Kaleb se despertaba temprano cada mañana, realizaba ejercicio antes de irse a su despacho a encargarse de los asuntos que tenía pendiente. Como sommelier, debía supervisar el servicio del vino, colaborar con los fabricantes de estos para renovar la selección y lograr mejores precios. Además de crear, actualizar la carta de vinos en coordinación con los chefs, se encargaba de recomendar maridajes de comida y vinos, asesorándose de los clientes, según sus gustos personales en cuanto a la bebida y el plato elegido, e informarles sobre las diferentes variedades de vinos y sus precios. Aunque era el dueño del viñedo, decidió hacerse cargo de aquel puesto que ocupaba su sommelier ya que este se encontraba enfermo. Kaleb era un hombre exigente y no confiaba en más nadie que Lisandro, pues el señor que lo vio crecer, había trabajado años para su padre y siempre fue eficiente en su labor.
El reloj marcaba las siete en punto y aún Sahara no daba indicios de haberse despertado, así que el jóven Ainsworth se tomó el atrevimiento de ir hasta su habitación y entró sin molestarse a tocar la puerta. No solía ser irrespetuoso con las damas invadiendo su privacidad de esa manera, mucho menos a una jóven que lo más probable era que lo tildaría de acosador. Sin embargo no iba a tolerar el comportamiento poco informal de esa niñita que lo estaba sacando de quicio y claramente desobedecía sus órdenes para verle enojado.
La jovencita se hallaba durmiendo plácidamente, Kaleb no pudo evitar observarla detenidamente. Su largo cabello negro caía sobre la almohada, algunos mechones lacios cubrían parte de su rostro pálido. Su piel de porcelana, se veía tan tersa que sintió la necesidad de estirar su mano para comprobarlo. Sin embargo, se abstuvo cuando notó que la chica se removía entre las sábanas blancas. De pronto Sahara abrió los ojos y dió un respingo al ver a Kaleb dentro de su habitación, confundida se incorporó pero al percatarse que solo vestía una camisa, sus mejillas se tiñeron de carmesí.
—¿Qué haces aquí? ¿No te enseñaron que debes tocar antes de entrar? —espetó incomoda al tenerlo en la misma habitación que ella.
De repente se sintió intimidada por aquella mirada de color pardo.
—¿Y a ti no te enseñaron a ser competente? —atacó el jóven cruzándose de brazos—. Anoche te dije claramente que debías estar lista antes de las siete...
—Ay por favor —lo interrumpió la chica rodando los ojos—. ¿Quién se levanta a esa hora? ¿Tengo cara de madrugar o qué?
Kaleb acortó la distancia reprobando la actitud grosera de aquella adolescente, que sin duda alguna le faltaba educación.
Cuando estuvo cerca, la tomó del brazo importándole un bledo ser delicado y la arrastró fuera de la cama.
—¡¿Pero qué mierda te sucede...?!
—No soportaré que me hables de esa forma, así que espero que esta sea la última vez. Estás en mi casa y harás lo que te pido, quieras o no —determinó en una orden que la hizo temblar de los pies a la cabeza—. Cámbiate y bajas a desayunar, tienes cinco minutos.
Le soltó el brazo y abandonó la habitación de la chica, enfuruñado. Si había algo que más odiaba Kaleb, era ese tipo de comportamiento que tenía la menor de los Hampson. No entendía cómo es que había cambiado tanto, ya no quedaba nada de aquella niña tímida y dulce que conocía. Era cierto que su infancia no fue nada fácil, de hecho, la comprendía un poco. Él también perdió a su madre a temprana edad, y a pesar de tener a su padre que le sirvió de consuelo, casi nunca podía verlo puesto que su trabajo lo consumía tanto que llegaba agotado a casa, cuando él ya se encontraba dormido. Pero a diferencia de Sahara, que siquiera puedo disfrutar de ninguno de sus padres, Kaleb tuvo una infancia menos dura que la de ella.
No obstante, le bastó ver con sus propios ojos la conducta de la jóven, para darse cuenta que todo lo que le había dicho Stephen era verdad. Sahara le gustaba hacer las cosas a su modo, y por esa razón es que siempre acababa en líos. Era indomable, traviesa y nunca podía quedarse callada, su lengua parecía tener vida propia.
Kaleb cruzó la cocina, la señora Leyla se encontraba sirviendo el desayuno, eran tostadas Francesa con huevos revueltos y tocino. El olor era magnífico, tendría que comprobar si era igual de bueno como olía. Aunque bueno, sin duda alguna estaría riquísimo, ya había despedido a tres cocineras puesto que ninguna lo complacían como él quería. Tenía un exigente paladar y no se conformaba con cualquier "comida" si es que así se podría llamar a lo que cocinaron las anteriores empleadas. Pero esperaba que esta vez fuera diferente, tenía un buen presentimiento. También había estado vigilando a la nueva cocinera y se notaba que sabía hacer lo suyo, además que era limpia al elaborar la comida.
Con eso ya estaba convencido, había pasado la prueba.
—Que proveche señor —le colocó el plato en la encimera.
—Gracias —la señora Leyla se retiró dejándole solo en la cocina.
Normalmente solía comer en el comedor, pero no le apetecía hacerlo junto a la menor que vivía bajo su techo. Bastaba con verla rodar los ojos o hacer cualquier mueca para ponerlo de mal humor, y sus comentarios sarcásticos le molestaban muchísimo. La crianza que tuvo Kaleb había sido bajo estrictas reglas, su padre fue un hombre de mal carácter y apenas el más mínima error y terminaba castigado.
Quizá por eso le parecía tan grosero y maleducado la actitud de aquella jovencita tan rebelde.
Soltó un bufido al percatarse de que sus pensamientos se desviaron a Sahara. El recuerdo de hace minutos invadió su mente. No pudo evitar preguntarse qué otras cosas hizo la joven cómo para que su hermano no confiara en ella dejándola sola en casa, y aunque era cierto que Stephen le había comentado el motivo principal, algo no encajaba en todo eso.
El sonido de su móvil lo sacó de sus pensamientos, se trataba de Diana, su ex prometida que no paraba de molestarlo a pesar de haberse largado a Francia y no le importó dejarlo plantado en el altar. Sí, todo fue un completo desastre para kaleb que en aquel momento deseaba formar una familia. Ya sus planes y sueños habían cambiado, no tenía intenciones de comprometerse de nuevo, pero la pelirroja parecía no entenderlo.