Beryl asomó la cabeza por la puerta del despacho de Massimo.
–Perdóneme, señor Vincenti, los constructores han llegado.
Él le dio las gracias, le dijo a Tuila que se tomara un descanso y se levantó para enseñarle al arquitecto las oficinas. Discutió con éste el diseño de las salas mientras los demás hombres tomaban medidas. Explicó que con la distribución que había en aquel momento los despachos estaban muy abarrotados. Parecía que todo el mundo había salido a comer, pero repentinamente vio una cabeza rubia agachada sobre la máquina de café de los empleados. Volvió a sentir que le faltaba el aire…
Observó cómo Merida Meadows se giraba para responder...