Salimos del auto y caminamos hacia el lugar. La música se oía a través de las paredes. Abrí la puerta, y un olor familiar nos rodeó: olor a manada y a días felices... olor a cerveza y sudor. "Nunca antes había notado lo mal que olía aquí", bromeé.
"Yo tampoco", me dijo riendo. Era un sonido tan maravilloso y feliz que mi sonrisa se amplió de oreja a oreja.
Pedí dos cervezas en el bar para empezar, aunque necesitaría al menos seis para sentir algún efecto. El barman asintió al reconocerme: era Jude, de la manada. A la hora de estar allí, con Cassidy ya habíamos bebido doce cervezas. Creo...