"Disfrútalo, Rose", murmuró una voz grave en mi oreja, provocándome escalofríos. A continuación, unos dedos muy largos me acomodaron un mechón de cabello detrás de la oreja. Eso fue como una caricia, una sensación increíble que nunca había experimentado.
Eran los dedos del Alfa, que después se deslizaron por mi cabello y sus ojos buscaron los míos. Se me puso la piel de gallina, mientras me sentía abrumada por los nervios y por un caudal de nuevas sensaciones.
"Relájate", susurró Aiden mientras comenzaba a explorar mi desnudez y algo increíble sucedió cuando él deslizó ambas manos sobre mi pecho. Sentía un agradable cosquilleo por todos los recovecos de mi cuerpo al sentir sus dedos investigando mi piel. Extendí la mano para tocar uno de sus brazos, deslizándola desde la muñeca hasta su hombro y comprobé que era tan suave como yo creía.
No sabía cuándo me desnudó, pero no quería protestar, porque él parecía decidido a tocar cada centímetro de mi pecho expuesto. Un gemido escapó de mis labios y alcé las caderas, buscando su contacto, mientras rogaba por más. Todos mis sentidos estaban sobrecargados, al tiempo que gozaba lo que me estaba haciendo, segundo a segundo.
Aiden murmuró algo y sus labios comenzaron a viajar a lo largo de mi cuello. Lo oí gemir encima de mi piel y ese sonido me hizo estremecer, provocando que los dedos de mis pies se curvaran. Su boca flotaba justo encima de mi pezón endurecido y, de pronto, él sopló su aliento frío, provocándome un escalofrío a lo largo de la espalda. Lentamente, su mano se apropió de mi pecho antes de apretarlo y recorrerlo con los dedos, mientras su pulgar avanzaba poco a poco hacia mi pezón.
Lo pellizcó, jugando con él entre sus dedos y yo arqueé la espalda, mientras trataba de acallar los gemidos que se escapaban de mis labios.
"¡Por favor!", balbuceé, con voz ronca, sintiendo que mis ojos se ponían en blanco. ¿Qué le estaba pidiendo? No tenía idea, pero no quería que dejara de hacer eso. Como si leyera mis pensamientos, el Alfa se inclinó sobre mi pecho y metió mi protuberancia en su boca.
Enredé las manos entre su cabello, contrayendo mi abdomen ante la placentera sensación que se extendía por todo mi cuerpo. Toda yo vibraba de placer, sintiendo cómo sorbía y chupaba mi pezón.
"¿Rose?", llamó una voz femenina, sacándome de mi ensoñación.
Entonces, mis ojos se dirigieron a la mujer que estaba frente a mí. Tuve que parpadear para ajustarme al repentino brillo de la habitación. Era una chica de melena rubia con unos hermosos rizos que enmarcaban su rostro. Su cabellera contrastaba tan dramáticamente con sus facciones, que capturó mi atención y me quedé observándola, en silencio.
"¿Dónde estoy?", pregunté después de unos minutos, mirando por toda la habitación con la respiración aún errática por el sueño que acababa de tener.
"Estás en la habitación para los invitados de la manada. El mismo Alfa Aiden te trajo aquí cuando entraste en celo, luego me convocó para que viniera a verte".
Mis ojos se agrandaron ante esa información. Había olvidado ese vergonzoso incidente. ¿Cómo entré en celo tan repentinamente? ¡Se suponía que faltaba un mes entero!
"Eh... Y tú ¿Quién eres?".
"¡Ah! Yo soy la médica de la manada".
"¿Eres doctora?".
La mujer asintió tímidamente. "Puedes llamarme Emma".
"¿Cómo te sientes ahora?".
"Bien, afortunadamente, no creo estar en celo".
"Eso es solo porque te apliqué un supresor".
Me senté de inmediato y pregunté con un volumen de voz alto, casi histérico. "¿Un qué?".
¿Dónde estaban mis padres? ¿Me abandonaron en ese lugar? Si así era, no tenía idea de cómo volvería a nuestro pueblo.
"Necesitas relajarte", me sugirió la doctora.
"¡Estoy relajada!", grité. "¿Qué me diste?".
"Una inyección que calma inmediatamente a las omegas cuando entran de manera repentina en celo. La medicina que tomaste lo pospone, así que no hay nada de qué preocuparse".
