Estaba sola una vez más, sin nadie a mi lado. Sollocé amargamente al verme en esa extraña habitación sin mis seres queridos. En pocas horas terminaría la ceremonia oficial y yo me habría convertido en la Luna de la manada. Pero mi marido me odiaba. ¿Qué caso tenía ocupar ese puesto? Un nuevo torrente de lágrimas se derramó por mis mejillas al pensar en eso.
Todos estaban ocupados arreglando el sitio donde adoraríamos a nuestra diosa. Nosotros los lobos somos hijos de la Luna, por eso, en cada evento importante de nuestras vidas, adoramos a la diosa que nos dio vida. Nuestra especie sabe que los elementos, agua, fuego, aire...