Un año después
La brisa marítima golpeaba el rostro de Kaleb mientras corría por la arena blanca de la playa. Las olas siendo movidas en un vaivén con el viento le transmitía una serenidad a Ainsworth que no podía evitar detenerse unos minutos para contemplar aquel panorama. Sin embargo, el sonido de su móvil le interrumpió esa vez.
—¿Si, cariño? —respondió Kaleb.
—¿Dónde estás? —inquirió Sahara sujetando a uno de los gemelos que no paraba de lloriquear.
—Vine al muelle a tomar aire, ¿Por qué, sucedió algo? —la mujer suspiró con pesadez.
—Adam se salió de la cuna y golpeó su frente con el buró. Este niño es muy inquieto,...