Beta Carlos p.v.
Rabia, disgusto y varias otras emociones me invadieron en algún momento del día. Pero la emoción que no podía sacudirme ni alejarme de ella era la culpa.
Sabía que Larsen era un monstruo indescriptible, pero someter a nuestros propios cachorros a una vida con forasteros y humanos como conejillos de indias era más allá de cualquier maldad que conociera. Deseaba con todas mis fuerzas arrancarle la cabeza y liberar al mundo de su alma perturbada; mi lobo gruñó en total acuerdo conmigo. No sé si tenía la paciencia para hacer esto de la manera correcta.
Pasé la mayor parte del día hablando con los miembros de la...