—¡Papá!
La niña exclamó emocionada, extendiendo sus pequeños brazos para que la cargara, y lo hice.
—Te he extrañado, papá —dijo con su dulce vocecita.
Le sonreí suavemente. Su presencia llenaba mi corazón de alegría, un sentimiento completamente nuevo para mí.
—Hola, pequeña princesa —la saludé.
Ella envolvió sus brazos alrededor de mi cuello y me abrazó.
—Papá, ¡has vuelto! —dijo con gran entusiasmo, y yo solo le devolví el abrazo, cerrando los ojos. Se apartó un poco y me sonrió.
—¿Cómo te llamas? —pregunté suavemente.
—Papá, tú sabes mi nombre —se rió, y su risa era como una melodía para mis oídos. Intercambié una mirada con mi beta, pero...