Por supuesto, había tenido relaciones sexuales desde entonces. Cuando recuperó sus necesidades físicas, se había ocupado de satisfacerlas. Las amantes eran su solución a este problema. Lo que había sentido era una excitación sexual básica. Un hombre que respondía ante una mujer. Cualquier mujer. No se trataba de algo único. No había fuego.
Sin embargo, cuando miraba a Penelope, sí había fuego. Pasión y deseo a un nivel que no recordaba haber experimentado antes. Ni por Olivia, ni por ninguna mujer anónima.
Ni siquiera por su esposa.
Apretó con fuerza los puños con la esperanza de que el suave dolor logrará distraerlo del deseo que estaba experimentando. No le sirvió...