qué sucede contigo? ¿Por qué te fuiste así?

—Lo siento, necesito estar sola —dije—. Nos vemos en casa —me di la vuelta, dispuesta a marcharme.

—¡Anely!

Esa voz. Esa hermosa voz.

Me detuve, pero no me volteé. Mis piernas temblaron y comencé a sudar. Sentí que alguien sujetaba mi brazo con delicadeza.

—Lo lamento. No quería incomodarte. Por eso no me atreví a decírtelo antes, pero no podía soportarlo más. Cada vez que te veo es como si algo me quemara por dentro. Comprendo si no sientes lo mismo, pero por favor, no te vayas así. No quiero que nuestra amistad se vea afectada por mis estúpidos sentimientos…

Me di la vuelta rauda y lo abracé con todas mis fuerzas. Necesitaba aferrarme a algo para saber que no estaba soñando.

—Te quiero, Antoine. Te quiero muchísimo —susurré, apretando más mi abrazo.

—Pero solo como un amigo —comentó él con voz quebrada.

Me separé de él y lo miré a los ojos.

—Necesito un momento para pensar. Todo esto es tan…

—Inesperado —completó él—. Lo sé.

—Mucho —farfullé.

—Tan solo déjame decir algo más —miró a ambos lados para asegurarse de que solo estuviera Bianca—. Nada me haría más feliz que fueras mi novia.

Mi hermanastra abrió los ojos de manera exagerada.

¡Al diablo todos! No pude soportarlo más. Salí corriendo.

Reaccioné de la única manera que sabía hacerlo cuando me sentía acorralada. Huí.

Corrí y corrí sin detenerme a mirar hacia atrás. Mientras corría, el rostro de Ellie golpeó mi mente con rudeza. ¡Maldición! Me había olvidado de ella. Mi amiga estaba enamorada de Antoine y me pidió que se lo dijera a él. ¿Cómo se supone que le diría que el chico que le gustaba a ella estaba interesado en mí? Le dolería. ¡Nuestra amistad se destrozaría! ¿Cómo le diría a Ellie que a mí también me gustaba Antoine? De seguro pensaría que me gustaba el chico solo porque a ella le gustaba y lo cierto era que a mí me gustaba mucho antes que a ella. ¡Rayos! ¿Por qué es tan complicado ser adolescente?

Me detuve unas cuantas cuadras después, saqué mi móvil del bolso y telefoneé a mi padre para que me buscara.

Él llegó media hora después. Preguntó por Bianca, pero no respondí. Condujo a casa en completo silencio, a la vez que yo me hundía en el asiento trasero, presa de mis inseguridades, dudas y complejos.

Al llegar a casa me encerré en mi habitación, hasta que mi hermanastra llegó y comenzó a hacerme todo tipo de preguntas.

—¿Qué fue lo que sucedió allá? ¿Por qué te fuiste de esa manera? —Bianca insistió en saber.

—Viste lo que pasó. No hace falta que te lo diga —gruñí.

—Vi que a al pobre Antoine se le partía el corazón por la forma en que te fuiste.

—Se me declaró. ¿Qué querías que hiciera?

—Cualquier cosa, menos huir. Pensé que era lo que querías.

—¿De qué hablas?

—¿Crees que no me he dado cuenta que mueres por él?

—Eso no es cierto. Antoine y yo solo somos amigos —bramé.

Bianca entornó los ojos y me lanzó una mirada desaprobatoria.

—Puedes engañar al mundo entero, pero a mí no. Estás enamorada de Antoine desde hace mucho tiempo.

—¡Cállate! Él es mi amigo, además es menor que yo.

—¿Menor? —Bianca soltó una sonora carcajada—. ¡Oh! Discúlpeme señora Anely. Él tiene catorce y tú acabas de cumplir quince. ¿Cuál es la diferencia?

—365 días —espeté yo—. Cuando él nació, yo ya estaba comenzando a caminar.

—¡Oh por Dios! ¿Te estás escuchando? No había oído a alguien decir tantas estupideces.

—Tan solo mírame. Aparento tener más edad de la que tengo. ¡Parezco de dieciocho! Él aparenta la edad que tiene. La gente nos mirará feo y creerán que soy su hermana mayor. No podría sujetarle la mano en público. ¡La gente pensara que soy una asalta cunas!

—No. Tú no tienes miedo de eso —Bianca se acercó a mí—. Te aterra enamorarte y que te partan el corazón. ¿Qué fue lo que te hicieron? Porque no entiendo cuál es tu trauma

—Siempre me enamoro de la persona equivocada —musité y clavé la mirada en el suelo.

—No. Nunca te has enamorado de verdad. Para enamorarte tienes que compartir con la persona, conocerlo y…

—Y sentir que te falta el aire cuando no lo ves, sentir mariposas en la panza cuando él está cerca de ti, reírte de sus payasadas, quedarte sin aliento cuando esa persona te roza sin querer, pensar solo en él… —mi hermanastra asintió con la cabeza y mi mirada divagó un momento, recordando los tantos momentos preciosos compartidos con Antoine—. Saber que esa persona también siente lo mismo por ti, es maravilloso —sonreí como idiota.

—¿Qué piensas decirle? —a Bianca se le iluminaron los ojos.

—¿Decirle de qué? —me sentí confundida.

—Te pidió que fueras su novia. ¿Qué vas a responderle?

—¿Qué? ¿Cuándo?

—Antes de que salieras corriendo como una loca.

