–¿Qué?
–Quiero que viajes a Bangkok para encontrarte allí conmigo. ¿Lo harás, Larissa?
–Bueno, tenía un pasaporte, pero… Y yo… sabes que no puedo dejar a Anthonela.
–No quiero que la dejes. Tráela contigo. ¿Vendréis, tesoro?
–Pero… –comenzó a protestar Merida, invadida por la ansiedad, emoción y alegría al mismo tiempo– ¿cuándo? ¿Durante… cuánto tiempo?
–Dos semanas, tres semanas. Hasta que nos cansemos de la vida de la isla.
–De la vida de la isla –repitió ella.
–Sí. Los tres juntos. ¿Entonces…? ¿Qué dices? –quiso saber él.
Merida miró a Anthonela y a su madre, que estaban mirándola a su vez a ella para intentar comprender la conversación.
–Iremos.
Cuando,...