Tenía dieciocho años cuando ya no pude esperar más. Las preguntas ardían en mi mente, consumiéndome con la anticipación de las respuestas. Yacía golpeada y magullada, al borde de la completa agotación, a los pies del hombre que decía haberme acogido.
La sangre se acumulaba a mi alrededor, proveniente de las heridas abiertas causadas por las garras del monstruo que había visto demasiadas veces. Mi respiración era entrecortada mientras encontraba la última pizca de fuerza que me quedaba para sentarme sobre mis rodillas.
Al sentir la cálida sangre tocando la piel desnuda de mis rodillas, una furia hirviente se encendió en mí. Solo alimentó mis intentos por averiguar de dónde...