Cuando sentí que el aire a mi alrededor se agitó un poco, supe al instante que él también se había transformado. No tardó en colocar su pecho d*snudo contra mi espalda y presionó mi cuerpo con el suyo. Solté un gemido que no podría haber evitado ni aunque lo hubiera intentado. No me avergonzaba ni nada por el estilo porque el toque de sus labios sobre mi cuello era una sensación demasiado acogedora que me hacía jadear de satisfacción.
“Ah… Hunter”. Gemí al sentir su aliento en mi cuello. Ya no olía a su lobo, sino al dulce aroma al que me había acostumbrado en él. Era un olor rudo...