Eloisa
Salomón estaba de pie contra la gran pared de vidrio, mirando el vasto bosque, pero vi cómo su espalda se tensó cuando me sintió. Se dio la vuelta y me ofreció una pequeña sonrisa que calentó mi corazón.
—Buenos días —saludó con esa profunda y atractiva voz que tenía.
—Has llegado temprano —dije.
—No podía esperar —se acercó a mí, y yo me giré con una maldición. Estaba empapada de sudor. Soltó una pequeña risa que hizo que mi corazón saltara.
—Con permiso —dije rápidamente y subí las escaleras para tomar una ducha fría. Me vestí con pantalones y una camiseta sin mangas, me recogí el cabello en un...