Pronto llegó Zane, se hincó de rodillas, como humano. Lo observé y lloré cuando él me abrazó.
—No deberías cambiar de la nada a esta forma. Es peligroso –aconsejó y asentí. Poco a poco, el pelaje daba lugar a mi piel palida. Y me cubrió con una manta que tenía preparada.
—Sabía que era así pero…
—Escucharlo es distinto –completó por mí y asentí —¿estás enamorada de él?
Su pregunta me descolocó para ser sincera. Entonces lo observé con calma y suspiré, no quería aceptar que me había encariñado con él. Vivíamos juntos, nos veíamos a diario y reíamos hasta quedarnos dormido.
—Le quería… pero nunca podré amar a nadie...