Se estaba poniendo el sol cuando llegó y, a juzgar por la cantidad de gente, supuso
que había llegado justo en la hora punta. La gente se iba ya de las playas y entraba
allí a comer.
Mientras cruzaba el restaurante hasta la barra, sentía que la gente la miraba. Le
pareció que se hacía un silencio en la sala cuando ella pasaba caminando. Todavía
no estaba acostumbrada al poder de las sirenas.
-¿Qué le sirvo? -le preguntó el barman sin que le diera vidas y reencarnaciones ni a sentarse en el
taburete.
-Hum, con una coca-colaCherry me bastará -contestó Mía.
-En seguida -dijo él, sonriendo alegremente antes de salir...