Tres meses han bastado para acabar con la poca cordura que me queda. Si antes amaba quemarme en ese fuego tan ardiente del que me deparaba lujuria y desenfreno, ahora no veo el momento para que todo termine. Estar entre la espada y la pared me resulta sofocante y exasperante. Me siento tan agotada mental y físicamente, pues rendir entre dos es más difícil de lo que me pareció en un principio. Necesito estar lo más lejos posible de ellos. No puedo seguir dividida entre dos hombres que se han vuelto esenciales para mí y, para mayor frustración, que he empezado a querer con la misma fuerza.
—¡Eres una maldita...