¡Mierda! Era cierto. No lo recordaba. Él dijo las palabras mágicas. ¿Qué si quería ser su novia? ¡Por supuesto que sí! Era lo que más anhelaba…

—Ellie —susurré y me llevé las manos a la cabeza. Recordar que a mi amiga le gustaba Antoine hizo que se me revolviera el estómago.

—¿Qué pasa con ella? —mi hermanastra frunció el ceño.

—A ella le gusta Antoine. Me pidió que hablara con él y le dijera lo que sentía. ¿Qué le voy a decir?

—La verdad. Dile que a Antoine le gustas tú y que a ti también te gusta él. Si es tu amiga de verdad, lo entenderá.

Esa noche no pude conciliar el sueño. Si lograba hacerlo por ratos era toda una proeza. Pensaba en las palabras de Bianca, en las palabras de Antoine, en las de Ellie y en los tantos consejos de Eunice. Debí haberle hecho caso a Bianca, cuando me dijo que le dijera a Ellie lo que sentía por Antoine. Así no sería tan difícil contarle la verdad, pero en vez de eso, decidí complicarme la vida.

El lunes llegó, pero no pude decirle nada a Ellie. Traté en todo lo posible de evitar el tema. Cada vez que me preguntaba por Antoine, yo cambiaba de tema y hablaba de cualquier otra cosa.

Todas las tardes teníamos ensayo con el coro y tenía que hacerle frente a Antoine, quien no paraba de mirarme y mandarme notas con Bianca.

Aunque frente a todos actuábamos como si no pasara nada, cuando nos quedábamos solos, la tensión era palpable. No sabía que decirle y por lo visto él tampoco. Fue la semana más larga de mi vida. Durante las tardes tenía que fingir y comportarme muy serena frente a Antoine y durante las mañanas tenía que lidiar con Ellie, que me hacía preguntas sin cesar respecto al chico que le gustaba. Hasta el jueves, que fue el día que ella estalló.

—¿Qué es lo que sucede contigo? Tienes casi toda la semana evadiéndome. ¿Por qué no me respondes cuando te pregunto por Antoine? ¿Le diste la carta que le envié? ¿Qué fue lo que él te dijo?

Me sorprendí mucho por la rudeza de sus palabras, pues Ellie era la típica niña tierna de voz dulce que le gustan los unicornios y escuchar las Spice Girls. La miré con detenimiento, tratando de elegir una a una las palabras que iba a decirle.

¡La carta! Abrí mis ojos, tanto, que casi se me salen de las cuencas, al recordar la carta que Ellie me entregó el viernes pasado para que se la diera a Antoine y que de seguro seguía dentro de mi libreta de matemáticas. Con todo lo que sucedió, ni siquiera me tomé el atrevimiento de leerla.

—Yo… —balbuceé.

—Le gusta alguien más —Ellie se mostró acongojada—. Es eso, ¿verdad?

No respondí.

—Él está enamorado de otra chica. Por eso no has querido decirme nada. ¿Cierto?

Asentí con la cabeza. Es ahora o nunca. Debía decírselo tarde o temprano, así que decidí aprovechar que se sentía desilusionada para decirle toda la verdad. Sería un solo golpe. Rogué en mi interior que se lo tomara de la mejor manera.

—Antoine me confesó que está enamorado de mí —musité.

Hubo un silencio terrible. Aunque duró pocos segundos, yo sentí que fue eterno.

—¡Oh! Entiendo —susurró ella y el corazón se me partió en mil pedazos. Verla tan abatida me dolió mucho—. ¿Y qué piensas hacer?

—No lo sé —respondí de inmediato.

—¿Le dijiste que no sientes lo mismo? Pobre.

—No he podido decirle nada, porque…

¡Rayos! ¿Por qué era tan difícil decirle a una de tus mejores amigas que te gusta el mismo chico que a ella?

—Yo… no… —tartamudeé.

—¡Me mentiste! —Exclamó ella, levantando un poco su voz—. Me dijiste que no sentías nada por él—. Se llevó las manos a la boca, ahogando un grito—. De haber sabido que él te gustaba, jamás te habría pedido que… —abrió mucho sus ojos y me miró—. Eso significa que ambos se quieren —sonrió.

¿Qué? ¿Por qué estaba sonriendo? Me sentí muy confundida.

—Amiga —comenzó a dar saltitos—. ¿Le dijiste que si?

—Un momento, ¿no estás molesta? Pensé que…

—¿Por qué estaría molesta? Antoine me gusta, pero tampoco es para tanto. Nuestra amistad es más valiosa que un chico —me abrazó con fuerza. Se separó y me miró a los ojos—. Tienes que decirle que sí. Él es guapísimo. Tú te mereces a un chico como él.

No pude evitar reírme como descerebrada al darme cuenta que todos esos días estuve evitando a Ellie por miedo a como fuera a reaccionar y al final resultó como menos lo imaginé.

—La verdad es que no sé qué decirle —hablé—. Siento que… siento que… —¡Dios! ¿Por qué se me dificultaba tanto reconocerlo? —Siento que estoy enamorada de él, pero no sé si sea lo correcto.

—Es lo correcto. Tú y Antoine hacen una hermosa pareja.

—¿Estás segura? —dudé.

—Por supuesto.

—Él es un año menor que yo. Me veo mayor que él y la gente hablará y…

—¡Que se joda todo el mundo! Tú tienes derecho a ser feliz.

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