La nostalgia me invadió cuando aterrizé en el muelle de La Manada Pierda Dorada, la manada de mi padre. Dejé este lugar cuando tenía dieciséis años, pero siempre regresaba a visitarlos en cada fiesta o descanso. Me quité las gafas de sol al bajar las escaleras del avión, y lo primero que vi en mi campo de visión fue a mi madre, Carina Campano Tellez. Estaba deslumbrante.
—¡Mi bebé! —exclamó con felicidad, agitándome la mano, y corrí hacia ella, lanzándome a abrazarla.
—Mamá...
Me separé un poco de ella, y me quitó las gafas de sol.
—Te he extrañado tanto, hija —dijo sonriendo, y le besé la frente.
—Mamá, pasamos el verano pasado juntas —reí. Esta mujer nunca se conforma con pasar solo una temporada conmigo. Siempre me quiere cerca.
—Pensé que estarías aquí con papá —comenté, dándome cuenta de que ella estaba sola.
—Tu padre está trabajando, ya sabes cómo es —dijo mientras enlazaba nuestro brazo y subíamos al coche.
Carina no es mi madre biológica. Es la compañera de mi padre, pero desde que llegó a nuestra manada cuando yo tenía cuatro años, me ha tratado como a su propia hija. Siempre hemos tenido una relación muy fuerte, y la quiero y aprecio mucho.
—Entonces, ¿algún chisme para mí? Siento que ya no hablamos tanto como antes —le dije.
—Todo es porque nunca contestas mis llamadas ni mis Facetime —se quejó.
—¡Solo fueron dos veces y estaba ocupada! —le respondí. Sabía que no me dejaría escapar tan fácil.
—Ahora, cuéntame —insistí.
—Bueno, tu tío Adolpho y Lupita están esperando su cuarto bebé, otro niño —dijo riendo. No era un secreto que querían una niña. Me aprovecharé de eso para hacerles alguna broma.
—Deberías haber visto sus caras en la revelación del sexo del bebé, no pudieron esconder su decepción —dijo mientras me enseñaba fotos. Nos reímos mucho con ello.
—Creo que seguirán intentándolo hasta que tengan una niña —comenté.
—Sí, y Alonso y Estela se mudaron de nuevo a la ciudad principal, desde el distrito —me contó.
—¿Por qué?
—No lo sé, solo van allí por trabajo estos días.
Mi mamá y yo no fuimos directamente a casa, decidimos almorzar en un restaurante cerca de la costa. Intentaba forzarme a olvidar lo sucedido, pero era inútil, sobre todo porque Salomón no paraba de llamarme cada minuto, así que bloqueé su número.
Mi madre debió notar algo en mi mirada, porque me tomó de la mano con suavidad y me miró con esa mirada cálida que usaba cuando quería que le contara algo. Me sentí vulnerable bajo su mirada, y golpeé mi muslo con la mano, mi forma de manifestar ansiedad.
—Oh, cariño —dijo. Sentí mi rostro mojarse, cerré los ojos, y pude escuchar el sonido del agua alrededor de nosotros.
—Salomón encontró a su compañera —dije en voz baja.
—Oh, cariño... —mi madre susurró, apretando mi mano. Abrí los ojos para mirarla.
—Lo siento, Eloisa, lo siento mucho —dijo, abrazándome cálidamente.
...
Llegamos a la mansión, y mi madre me abrazó todo el tiempo. Apreciaba mucho que respetara mi decisión de no hablar del tema. Forcé una sonrisa en mis labios cuando salimos del coche. Mi madre me avisó que la mayoría de mi familia estaba allí para darme una sorpresa.
—¿Me veo bien? —le pregunté. Ella sonrió con tristeza y me arregló el cuello de la camisa. Abrimos la puerta y todos gritaron "¡Bienvenida a casa!" Sonreí al verlos. Mis tres tías, mis hermanos y primos estaban allí.
—¡Marianela! —exclamé, abriendo los brazos hacia mi hermana, que ahora estaba casi adolescente. Ella me abrazó.
—¿Dónde está Mateo? —pregunté. Mateo es mi hermano de dieciséis años.
—Está en el Campamento Alpha —respondió con dulzura. La besé, no podía creer lo grande que se había hecho.
Celebraron mi regreso, como siempre. Pasar unos días en casa me trajo algo de consuelo. Era más fácil durante el día, pero por la noche lloraba mucho.
A menudo recordaba los veranos que pasé con Salomón aquí, y no importaba cuánto intentara echar esos recuerdos fuera de mi mente, seguían allí.
