Mis ojos y garganta estaban ardiendo cuando mi padre y yo entramos al estudio. Tuve que esforzarme mucho para no gritar la enorme cantidad de maldiciones que estaban pasando por mi cabeza. Algo estaba mal, y no podía entenderlo.
Ambos nos sentamos, yo en una silla y mi padre detrás del escritorio de caoba. El sonido del reloj me estaba crispando los nervios pero me matuve quieta y con las piernas cruzadas, esperando a que él comenzara a hablar.
Lo primero que hizo fue aclararse la garganta. "¿Quieres un poco de té?".
"No".
"Entonces", comencé. Estaba nerviosa y tenía los dedos entrelazados.
"Entonces", repitió mi padre e inclinó la cabeza...