Sentí cómo la frustración volvía a hervir dentro de mí cuando nada funcionó. La oscuridad me envolvió, y mis ojos y mi mente se abrieron al mundo que nos rodeaba. Miré hacia mi hermano. Fruncía el ceño, sabiendo que había fallado. Apreté los dientes, resistiendo las ganas de llorar. El Príncipe soltó mi mano. Sus hombros se relajaron.
—Seguirás intentándolo, incluso cuando estés sola —dijo más como una orden que una sugerencia. Le dediqué una pequeña sonrisa y asentí. Mi hermano me ayudó a levantarme y me abrazó. Me separé de él.
—Ya pasó la hora del almuerzo. Deberíamos volver a casa —dije, revisando mi teléfono. Tenía mensajes de Salomón....