Breya
—Loba, necesitamos hablar—.
Esas fueron las palabras que quise alcanzar y devolver a mi mente. En ese momento fugaz de determinación, olvidé mi lugar. En pánico, tiré el coletero de mi cabello y lo lancé a una distancia segura.
Mi mano se apretó contra mi pecho en un intento por calmar mi corazón acelerado. Sin embargo, el intento fue en vano, ya que cada nueva realización me golpeaba con fuerza.
Él ya no era un lobo. Ya no era la bestia plateada y gentil que me había salvado. La misma que había cumplido su promesa y compartido sus sueños, deseos y necesidades. Claro, esas cosas ocurrieron y nada cambiaría...