Esa noche, daba vueltas en la cama cuando sentí la necesidad de salir a tomar aire fresco. Caminé alrededor de la mansión hasta que me encontré en las solitarias calles de la noche.
—¡Eloisa! —Una voz profunda me sacó de mis pensamientos, y me giré para ver a Julián. Era un viejo amigo mío.
—¡Hola! —sonreí y él me abrazó. Lo correspondí antes de separarme. Julián había crecido para ser muy guapo, con rizos suaves, ojos cautivadores, rasgos marcados, y la estatura perfecta. No es de extrañar que la manada estuviera tan fascinada con él.
—Escuché de tu madre que estabas en casa.
—¿Y por qué no has venido a verme? —le pregunté dándole un golpecito en el hombro. Se rasco la nuca, sin saber qué responder.
—No tengo excusa —confesó, y yo asentí.
—¿A dónde vas?
—Solo a dar un paseo, no puedo dormir.
—¿Te acompaño? —me preguntó. Caminamos juntos por la manada. Mi manada no solo es la más grande de la región, sino una de las más ricas. Teníamos tecnología moderna y rascacielos.
—Eloisa, ¿todo está bien contigo? Estás triste.
—Sí.
Julián no parecía convencido. Tomó mi mano y me condujo a sentarme en un banco.
—Eloisa, ¿cómo estás? —me preguntó, y yo sonreí, mirándolo a los ojos.
—Julián, estoy bien.
Julián repitió la pregunta y fruncí el ceño. ¿Qué quería que le dijera?
Las palabras de Salomón resonaron en mi cabeza: *Nosotros contra el maldito vínculo de compañero*.
—Salomón y yo terminamos —le confesé. Se mostró sorprendido, pero rápidamente se recompuso.
—Lo siento. Debe ser difícil para ti.
—Encontró a su compañera y no pudo resistir.
Julián parecía dolido.
—¿Estoy mal por dolerme tanto? No es mío...
Sentí culpa por llorar y odiarlo, porque no era su culpa.
*Pero se acostó con ella antes de que pudiéramos hablar* —dijo Tere con tristeza.
—No, para nada. Está bien sentirse herida. Lo querías.
Julián me tomó la mano y gruñó, ahora con una nota de rabia en su voz.
—Vaya, dejaste tu hogar y a tu familia para estar con él. —Solté mi mano de la suya y pasé la mano por mi cabello.
—Siento tanta envidia de su compañera —confesé con una risa forzada. No quería hacerlo antes.
—Salomón es un hombre tan maravilloso. Fue bueno conmigo, y ahora lo será con ella —dije, forzando una sonrisa, pero mis músculos se resistieron.
—Vas a estar bien, lo sé —dijo, sonriéndome con amabilidad. Suspiré, apoyando mi cabeza en su brazo. Ojalá pudiera ser insensible y despertar al día siguiente sin dolor.
Julián me acompañó de regreso a casa y me abrazó antes de irse. Cuando llegué a la puerta, vi a mis padres en el porche. Les gustaba pasar tiempo juntos. Una sonrisa apareció en mis labios mientras los veía bailar. Estaban tan enamorados que, por un momento, vi un atisbo de lo que podría haber sido Salomón y yo, pero la risa de mi madre me sacó de mis pensamientos cuando mi padre la levantó en el aire y la giró antes de sentarse con ella en sus brazos.
Su camino hacia la felicidad no fue fácil. Papá fue el mayor idiota con mamá, se separaron durante meses, pero aún así se reencontraron.
Me acerqué a ellos y aclaré mi garganta, solo entonces notaron mi presencia.
—Hola, mi chica linda —dijo papá, y me agaché a besarle la frente.
—¿A dónde fuiste?
—Solo quería aire fresco.
Se miraron entre ellos, y mamá se levantó de las piernas de papá. No, no quería hablar de esto con mi padre.
—Tu mamá me contó lo que pasó con Salomón. ¿Debería matarlo? —preguntó, con la típica actitud relajada del alfa Lion Tellez.
—No, papá, pero gracias.
—Entonces, ¿qué debo hacer? —su mirada se volvió seria.
Me senté en el respaldo de la silla, rodeándolo con una mano.
—Nada, solo déjame sanar a mi manera. No amenaces, no mates, ni te apartes de la Manada Lobo Gris —le dije. Las dos manadas mantenían una gran relación e incluso compartían algunos negocios.
Les conté mis planes de irme a Barcelona, y aceptaron. Mi padre se opuso a mi decisión de ir sola, pero mamá logró convencerlo de que era lo mejor, como siempre, ella gana en esta relación. ¡Viva el girlpower!