"Aiden", lo llamé por su nombre. Me acerqué hacia él y me senté de rodillas. Lágrimas calientes brotaban de mis ojos; sentía como si una mano apretara mis pulmones con fuerza para impedirme respirar. ¿Por qué no decía nada? El silencio raspaba mi piel, el vello de la nuca se me erizaba. "P-por favor di algo. Háblame".
Un gruñido amenazador atravesó toda la habitación; suficiente como para silenciarme en un instante. Me agaché con la cabeza inclinada hacia abajo, sin tratar de contener las gruesas lágrimas que se derramaban por mis mejillas. Sus ojos se entrecerraron en rendijas desde donde me taladraban en forma peligrosa.
"¡¿Lo sabías?!", mencionó.
"Sí… lo...