CAMILE
—Aquí tiene mi contraoferta, señor Riddle… —pronuncié de manera sugerente, sentándome a su lado y cruzando mis piernas. Sus ojos recorrieron con confusión mi rostro, mi torso y mis piernas, mientras yo no dejaba de verlo a la cara para no perder esa seguridad que aparentaba tener.
Lo oí suspirar y desviar su mirada a los papeles, mientras sus manos la cogían y con el ceño fruncido iba pasando de página.
—¿Crees que estás en posición de imponer condiciones? —Me taladró con sus ojos oscuros y profundos como la noche—. Te quiero disponible las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y los trescientos sesenta y...