—Eso diría yo de ti, señorita revoltosa —atacó Kaleb.
—Podré ser revoltosa, un peligro andate o lo que sea. Pero al menos a mí no me miran todos como si me odian —señaló Sahara refiriéndose a los presentes que veían a Kaleb de forma despectiva.
Este chaqueó la lengua sin interesarle en lo más mínimo las malas miradas del resto.
—¿Quieres irte ya? —le preguntó a la jóven al verla pasear la vista con aburrimiento por el gran salón.
—Estoy algo cansada, recoger uvas no es tan fácil que digamos, eh —mostró sus manos que tenían pequeños rasguños.
Kaleb las tomó entre las suyas inspeccionando las marcas rojas.
—¿Te hiciste...