Después de cenar, Kaleb se retiró con Sahara alegando que estaban cansados e iban a descansar. Pero realmente fue una excusa para escaparse juntos fuera de la mansión del señor Fischer.
—¿No vamos a cambiarnos de ropa? —inquirió la joven viendo que Kaleb se dirigía a la puerta de la entrada.
El aludido se giró y repasó su vestimenta.
—¿Es por el calzado? —señaló los altos zapatos de tacón que llevaba la chica.
—Sí, no sé a qué lugar me llevarás. Y caminar con esto es incómodo —hizo una mohín.
—Descuida, eso es lo de menos —le aseguró tomando su mano y arrastrándolos fuera de la casa.
Subieron al auto...