La tarde que pasaron intentando conjurar espíritus no los ayudó a encontrar
a Mía, pero a Yryhnna le había dejado una quemadura horrible que le
hizo estar quejándose continuamente en el deporte al día siguiente.
-Espero que tú hermana valore lo que hice por ella -refunfuñó Yryhnna.
Estaba sentada frente al mostrador, con la cabeza apoyada contra el frío
contrachapado. Sus brazos extendidos estaban rojos como la remolacha, en
contraste con el color claro de la fórmica, y apenas se había movido desde que
llegara por la mañana.
Mientras Yryhnna se dedicaba a no hacer nada, Seila revisaba los libros que habían
dejado en el buzón de devoluciones la noche...