"Yo, em...", tartamudeé y desvié la mirada, sin saber qué decir. Solo le di las gracias.
"Tu próximo celo será muy intenso, así que te aconsejo que consigas que un Alfa te ayude a superarlo".
Me sonrojé ante la sugerencia. Aunque Zain y yo habíamos estado juntos durante algún tiempo, no pasábamos de uno que otro beso, ya que ambos decidimos esperar hasta que yo cumpliera veintiún años.
"Eh... ¡Seguro!".
"Entonces, me despido. Que estés bien", dijo sonriendo.
"Gracias, de nuevo".
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Salí directamente de la habitación a un jardín, que no era más que unos pocos metros de césped con algunas flores plantadas a lo largo de la orilla de la acera. Estaba muy confundida. ¿Dónde estaban mis padres?
Escuché una serie de ruidos por lo que me apresuré a entrar nuevamente para seguirlos. Me pareció que venían de los escalones que llevaban a la entrada. Sin embargo, vacilé, insegura de explorar la casa de la manada, ya que no era apropiado que una visita anduviera a sus anchas por allí.
Por otra parte, no tenía otra opción, porque era esencial encontrar a mi familia.
Entonces avancé con decisión, pero sentí una fuerte presencia a mis espaldas. Alguien estaba siguiéndome y eso me causó una gran desazón, incluso sentí que se erizaban los vellos de mi nuca.
Acto seguido, una voz profunda me sobresaltó. Supuse que era la persona que me seguía y me habló justo en el oído. "¿Qué estás buscando?", preguntó soplando su cálido aliento sobre mi oreja. Entonces, di la vuelta, para encontrarme cara a cara con Aiden, que no me quitaba los ojos de encima.
Ahora venía vestido con otra ropa, ya que se había puesto una playera gris sin mangas que dejaba al descubierto sus musculosos brazos. El cabello caía de manera casual sobre su rostro y estaba lleno de sudor, por lo que su pecho brillaba. El escote de la camiseta permitía apreciar una marca en el centro del torso.
Aiden alzó una ceja ante mi silencio. ¿Por qué tenía que encontrarlo a él? Mis mejillas se pusieron completamente rojas, porque en cuanto lo vi, recordé el sueño. No me sentía nada cómoda pensando en eso. Además, entré en celo justo frente a él, en su sofá, de donde me recogió para llevarme con la doctora. Sentí que se calentaban mis orejas, ya que mientras más pensaba en eso, más me ruborizaba.
"¿Eh?", tartamudeé mirándolo fijamente, arrobada por sus rizos hasta los hombros y sus ojos brillantes. Me encantaban sus labios curvos, aunque me tensó la forma en que me miraba.
Aiden apretó los dientes. "¿Contestarás qué estás haciendo aquí?".
"Eh... mis padres", grazné con una voz apenas audible, jugando con mis dedos. No podría decir lo que pensaba cuando estaba frente a él. ¡Era como si me hubieran lanzado un hechizo!
"¡¿Hablarás?!", gritó de pronto, haciéndome dar un brinco.
Cerré los ojos, apretándolos con fuerza. ¡Ese hombre tenía muy mal genio! Me aclaré la garganta y repetí la misma frase, lo cual no tuvo un buen resultado. ¿Le gustaba intimidarme?
Aiden se frotó el puente de la nariz. "Te están esperando. Vamos".
"E... Está bien", contesté con voz débil.
Entonces él murmuró algo entre dientes mientras caminaba adelante de mí. Lo seguí mirando su espalda musculosa. La verdad, se me hacía agua la boca solo de ver su cuerpo tan atractivo. Estiré la mano para tocarlo, pero afortunadamente logré controlarme. Debía ser por el calor.
De repente se detuvo para mirarme por encima del hombro. "Antes, cuando entraste en celo... ¿lo hiciste a propósito?".
Me quedé boquiabierta. ¿Cómo podría haberlo hecho? ¿Qué estaba tratando de decir? Todo sucedió tan de repente. ¿Por qué me preguntaría eso? La ira hervía a fuego lento en mi estómago; tenía los dientes apretados con rabia. Solo porque era Omega, me preguntó eso. No era diferente a todos los otros Alfas que había tenido la desgracia de conocer en mi vida. Abrí la boca para responderle, pero él negó con la cabeza.
"Olvida lo que pregunté".
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