Me desperté temprano por la mañana, estirando los brazos. Había tenido sexo caliente con mi amiga Liace. A veces nos acostábamos. Nada serio.
Tenía veintitrés años y aún no había encontrado a mi pareja destinada. Los alfas encontraban a sus parejas a partir de los dieciocho años.
—Quizá no tengamos pareja... o tal vez ella murió —gruñó frustrado mi lobo interior, Aire. Anhelaba a su compañera desesperadamente. Sólo nuestra pareja podía satisfacernos sexualmente. Sin embargo, después de buscar durante un año en diferentes manadas, había perdido la esperanza de encontrarla.
Me duché y me vestí. Me reuní con mis amigos, Carlos y Arucio. Eran gemelos fraternos. Carlos era mi beta,...