El Alfa parecía un cachorrito apenado; incluso a través de su suéter y abrigo, se podía ver su pecho agitado; entretanto, algunos mechones escapaban de su peinado y se pegaban a sus mejillas y frente; su cara y hasta sus ojos lucían rojos por el frío cruel. Por fin, pálido y todavía de pie frente a mí, habló:
"¿Al menos me escucharás?", reclamó él, con voz tan áspera como papel de lija. Mi corazón se aceleró, con la vista fija en la puerta cerrada. ¿Qué podía hacer yo en ese momento? Ellen debía estar esperándome para llevarme a la clínica; no obstante, no había forma de que Aiden me dejara...